Thursday, December 17, 2009

Cosas de Ninfas (LADCA No. 3, Vol 3)

Y pensar que pensaron (digamos que vale, total es lo único que se necesita) que el dinero les alcanzaría por muchísimo tiempo. Bastó tener una mala noche de apuestas, unas señoritas insaciables y los despilfarros acostumbrados para que, al cabo de un par de semanas, del botín del Silver Dragon ya no les quedara nada. Y mientras Segundo componía un nuevo tema y la gente pasaba el menor tiempo posible en cubierta para evitar la música del bardo, Albatros revisaba sus mapas de los Principados esperando recordar algún tesoro olvidado por ahí. Por suerte no pasaría mucho tiempo antes de que el azar les pusiera al frente una nueva aventura, pues a los pocos días de zarpar de Skairn con destino a Tantamar dos delfines empezaron a seguir a la Zaarita.

“¡Zurcado, la ballesta!” gritó el Glasas al ver a los dos delfines desde una de las ventanas de su cocina, “¡porción doble de ceviche a quien los atrape!” seguía vociferando el chef de la Zaarita mientras llegaba a la cubierta con trinche y cuchillo de cocina en mano. Y en el instante en que se asomaba por la borda para ver si los delfines seguían por ahí, estos dieron un gran salto saliendo del agua y aterrizaron en la Zaarita como las más graciosas y poco vestidas ninfas que aquellos desdichados piratas hubieran jamás tenido la suerte de conocer.

“Buen viento y aguas calmas, valientes marineros,” dijo una de las ninfas dando un paso adelante. Se trataba de una mujer joven de cabellos largos y dorados, ojos azules como el mar y el cielo (a pesar de que sean azules diferentes), con orejas muy largas y en punta, terriblemente hermosa; de esas bellezas a las que sería difícil quitarles la mirada de encima, si no vinieran en pares. “Mi nombre es Lydia y ella es mi hermana Layra. Somos las gobernantes de una pequeña isla entre las más grandes Seventh y Thrug...”

Nymph

“Y necesitamos su ayuda,” dijo Layra con una voz dulce y encantadora. Layra era muy parecida a Lydia, con cabellos rojizos y rasgos un poco menos refinados aunque no por eso menos atractiva. “Nuestra hermana Leysa ha sido raptada por un terrible pirata, Daerian Black, quien se niega a devolvérnosla. Ya no sabemos qué hacer, le hemos ofrecido gran parte de nuestro tesoro pero se sigue rehusando.”

“¿Tesoro?” intervino Tedes.

“¿Hermana?” se apresuró a decir Tholo Lacs.

“¿Serían ustedes capaces de devolvernos a nuestra querida Leysa?,” preguntó Lydia con un tono triste, casi desesperado, “estaríamos más que dispuestas a recompensarlos por su trabajo. Tenemos un gran tesoro del cual podrían hacerse con el objeto que quisieran, por ejemplo”.

“¿El objeto que queramos?” preguntó incrédulo Tedes, el chico.

“¿Hermana?” volvió a preguntar Tholo Lacs.

“No se hable más,” dijo esta vez Albatros sonriendo, “será un placer poder ayudarlas.” Y el acuerdo quedó sellado con un apretón de manos, mucho menos de lo que los piratas hubieran querido a apretar, valgan verdades.

Antes de partir las ninfas entregaron al capitán de la Zaarita dos mapas, uno con la ubicación de la guarida de Black y el otro con las indicaciones para llegar a su isla; y se despidieron deseándoles suerte y bendiciéndolos. Los tripulantes de la Zaarita se quedaron boquiabiertos al ver como estas dos maravillosas criaturas volvían a saltar al agua convirtiéndose en delfines, mientras sus escasos vestidos quedaban atrás sobre la cubierta del barco.

“!Qué están esperando!” despertó la voz del pirata/ninja al resto de la tripulación desde el timón de la Zaarita, mientras lo giraba de un lado a otro como esperando que el barco empezara a moverse por eso. “¿No escucharon? ¡Tenemos una nifa que salvar!”

