Saturday, June 26, 2010

Los Recuperadores – parte 1 (LADCA No. 5, Vol 3)

El mar estaba movido y no era de extrañarse, las costas de Trebaz Sinara eran de las más peligrosas de alcanzar en los Principados después de todo. La Zaarita había seguido una ruta algo extraña para llegar hasta la isla, partiendo desde Regal Port, rodeando Orgalos por el oeste y acercándose a Trebaz Sinara justo antes de divisar el estrecho de Port Verge más al norte. El viaje había sido guiado por los Recuperadores, quienes al parecer conocían esos mares muy bien y sabían cómo evitar las peores corrientes.

Todo estaba saliendo a pedir de boca y obviamente no podía seguir así. Ya el plan de liberación había sido algo descabellado, extender todo por tres semanas hasta que estuvieran listas las armas que les estaba preparando Achtun Datsun fue arriesgado; pero que además los Recuperadores les ofrezcan una cuantiosa recompensa por su rescate, y que les pidan ser llevados hasta su guarida, donde podrían encontrar el altar que les mandó a buscar Ryger… ciertamente no podía seguir así.

“Capitán Albatros,” dijo Mitos, cómo se hacía llamar el gnomo que se comportaba como el líder de los Recuperadores, “debemos dirigirnos hacia el este hasta pasar aquellos riscos. Ahí hay una playa donde será más fácil desembarcar. Y dígale a su tripulación que no haga mucho ruido, no queremos llamar la atención de los dragones tortuga que habitan estos mares.”

“No hay problema,” respondió Alquimio Batros con una sonrisa. “Segundo, ya escuchaste, rumbo al este hasta pasar aquellos riscos.”

“Ah, y otra cosa, a mis compañeros y a mí nos gustaría adelantarles un obsequio muy especial por todo lo que han hecho por nosotros; además del tesoro que ya habíamos acordado por supuesto, aunque eso será cuando desembarquemos. Si nos permiten ahora ir a nuestra habitación para preparar la sorpresa…”

“No se diga más, tómense el tiempo que necesiten que nosotros estaremos aquí esperándolos,” y Albatros saludó al gnomo con una exagerada reverencia.

Pero el tiempo que los Recuperadores decidieron tomarse fue extrañamente largo, y la sorpresa fue que, a diferencia de Albatros y su tripulación, los ex prisioneros de Ryger no estuvieron ahí esperándolos cuando fueron a buscarlos.

“¡Malditas sabandijas!” se quejaba Alquimio Batros mientras regresaba a cubierta después de dar vuelta al camarote de sus ex-invitados y aceptar que se le habían escapado frente a sus narices. “¡Ya no se puede confiar en nadie, a donde va a ir a parar este mundo!”

“Capitán,” lo interrumpió Segundo tímidamente, “no es que quiera contradecirlo, pero ¿no planeábamos nosotros robarles y entregarlos a Ryger?”

“De parte de quien estás, bardo doble cara,” respondió Albatros, justo cuando la Zaarita golpeó su casco contra algo bajo el agua y se tambaleó, arrojando a más de uno al suelo.

“¡Capitán!” se oyó un grito desde lo más alto el mástil mayor, “¡hemos chocado!”

“…” Alquimio Batros no se sentía con ganas de responder a aquel comentario. La Zaarita seguía avanzando pero empezó a ladearse, como si algo estuviera levantándola desde abajo.

“¡Dragón tortuga!” gritó Tholo Lacs al asomarse por la borda.

barco-dragon tortuga v3

Albatros corrió a posicionarse en el timón, viró todo a estribor y puso a La Zaarita en sotavento. Un largo cuello y una cabeza crestada, ambos color verde claro, salieron del agua y los temores del ninja/pirata se volvieron realidad: un dragón tortuga se disponía a disparar su breath weapon contra la embarcación. Las afiladas fauces de la bestia se abrieron y un gran cono de vapor salió de ellas, casi alcanzando el castillo de popa de la Zaarita, que por escasos pies se había salvado.