Barra Bandera Albatros

La guarida de Daerian Black se encontraba oculta en una de las tantas caletas que formaban la península de Cape Far, pero el mapa que les entregaron las ninfas los guió rápida y efectivamente hacia esta. La Zaarita planeaba pasar de largo en reconocimiento, pero vieron que el Black Lightning, el barco de ladrón de hermanas, estaba a punto de zarpar, por lo que no perdieron el tiempo y se lanzaron a por ellos.

Black, al ver a la Zaarita acercándose, encantó un bote de su embarcación y cruzó volando hasta el barco de Albatros, donde fue recibido a punta de espadazos y hechizos, y es que los piratas de la Zaarita no eran de los que primero preguntan. Daerian Black sabía que no podría resistir demasiado pues lo superaban en número, pero ni siquiera la llegada de Leysa, que voló también desde el Black Lightning para defender a su captor, cambio el curso de la batalla. En lo que parpadea un hypocampus, ambos se vieron reducidos y atados al mástil mayor.

“He escuchado de esto,” decía Tedes mientras miraba a la pareja tratando de soltar sus ataduras, “se trata del síndrome de ‘estoeselcolmo’.”

“No hay síndromes ni nada por el estilo aquí, mis respetables captores,” se apresuró a decir Daerian Black ya un poco más calmado, al ver que no podría liberarse. “Seguro fueron las hermanas de Leysa las que les pidieron que la rescaten de las garras de un terrible pirata. Pues nada está más lejos de la verdad…”

“Es cierto,” agregó la bella ninfa con lágrimas en los ojos, “mis hermanas no aprueban nuestro amor. Ellas creen que Daerian no es digno de unirse a nuestra familia. No nos quedó otra opción que fugarnos para poder estar juntos.”

“Y ustedes,” volvió a hablar Black, “no son los primeros a los que han enviado, aunque si en tener éxito,” terminó de decir con voz decepcionada y bajando la mirada.

“Si bueno, muy romántico,” intervino el capitán de la Zaarita, “¡Segundo, fija rumbo al sur de Regalport, tenemos un paquete que entregar!”

“¿Pero, no nos creen acaso?” Leysa miraba con expresión sorprendida a los piratas.

“No es que les creamos o no,” se metió en la conversación Tholo Lacs, “fue muy conmovedor en realidad, pero estas dos señoritas, tus hermanas, nos han ofrecido una “suculenta” recompensa, ¿sabes? Además, quienes somos nosotros para evitar que una familia se reúna.”

“¡Un momento, por favor!” gritó Black forcejeando con las cuerdas que lo ataban, “¡les ofreceremos algo mejor!”

“¿Mejor que dos ninfas agradecidas?” preguntó irónico el ninja/pirata.

“¡Su tesoro, todo su tesoro!, no solo una parte de él como ellas seguramente les prometieron.”

“¿Y cómo planeas cumplir con eso?” Albatros parecía interesado.

“Capitán, ¿está bromeando verdad?” se apresuró a decir Tholo, “¡son DOS ninfas agradecidas!”

“Les ayudaré a enfrentarlas y una vez que las hallamos derrotado, el tesoro será todo suyo.”

El pirata/ninja miró a su capitán y al halfling mago, negó con la cabeza y caminó hacia los prisioneros. “Maldita sea, tan cerca que estuvimos,” y los desató.

Barra Bandera Albatros

Albatros, sus piratas y Leysa (atada aún, para no levantar sospechas), seguidos de cerca por Black y su barco camuflados, llegaron a la isla de las ninfas después de algunos días de viaje, ya avanzada la noche. Las ninfas recibieron en la playa a Albatros, Tedes “el chico”, Tholo y Leysa, los únicos que desembarcaron, con mucha alegría, excesivos cariños y aún menos ropa que la primera vez que se encontraron. Estaban sinceramente contentas de tener a su hermana nuevamente con ellas y lo primero que hicieron fue desatarla y abrazarla. La hermana menor devolvió los abrazos pero no compartía la alegría.

“¡Trilia, Runesia!” gritó la Layra y dos ninfas aparecieron en la playa, “lleven a estos caballeros a la bóveda,” y luego continuó dirigiéndose a los piratas sonriente, “tendrán que disculpar que no los acompañemos, pero tenemos mucho que hablar con nuestra hermana.” Y con una sutil reverencia las tres hermanas se retiraron caminando hacia el bosque.

Los piratas se miraron un poco confundidos, el plan se estaba yendo al agua. Siguieron a sus guías por la playa hasta una cueva con una gran puerta de madera, bañada por la espuma de las olas. Las dos ninfas que les hacían de escolta juntaron sus manos y cantaron unas palabras en algún lenguaje que ninguno logró entender. Los cerrojos que aseguraban la puerta desaparecieron.

“Adelante, escojan lo que lo que mejor les parezca. Nosotras los esperaremos aquí,” dijeron Trilia y Runesia al unísono.

El interior de la gruta estaba iluminado por la luz de la luna reflejada en el tesoro de las ninfas, y los piratas se quedaron maravillados. Monedas, joyas, obras de arte, y armas de apariencia más que mágica. Pero algo más llamó su atención, un humano encadenado, casi desnudo, yacía sobre un montón de piezas de oro. El humano no recordaba su nombre, solo que las ninfas lo habían atrapado y lo tenían cautivo para entretenimiento personal. La noche seguía avanzando y si querían seguir adelante con el rescate de Leysa tendrían que improvisar, así que liberaron al humano esperando que pudiera serles de utilidad y Albatros dio la orden de atacar a las escoltas que los acompañaban. El ataque sorpresa funcionó, pero Runesia consiguió escapar y dar la alarma. Albatros, Tholo y Tedes persiguieron a la ninfa por la playa hasta que el capitán de la Zaarita se lanzó contra ella, derribándola, justo en el momento en que aparecían Layra y Lydia, con cara de pocos amigos.

DeaconBlood_Elf_by_GENZOMAN

“Esto se ve peor de lo que es en realidad…” fue lo único que atinó a decir el capitán pirata, para después mirar a la ninfa que yacía bajo él, “…bueno, tal vez no tanto.” Layra y Lydia respondieron conjurando una tormenta eléctrica sobre las cabezas de los piratas y atacándolos con rayos que dejaron ciegos a Tholo y a Tedes. Los dos piratas ciegos, en un acto de heroísmo irracional, decidieron quedarse y pelear y mientras el ninja/pirata se arrojaba al lugar donde había visto por última vez a las ninfas, el mago halfling lanzaba un fireball al mismo sitio. El resultado fue que si bien las ninfas se llevaron una buena chamuscada, Tholo Lacs se encontró ciego y a punto de pasar a mejor vida a causa el daño recibido, por lo que tuvo que retirarse y dejar solos a sus compañeros en el combate. Tedes seguía lanzando bolas de fuego pero las ninfas ya se habían movido y le resultaba imposible atinarles, mientras Alquimio Batros continuaba enfrascado en un combate cuerpo a cuerpo con la escolta, que oponía una resistencia inesperada. Fue entonces que el capitán de la Zaarita escuchó nuevamente esa voz en su cabeza y que juraría provenía del anillo: “déjate llevar”, e imágenes violentas ocuparon su mente; y en un arranque de furia logró zafarse del revolcón y despedazó a Runesia a punta de estocadas y dagazos.

Lydia y Layra se habían concentrado en seguir arrojando rayos al capitán y a Tedes desde una distancia segura, con lo que los piratas estaban ya bastante heridos y el combate pintaba mal. Albatros, aún sediento de sangre, se abalanzó contra Layra aunque sin mayor éxito esta vez, pues el daño que le infringía con el rapier terrestre no hacía mella en la ninfa. Y como tenía que ser, cuando parecía que todo estaba perdido, algo terminó inclinando la balanza a favor de los piratas. De la nada (o de la bruma) el prisionero que habían liberado en la bóveda se unió al combate y flanqueando a la ninfa contra la que luchaba Albatros, le dieron vuelta en menos de lo que canta un gallo (siempre y cuando a un gallo le tome por lo menos 6 segundos pegarse un canto).