El monstruo intentó perseguir a la Zaarita pero sin éxito. Al parecer no solo se trataba de uno de los barcos más rápidos de los Principados Lhazaar, sino que además, con viento a favor, era más rápida que un dragón tortuga. Aún así Albatros no quiso arriesgar su preciado barco (ni su pellejo), y se alejó de la playa en la que supuestamente debían desembarcar. Aquella iba a ser la última vez que confiaba en los Recuperadores, pensó.

Barra Bandera Albatros

Para cuando la Zaarita encontró una caleta accesible, ya había pasado un buen par de horas desde que los Recuperadores se habían fugado de la embarcación. Albatros y el equipo de asalto subieron al castillo de proa y se quedaron viendo el espectáculo que tenían al frente. Si la mitad de las cosas que se decían de Trebaz Sinara eran ciertas, se trataba de un lugar muy peligroso (los dragones tortuga que poblaban sus aguas eran solo el comité de bienvenida). La isla escondía supuestamente un tesoro de dos mil años de antigüedad, desde piezas de oro y dragonshards, hasta reliquias; cortesía de incursiones piratas y tumbas aún más antiguas. De ahí solo los más experimentados podían tener esperanzas de salir vivos, por lo que solo desembarcaron Albatros, Tedes “el chico” y Tholo Lacs, mientras el resto de tripulantes de la Zaarita dejaban todo a punto en el barco en caso algo saliera mal y tuvieran que salir rápido de ahí.

El desembarco en la playa fue un poco complicado, pero nada extraordinario para tres viejos lobos de mar (algunos más viejos, otros más lobos). La playa de arena gruesa y piedras solo abarcaba una franja de unos 20 metros, luego daba paso a un espeso bosque detrás del cual se podía ver una cadena de montañas.

“Ahora para dónde,” preguntó Tedes, el chico, con cara de que los bosques espesos en islas habitadas por monstruos no eran un buen lugar para perderse.

“Su guarida debe estar en las montañas,” respondió Tholo Lacs, confirmando tácitamente los temores del mago halfling, “al menos es ahí donde yo la tendría.”

Albatros asintió con la cabeza y luego agregó, “y no es que tengamos un mejor plan.” Lo que no terminaba de gustarle a ninguno de los tres era que para llegar a las montañas tendrían que cruzar el bosque.

Los piratas se introdujeron en el bosque y caminaron un buen trecho. La luz del sol apenas atravesaba las tupidas copas de los árboles y todo estaba en penumbras, a pesar de ser casi medio día. Desde donde estaban les resultaba difícil ubicar la montaña y presentían que no pasaría mucho tiempo antes de que terminaran de perderse, cuando una extraña voz los saludó.

“Quienes son y que hacen aquí, forasteros,” dijo la extraña voz detrás de ellos. Los piratas se dieron vuelta mirando de un lado a otro, tratando de ubicar donde podría estar quien les hablaba.

“Mi nombre es Alquimio Batros,” dijo el capitán de la Zaarita girando y dando un paso adelante, con la esperanza que la voz siguiera hablando y pudieran ubicarla. “Estos son mis chacales.” La voz no respondió (cosa extraña en una voz, pensaron, porque no es que pueda hacer mucho más que eso).

“¿Por qué mejor no nos dices tú quien eres y dónde estás?” intervino entonces Tholo Lacs.

“¿Son depredadores? ¿Han venido a atentar contra la isla?” volvió a preguntar la extraña voz, nuevamente a espaldas de los piratas.

“¿Atentar contra la isla?” dijo Tedes, el chico, en voz muy alta para asegurarse de ser escuchado. “¿Qué crees que somos, isloristas?”

“¿Isloristas?” preguntaron a la vez Albatros y Tholo Lacs, mirando a su compañero y olvidándose por un segundo de la extraña voz.

“Como terroristas, pero de islas,” se apresuró a responder el mago halfling.

“Terroristas viene de terror, no de tierra,” acotó el ninja/pirata con cara de no creer que tendría que explicar aquello.