Lydia se veía preocupada de repente, parecía que el poder de estas ninfas radicaba en su unión y muerta una a la otra no le quedó más que buscar el mismo destino: la última de las ninfas lanzó un gritó escalofriante al cielo y cargó contra el capitán pirata, pero éste y su nuevo aliado no tardaron en deshacerse de ella también.

“¿Necesitan ayuda?” dijo Black apareciendo también de entre la bruma con Leysa del brazo. Ambos se veían radiantes, como que no les había costado nada escapar de sus captoras. Los piratas se miraron (los que aún podían)pero no dijeron nada, no era momento para bromas, era momento para tesoros.

Thursday, November 26, 2009

Peligros del Mar de Lhazaar (LADCA no.2, Vol 3)

El viaje de vuelta a Skairn transcurría sin honrar más tradición que la de tomarse todo el alcohol del barco. La Zaarita ya surcaba las aguas del mar de Lhazaar desde hacía un par de días sin ningún potencial atraco a la vista, lo que preocupaba a Tholo Lacs. Tedes Atoro, el chico, no se hacía problemas y disfrutaba de la tranquilidad de un paseo en barco mientras descifraba los rapiers que encontraron en el Northseeker, encerrado en su camarote. El anillo era otra historia, Albatros se rehusaba a quitárselo y el halfling había tenido que contentarse con darle una ojeada mientras su capitán aún lo tenía puesto. Eventualmente volvió a la cubierta, se le veía exhausto aunque con una sonrisa orgullosa.

“Son cuatro rapiers elementales,” empezó a explicar el pequeño mago, “cada uno parece tener una dragonshard que les da cualidades especiales: fuego, aire, agua y el último de tierra. Aún no se cómo hacerlos funcionar, pero parece que sus poderes se potencian al usarlos en su elemento respectivo.”

“¡Barco a la vista!” se escuchó desde el mástil mayor a Cosofrito. “¡A estribor capitán!”

Todos voltearon a la vez y vieron lo que parecía ser un galeón elemental en el horizonte. Albatros dio la orden de “a por él” y la Zaarita, haciendo honor a su fama de ser uno de los barcos más rápidos de los principados, alcanzó a su objetivo en no demasiadas horas.

“¡Preparen el abordaje!,” rugió Danubio aunque ya todos estaban listos y salivando. El galeón elemental, ya más de cerca, fue reconocido como el Silver Dragon por Albatros y los más antiguos de su tripulación. La embarcación formaba parte de la flota de la casa Lyrandar en las Principados y era bien sabido que solía transportar grandes cantidades de oro y piedras preciosas entre Regal Port y el continente.

Galeon elemental

El abordaje fue veloz y muy bien ejecutado. Tras reducir a la tripulación del Silver Dragon y a su capitán, un medio elfo llamado Aramil d’Lyrandar, los piratas pasaron todo el botín a la Zaarita.

“¡Esto es un ultrajo!” gritaba Aramil d’Lyrandar mientras veía como desvalijaban su galeón elemental, “¡no saben con quién se están metiendo!”

Pero nadie le prestaba atención, o casi nadie. Solo uno, el más novato, que además no cabía en sí mismo (y no necesariamente por su tamaño) por estar presenciando su primer atraco a un barco, decidió acallar al capitán del Silver Dragon… humillándolo frente a lo que quedaba de su tripulación. Y fue así como el Aramil d’Lyrandar tuvo que elegir entre su vida o desnudarse y caminar por cubierta haciendo como gallina, ante lo que el medio elfo no dudó en deshacerse de sus ropas y empezar a cacarear. Las carcajadas no se hicieron esperar e convirtieron lo que quedaba del atraco en algo divertido, incluso para los tripulantes del Silver Dragon, que al parecer no tenían mucha estima por su capitán. Una vez terminado el espectáculo y el traspaso de bienes, Albatros decidió poner en práctica una vieja táctica pirata para evitar engorrosas persecuciones post-abordajes: inutilizar el barco en cuestión rompiendo su timón.