“Ah, lo siento, las letras no son lo mío,” se disculpó el más joven de los Atoro, antes de volver a alzar la voz. “¿Entonces crees que somos terrorislas?”

“Ustedes tratan de confundirme,” dijo la voz, esta vez sobre sus cabezas, “pero no resultará.”

“De acuerdo,” intervino Tholo Lacs que empezaba a aburrirse, “si no quieres decirnos ni tu nombre entonces no tenemos nada más que hacer acá. ¡Buenas tardes!” y el ninja/pirata empezó a caminar nuevamente, desapareciendo en el bosque, esperando que sus compañeros lo siguieran.

Albatros habló entonces, tratando de sacarle un poco de provecho a la situación. “Estamos aquí buscando a un grupo que se esconde en esta isla, extraña voz de poca paciencia. ¿Sabes donde podríamos encontrarlos?”

“¿A los depredadores?”

“Sí claro,” respondió rápidamente el capitán de la Zaarita, “a los depredadores. Hemos venido a encargarnos de los depredadores.”

“A Diáfana le encantará oir eso,” se escuchó decir a la extraña voz en un tono alegre.

“¿Y quién es esta Diáfana?” preguntó esta vez Tedes, el chico, que acababa de terminar de apuntar en su libreta de notas sus nuevos descubrimientos etimológicos.

“Es la ninfa con la que…”

“¿Ninfa dijiste?” regresó corriendo Tolo Lacs, sorprendiendo a todos no por su velocidad, sino por su buen oído.

“Sí, ella es la que…”

“¿Y dónde podemos encontrar a esta bella ninfa?”, volvió a interrumpir el ninja/pirata.

“Yo la puedo llamar, de hecho le encantará…”

“Si, a mí también me encantará.” Seguía interrumpiendo Tholo Lacs, “llámala por favor.” Y no se escuchó ninguna respuesta, solo el sonido del viento rozando las hojas de los árboles. Pero cuando los piratas empezaban a considerar proseguir con su camino, una hermosa mujer apareció acompañada de un sátiro.

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“Bienvenidos, salvadores del bosque,” dijo la ninfa con una dulce voz. “Mi nombre es Diáfana y no saben lo feliz que me hace tenerlos con nosotros. Aquinoacampus me ha dicho que ustedes vinieron para llevarse a los depredadores del bosque,” terminó de decir y esbozó una bella sonrisa.

“Sí, bueno…” comenzaba a decir Alquimio Batros cuando Tholo lo interrumpió.

“Estamos aquí para destruir cualquier mal que amenace a este bosque,” decía el ninja/pirata mientras desenvainaba una daga y peleaba contra un imaginario enemigo invisible. “Porque eso es lo que nosotros hacemos, salvamos bosques.”

“Qué bueno,” dijo la ninfa alegrándose aún más, aplaudiendo y dando saltitos, “¿y ya saben donde encontrarán a los depredadores?

“Ehhhhh…” Tholo Lacs se detuvo y empezó a rascarse la cabeza con la punta de su daga. “Bueno, sabemos que están en esta isla.”

“¿Tal vez usted podría guiarnos hasta donde ellos están?” dijo Tedes, el chico, que alternaba miradas entre la ninfa y el ninja/pirata.

“No conozco exactamente la ubicación de su escondite, pero sé que está en las montañas.”

“¿Y podrías llevarnos hasta ahí?” intervino Alquimio Batros.

“Será un placer,” dijo Diáfana juntando las manos y sonriendo nuevamente.

“Eso espero,” se apresuró a decir Tholo Lacs que guardó su daga y empezó a acercarse a la ninfa con una gran sonrisa en el rostro, cuando todo alrededor empezó a darle vueltas. Lo siguiente que supieron los piratas es que sus cuerpos se volvían inmateriales y que sentían que viajaban por el viento. Cuando recuperaron su forma normal se encontraban al pie de una gran montaña.

“Maldición, no le saqué su número,” decía Tholo Lacs mirando para todos lados buscando a la ninfa.

“¿Su número de qué?” preguntó Tedes, el chico, sintiendo que se perdía de un chiste.

“Andando,” dio por terminada la conversación Alquimio Batros y empezó a caminar, “no queremos que nos agarre la noche por acá.”

Los piratas empezaron a rodear la montaña en busca de algún camino o rastro que pudiera guiarlos hasta los Recuperadores. Eventualmente encontraron una derruida senda que subía un poco por la montaña, hasta lo que parecía ser una cueva. Llegaron hasta la cueva, que además de oscura se veía muy profunda; avanzaron unos 100 metros iluminando el camino con una luz que Tedes sacó de su manga, y llegaron a una puerta de madera.

“Esto déjenmelo a mí,” dijo Alquimio Batros, sacando su kit abre-puertas, pero no tuvo suerte.

“Mi turno,” dijo entonces Tedes, el chico, que tampoco tuvo éxito.

“Háganse a un lado y denle paso al maestro,” pero Tholo tampoco pudo violar la cerradura.

Los tres piratas se miraban desconcertados, no es que forzar cerraduras fuera su especialidad, pero haber llegado tan lejos para que los detenga una puerta era frustrante. Entonces Albatros se volvió a colocar a la altura de la cerradura, organizó todos sus implementos, giró la manija y la puerta se abrió, descubriendo una habitación no muy grande.

“Ya la había abierto,” dijo el ninja/pirata, pero nadie le hizo mucho caso.

Albatros, Tedes y Tholo entraron a la habitación, la cual contenía algunos estantes con pociones y libros, pero lo que más les llamó la atención fue un extraño artefacto un poco más alto que una persona, con un techo metálico en forma de cúpula y debajo de él un cilindro de apariencia gelatinosa, color rojo tirando para rosado. Los piratas buscaron alguna pista de que podía ser aquello en la habitación pero no encontraron nada, salvo unas extrañas inscripciones en la cúpula que ninguno pudo descifrar. Albatros trepó con mucho cuidado a la cúpula desde uno de los estantes para ver si había algo interesante ahí, pero el resultado fue el mismo.

“Esto es muy extraño,” dijo el capitán de la Zaarita desde la cima del insólito aparato, mientras desenvainaba una de sus dagas. “¿Creen que esta extraña gelatina se pueda…?” pero no llegó a terminar la frase, pues en el momento en que su daga tocó el cilindro para probar su consistencia, y ante la atónita mirada de sus dos tripulantes, Alquimio Batros desapareció de la habitación.

 

CONTINUARÁ…

Sunday, March 28, 2010

Ángeles y Piratas (LADCA No. 4, Vol 3)

Las ninfas habían quedado atrás, para alegría de unos y desgracia de otros, y la vida era buena. Dinero, mujeres, alcohol. ¿Qué más puede pedir un pirata?, pues que le dure. Así como las ninfas quedaron atrás, el dinero, las mujeres y el alcohol también eran ahora cosa del pasado; y es que por más bueno que fuera el botín con el que se hicieron en cierta pequeña isla entre las más grandes Seventh y Thrug, reza el famoso dicho pirata: “no hay botín que dure cien años ni cuerpo que lo resista” (sobre todo si se gasta en salasta). Y fue así como Alquimio Batros, Tolo Lacs y Tedes Atoro, “el chico”, empezaron a hacer preguntas por las tabernas de Tantamar con la esperanza de encontrar algún trabajito.

Las ofertas no eran las mejores del mundo pero no estaban para ponerse exquisitos: limpieza de baños en una taberna, cuarta pata de una mesa y la recompensa por la captura de un peligroso prófugo que había escapado hacía cosa de unos días de Dreadhold, la isla prisión de los Principados Lhazaar. Y dadas las circunstacias no había más que decir, los piratas de la Zaarita eran ahora caza recompensas.