Pero las viejas tácticas no siempre se mantienen al día con los avances tecnológicos, pues si no se sabría que una de las formas de liberar al elemental de un galeón es, justamente, rompiendo su timón. Y bueno, por más que hay lecciones en la vida que es mejor aprender de boca de otros, “a lo aprendido nadie le quita lo nadado” reza un dicho lhazaarita; y seguro que ninguno de los presentes, de los que lograron escapar al menos, olvidarán jamás la furia con la que el elemental de agua destruyó el barco que lo había mantenido cautivo por tantos años.

Aliviados y escapados por muy poco de la destrucción elemental, ya a algunas millas de distancia, los piratas de la Zaarita contaban su botín una y otra vez sin podérselo creer: gemas y dinero por más de 10,000 piezas de oro no se ven todos los días. Definitivamente había sido una buena aventura: estaban todos vivos, tenían suficiente botín para vivir despreocupados por muchísimo tiempo y habían conseguido objetos mágicos, entre los rapiers y el anillo, de al parecer gran valor y poder. ¿Qué podría arruinar tanta maravilla? Un dire shark por ejemplo, igualito al que le pegó dos terribles mordiscos a la proa de la Zaarita, dejándola a punto de irse a pique.

“¡Capitán, un dire shark!” gritó Cosofrito desde su puesto de vigía, mientras el barco se tambaleaba y todos corrían a tomar sus armas.

El rostro preocupado de Alquimio Batros resumía el del resto de su tripulación, la Zaarita no resistiría un nuevo ataque del tiburón gigante. “Tomen la ballesta y apúntenle entre los ojos,” ordenó Albatros, tras lo cual se puso su nuevo rapier acuático entre los dientes, subió a la baranda de estribor en la proa de la Zaarita y volteó a ver por última vez a su querida embarcación. “No she shevará mi barshco,” dijo lanzándose al mar para enfrentarse al monstruo.

El dire shark atrapó a Albatros en sus fauces mientras desde la borda Tedes y Tholo, el primero a punta de fireballs y el segundo con la ballesta, trataban de dañar al descomunal pez antes de que se tragara a su capitán. El tiburón, ya muy herido, se sumergió para protegerse de las bolas de fuego y los virotazos, llevándose con él a un Albatros que sabía que no le quedaba mucho tiempo. Fue entonces cuando el capitán de la Zaarita escuchó en su cabeza una voz que le repetía: “déjate llevar”. Albatros empezó a luchar con fuerzas inusitadas, repartiendo golpes con su rapier buscando liberarse, y justo cuando parecía que por fin lo lograría, la bestia se lo tragó.

En la Zaarita reinaba un silencio sepulcral, ya no se oía nada que no fuera el viento y la superficie del mar no mostraba indicios de que el combate continuara bajo el agua. Pero cuando el mago halfling y el ninja/pirata estaban a punto de empezar a discutir quien debería reemplazar a Albatros como capitán de la Zaarita, una gran mancha de sangre tiñó de rojo el mar y Alquimio Batros salió a la superficie tomando una gran bocanada de aire.

El resto del viaje se desarrollo sin más problemas, con todos contentos por tener a su capitán de vuelta y éste contando, una y otra vez, como había logrado escapar del tiburón, primero dejándose tragar y luego haciendo un agujero en el estómago del monstruo para salir por ahí. Solo Tholo Lacs escuchaba incrédulo, con una sonrisa disimulada y los brazos cruzados a la altura del pecho, apoyado en la baranda de cubierta de la Zaarita. Estaba seguro de que su capitán jamás se hubiera dejado tragar a propósito y que el agujero en el dire shark se debía, probablemente, más a golpes desesperados que a una estrategia premeditada. Aquello cambiaba totalmente el tono de la historia, pero ese no era momento para rectificaciones, las cosas habían salido bien después de todo.

Barra Bandera Albatros

Ya en Skairn Albatros volvió a encontrarse al Golden Dragon y a su capitán, solo que esta vez vestido de negro y con una expresión muy triste. Henri d’Lyrandar le contó que el barco de su hermano había sufrido un accidente, que el elemental del barco se había liberado y había atacado a la tripulación, destruyendo la embarcación. El cuerpo de su hermano y del de muchos de los tripulantes no pudo ser encontrado por lo que creían que el elemental los había devorado. Albatros, quien no quería agregar más sufrimiento al pobre Henri reabriendo la herida (ni ganarse un nuevo enemigo, cosa que comprobaría más adelante, no funcionó), se despidió sin contarle lo que realmente había sucedido.

Zander, por otro lado, era un gnomo feliz con todas las cosas que le llevaron de su tío y accedió a responderles algunas preguntas sobre el Northseeker; pero no pudo decirles nada sobre el anillo que habían encontrado y que, ahora más que nunca, Albatros se rehusaba a quitarse.

“Tiene un aura de maldad bastante fuerte,” fue lo único que atinó a decir el gnomo.

Albatros y compañía pagaron la deuda y con lo que les quedó del atraco al Silver Dragon disfrutaron mucho el resto de su estadía en Skairn, así como de ciertas señoritas de cuatro brazos que solían frecuentar la taberna del Mástil Roto.

Tuesday, November 17, 2009

El Aundariano Errante (LADCA No. 1, Vol 3)

“Está todo muy bien, solo hay una cosa que no entiendo,” decía Tholo Lacs mientras jugaba con una de sus dagas como de costumbre, sentado en la primera grada de la escalera del castillo de popa de la Zaarita. “El chato este Zander quiere que recuperemos las cosas de su tío de un barco fantasma…”

“El Northseeker,” intervino Segundo desde el timón del barco, con ese tono de superioridad que le gustaba adoptar cada vez que podía corregir a alguien.

“…el Northseeker; y nos presta una brújula de Syberis y 7,500 doradas con la condición de que le traigamos un recuerdo de su tío Mierdin…”

“Merdantin,” lo volvió a corregir Segundo ahora con una sonrisa en el rostro. Tholo miró al bardo con cara de “tienes que estar bromeando”.

“Cuál es el punto,” dijo Albatros apoyado en la baranda de babor del barco, en cubierta, con la mirada perdida en el mar.

“¿Sabes cuánto vale una de esas brújulas?” preguntó el ninja/ pirata, como si la sola idea de tener que explicarlo le pareciera ridícula.

“Mucho,” respondió el capitán de la Zaarita, “pero lo que encontremos en el Aundariano Errante, o Northseeker, perdón Segundo, podría ser aún más valioso.”

“Eso es justamente a lo que voy. Por qué no vamos al Northseeker, saqueamos lo que encontremos y nos largamos con todo: brújula y doradas incluidas. Que además ya te las gastaste en remodelar la Zaarita. ¿De dónde vamos a sacar el oro para pagarle al gnomo ese?”

“Quedarnos con todo…,” Alquimio Batros se quedó callado unos segundos, como pensando en lo que podría hacer con ese dinero, “podría ser, pero que tal si esperamos a ver cómo van las cosas primero. Además no gastamos todo en la Zaarita, o debo recordarte a las señoritas esas de cuatro brazos y nada de recato de la taberna del Mástil Roto,” acotó Albatros ya dándole la espalda al mar y mirando a los ojos al ninja/pirata, que solo atinó a sonreír mientras hacía memoria.

“¡Capitán!” gritó Cosofrito desde el mástil mayor de la Zaarita, “¡Nada en el horizonte!”. Albatros miró hacia arriba y negó con la cabeza, resignado.

“¿Y qué fue de ese medio elfo al que se encontró antes de zarpar?” preguntó Tedes Atoro, el chico, aprovechando el cambio de tema.

“Un tal Henri d’Lyrandar,” respondió Alquimio Batros dejando de jugar con la idea de renovar completamente su tripulación, “capitán de un excelente galeón elemental, el Golden Dragon. Nada útil además de eso. Le pregunté si sabía de alguien que pudiera estar interesado en encontrar el Northseeker, tratando de averiguar quién podría estar detrás del intento de robo a Zander d’Sivis que frustramos, pero solo se dedicó a parlotear de su barco y su casa marcada.”