Barra Bandera Albatros

Las primeras pesquisas las hicieron en Tantamar, pero no encontraron mayor información sobre el prisionero. En Piritar, Regal Port y Port Verge sucedió más o menos lo mismo, mucho movimiento y pocas respuestas. Los piratas de la Zaarita empezaban a hacerse la idea de que no llegarían a ningún lado preguntando y decidieron sacar sus propias conclusiones (cosa que como se ha visto a lo largo de estas historias, y se seguirá comprobando en el futuro, no suele llevar a buen puerto). El razonamiento fue más o menos el siguiente: La isla-prisión de Dreadhold se encuentra al norte de Cape Far y como la mayoría de islas, está rodeada de agua. Y así llegaron a su primera conclusión: el prisionero vestía de azul (después de todo, era la única forma de camuflarse en el mar). Tras darle un poco de vueltas a la primera conclusión llegaron a la segunda: el prisionero no necesariamente vestía de azul. Orgullosos de haber llegado a dos conclusiones en tan poco tiempo, Albatros y sus oficiales decidieron que ya habían conclusionado demasiado y que era hora de fijar rumbo… hacia Trebaz Sinara.

A más de uno se le ocurrió a mitad de camino que las conclusiones a las que habían llegado no servirían de mucho, pero temiendo nuevas reuniones conclusionarias prefirieron guardar silencio. Después de todo Trebaz Sinara era la única de las islas cercanas a Dreadhold que no formaba parte de ningún principado, y las turbulentas aguas que la rodeaban y los monstruos que la habitaban la hacían uno los lugares más peligrosos del mar de Lhazaar; el lugar perfecto para desaparecer por un tiempo (o para siempre).

Conforme se iban acercando a Trebaz Sinara la Zaarita empezó a sentir como las corrientes y los vientos empezaban a hacerse más fuertes y pronto serían muy difíciles de resistir. A los lejos, encallada contra los arrecifes en que reventaban las enormes olas de aquel terrible mar, podía verse una embarcación que reconocieron al instante como el Recupereitor, la nave de Los Recuperadores. Albatros logró acercar a su barco a unos 500 pies de los arrecifes pero era imposible seguir adelante sin ser arrastrados y terminar encallados también. Solo quedaba una opción, el anillo de Water Walking que encontraron entre los tesoros de las ninfas y que sabiamente habían decidido no vender (entre otros pocos objetos). La decisión fue unánime, el capitán debía ser el que cruzara las tórridas aguas hasta llegar al naufragado barco, y si bien el riesgo de morir ahogado era mínimo con el anillo puesto, de la mojada y la sacudida de las olas el capitán de la Zaarita no se iba a salvar.

Barco hundido 2

El Recupereitor se veía destrozado, la cubierta aún más que su casco. Todo parecía indicar que las corrientes que circundaban la isla no habían sido el motivo por el cual el barco terminó como estaba. Albatros subió al castillo de popa pero no encontró nada de valor. Bajó a las bodegas, revisó los camarotes y nada tampoco. Finalmente llegó a la cabina del capitán y encontró su bitácora. La abrió para leerla pero entonces escuchó un ruido en cubierta, Albatros guardó la bitácora dentro de su abrigo y subió a ver qué pasaba arriba. Una criatura hermosa, de rasgos angelicales, acababa de posarse sobre el castillo de popa. Llevaba puesta una fullplate muy brillante color plateado y una gran espada envainada al cinto.

“¿Quién eres tú y que haces aquí?” preguntó el ángel con una melodiosa voz y un tono que dejaba en claro que podría partir al pirata en dos si se lo proponía.

“Mi nombre es Alquimio Batros, capitán de la Zaarita y uno de los más temidos y respetados piratas de... En fin, vimos el Recupereitor encallado a los lejos y vine a ver qué había pasado. ¿Con quién tengo el gusto?”

“Así que conociste a sus tripulantes,” eso no había sido una pregunta pero de todas formas Albatros respondió.

“¿Los Recuperadores? Bueno, no es que hayamos sido amigos; pero sí, podría decirse que los conocía.”

“¿Y sabes donde están ahora?”

“No sé más que tú, acabo de llegar y ya me estaba yendo. Dudo que mi barco aguante mucho más en estas aguas, así que viento calmo y... no, ¿cómo era?”

“Te vi rebuscando el barco, ¿encontraste algo?”

“No,” respondió Alquimio Batros mirando hacia su barco para evitar darle la cara al ángel, “pero quizás tengas mejor suerte que yo. Aguas calmas y buen viento, eso es…” se despidió el capitán de la Zaarita saludando con la mano y se lanzó al mar con su el anillo de Water Walking puesto.

La Zaarita había aguantado hasta ahora pero nada aseguraba que siguiera comportándose tan bien. Albatros pisó la cubierta y soltó las órdenes de costumbre, “a sus puestos, moluscos de acequia, leven el ancla, aseguren las amarras, guárdenme las naranjas, nos vamos de aquí”. Los vientos empezaban a arreciar y a cruzarse y la Zaarita no parecía poder librarse de las corrientes, por cada nudo que avanzaba terminaba retrocediendo tres, acercándose cada vez más a los arrecifes. Albatros logró finalmente tomar control de la situación y sacó su barco adelante, no sin romper un par de cabos y hacer crujir cada astilla de la Zaarita.

Ya en aguas más calmas Cosofrito divisó a lo lejos algo que se acercaba volando. El ángel se posó sobre la cubierta de la Zaarita y desenvainó su greatsword ante la atónita mirada de los piratas.

Angel 2

“¡DÓNDE ESTÁ!” rugió el ángel dirigiéndose hacia el castillo de popa donde se encontraban Albatros y Segundo. Resultaba increíble como una criatura tan hermosa podía a la vez inspirar tanto temor.

“Es contigo,” sacó cuerpo inmediatamente el capitán de la Zaarita dejando a Segundo solo frente al timón.

“¿Conmigo?” Segundo parecía bastante confundido.

“¡Tú, el del sombrero gracioso, sabes bien a que me refiero!” El ángel parecía realmente molesto, Albatros se tocó la cabeza y al sentir su sombrero exhaló resignado. “¡Dónde está la bitácora!”

“Ahhhh, la bitácora, haber comenzado por ahí. Segundo trae la bitácora de mi camarote y sírvele a nuestro invitado un traguito de salasta, que debe tener frío con lo mojado que está.”

“¡SUFICIENTE!” volvió a rugir el ángel. “¡Ya estoy harto de tus tonterías!”

Albatros tragó saliva, metió la mano dentro de su abrigo y sacó lo que parecía ser un libro deshecho. La tripulación de la Zaarita miraba sin comprender. El ángel alzó vuelo, se posó al lado de Albatros y le arrebató el libro de las manos.

“Solo lo tuviste unos minutos y ya lo arruinaste.” La bitácora del Recupereitor estaba totalmente mojada, sus hojas se deshacían con solo tocarlas y muchas de ellas no podían ni siquiera despegarse de las otras.

“Técnicamente fue el agua,” dijo Albatros con la más amigable de sus sonrisas.

El ángel devolvió a Albatros una mirada de odio, parecía estarse controlando para no hacer pedazos al capitán de la Zaarita y su barco. Finalmente respiró profundamente, sacudió la cabeza y cada uno de sus dorados cabellos volvió a su lugar, una sonrisa apareció en su rostro y habló otra vez con aquella dulce voz que Albatros escuchara la primera vez.

“Lo hecho, hecho está. Os aconsejo no volverse a cruzar en mi camino. No suelo tener tanta paciencia.” Y dicho esto el ángel desplegó sus alas y alzó vuelo, perdiéndose de vista rápidamente.

“¿Qué fue todo eso?” preguntó Segundo levantando la cabeza de detrás del timón donde se había ido a esconder.

“Nada,” respondió Albatros mirando al horizonte, “pero al parecer alguien está interesado en dar con Los Recuperadores.”

“¿Qué haremos ahora capitán?” Tedes había subido a cubierta y preguntaba lo que estaba pensando toda la tripulación.

“Ahora volveremos a Regal Port,” dijo el capitán de la Zaarita con la mirada aún perdida. “Logré leer algo de la bitácora antes de que esa cosa me visitara por primera vez. Al parecer Los Recuperadores fueron atacados por una flota de Ryger y me huele a que hay dinero de por medio.” Y no hizo falta decir más, Danubio ya estaba dándole de latigazos a la guardia cuando Albatros tomó el timón y fijó rumbo al sureste, de vuelta al más grande de los principados.

Barra Bandera Albatros

Regal Port recibió a los piratas de la Zaarita como siempre, sin el menor interés. Pero ahora que habían pasado a formar parte de la flota de Ryger (o al menos eso habían acordado para salvar el pellejo algunos meses atrás cuando fueron emboscados por una flotilla de Seadragons), planeaban sacarle algo de provecho al asunto. Cual embajadores de alguna creciente y pujante nación, Albatros, Tholo y Tedes “el chico” se dirigieron al palacio de Ryger y solicitaron una audiencia con él, audiencia que obviamente no se las dieron por lo que tuvieron que sacar a colación el tema de Los Recuperadores para llamar la atención. El secretario de Ryger, quien los atendía en ese momento, desapareció unos instantes y a su regreso les informó que el alto príncipe los recibiría al día siguiente.

Decidieron entonces ocupar su tiempo en algo útil y se fueron de compras, pero lo que buscaban no lo podrían encontrar en el Mercado Pirata, a pesar de ser el centro de comercio más grande de los Principados. Tras hacer algunas averiguaciones se enteraron de que si había alguien en los Principados capaz de construir las armas que Albatros, Tedes y Tholo buscaban, ese era Achtun Datsun, el Artificer principal de Ryger. Regresaron al palacio del señor de los Seadragonsn y pidieron ver a Datsun. Nuevamente fueron desairados, esta vez por el secretario del Artificer, así que volvieron a usar el viejo truco de llamar la atención. Le llamaron la atención al secretario diciéndole que como podía ser que no los dejara pasar a ver a su viejo amigo, y que seguro su jefe se molestaría mucho al enterarse de todo aquello, sobre todo teniendo en cuenta lo que le habían traído. Fue una suerte para los piratas que efectivamente tuvieran algo que interesara al gnomo artificer, quien gentilmente se presentó como Michael Jackson (probablemente el nombre con el que lo llamaban sus amigos). Los cuatro rapiers que habían encontrado en el Northseeker eran nada más y nada menos que los Cuatro Cardianles, un juego de armas equipadas con dragonshards de gran poder. Jackson quiso hacerse con los cuatro rapiers pero los piratas solo accedieron a entregarle tres, a cambio de que les preparara tres armas también de su elección. El gnomo, decepcionado, no pudo más que aceptar la oferta; después de todo, pensó, más adelante podría hacerse con el último ahora que sabía quién lo tenía.

La construcción del equipo solicitado tomaría unas tres semanas así que los piratas de la Zaarita tuvieron que hacer tiempo cuando Ryger, en la audiencia del día siguiente, les confió que tenía a los Recuperadores como prisioneros y les pidió que averiguaran donde era que estos tenían un altar en particular que el alto príncipe deseaba. Albatros propuso ganarse la confianza de los Recuperadores visitándolos a diario en la prisión y diciéndoles que estaban negociando su salida. De esta forma, en un tiempo que el capitán de la Zaarita estimó como en, “digamos, no sé, tres semanas,” fingirían una fuga ya que resultaba imposible liberarlos por las buenas. Así se llevarían a los Recuperadores a bordo de la Zaarita hasta su escondite y averiguarían donde estaba el altar. A Ryger no le gustó mucho la idea pero tenía problemas más importantes de los cuales preocuparse (corría la voz por las islas del este de Khorvaire que la Flama de Plata planeaba una suerte de invasión a los Principados, e incluso unos barcos de velas plateadas ya habían sido divisados cerca a las costas de Tantamar). Y fue así como el gobernador de Greentarn, comandante de los Seadragons y alto príncipe de Lhazaar, dejó que Albatros y su tripulación hicieran lo que mejor les pareciera, decisión que probaría ser la equivocada en el largo plazo.