“¡Capitán!” volvió a gritar Cosofrito desde su puesto de vigía, ”¡Nada aún en el horizonte!”

“¡Muy bien Coso!” le respondió Albatros, “¡Ahora avísame si ves algo, sobre todo barcos de huesos!”, tras lo que agregó dirigiéndose a Segundo, “sigue con el rumbo fijo al noroeste. Aún debemos estar a varios días del Frostfell, esperemos que la brújula no nos lleve ahí.”

Y así fue como la Zaarita dejó los mares de Lhazaar para adentrarse en el Mar de la Amargura, que separa al continente de Khorvaire de las heladas tierras al norte de Eberron conocidas como el Frostfell. El agua era mucho más fría ahí, y los peligros a los que se enfrentaban totalmente diferentes a los que estaban acostumbrados en los Principados, desde nuevos monstruos hasta témpanos de hielo gigantes, algunos incluso ocultos bajo la superficie del mar. Tuvieron que navegar cerca de 5 días más hasta que a lo lejos divisaron lo que parecía ser un barco encallado en una pequeña isla de hielo.

La Zaarita se acercó lo más que pudo sin comprometer su movilidad y entonces Albatros, Tholo Lacs y Tedes Atoro, el chico, siguieron en un pequeño bote hasta “tierra firme”. El Northseeker, con toda su apariencia de barco fantasma y para colmo abandonado, se encontraba frente a ellos totalmente rodeado de hielo, lo que hacía pensar que llevaba ahí un buen tiempo. Quién sabe cuánto había pasado desde la última vez que fue visto en realidad, y cuantas veces las noticias de su avistamiento no habían sido más que mentiras o alucinaciones.

Northseeker Frostfell

“Muy bien, lancemos los ganchos y subamos. Cuanto antes salgamos de aquí mejor, tanto frío me pone la…” decía Tholo mientras rebuscaba en su mochila, cuando un aullido le hizo callar.

“Cuatro winter wolfs” se apresuró a decir Tedes, el chico, señalando a una colina demasiado cercana para las circunstancias, desde donde las cuatro bestias descendían lentamente.

“Y después me cuestionan por qué lo traigo,” dijo Albatros mientras desenvainaba su cutlass, “sabe contar.” Pero justo cuando Tholo y el capitán de la Zaarita se dirigían al encuentro de los lobos, dos de estos arrojaron su gélido aliento hiriendo a los piratas y deteniéndoles en su sitio. “¿Tedeeeeeeeees?” llamó Alquimio Batros a su subordinado con voz preocupada, sin retirar la mirada de las bestias que seguían acercándose.

“Creí que “cuatro winter wolfs” sería suficiente,” empezó a renegar el mago halfling, “no sabía que tenía que recitarles la entrada completa de la enciclo…”

“¿TEDEEEEEEEEEEEES?” dijo esta vez el ninja/pirata, al ver que los lobos empezaban a rodearlos.

“¡Ataquen con fuego!” respondió el mago, ante lo cual los enfriados piratas se miraron, levantaron los hombros resignados y cargaron contra los lobos. El combate no fue tan terrible como temían, pues si bien ni Albatros ni Tholo Lacs tenían ningún tipo de arma capaz de hacer un daño serio a estas bestias, Tedes, el chico, acabó con dos de ellas de un fireball haciendo huir al resto.

Tras asegurarse de que los lobos no volverían, los tres piratas treparon al Northseeker usando sus ganchos y cuerdas. Una vez en la cubierta del barco se dividieron para registrar lo más que pudieran antes de encontrarse con una nueva sorpresa, pero ésta no tardaría en llegar. Casi al mismo tiempo en que Tedes clamaba estar viendo fantasmas y el ninja/piarata se burlaba del mago, Albatros abría la puerta del castillo de popa y un undead se abalanzaba contra él. El muerto viviente dio un par de zarpazos al aire antes de caer abatido por una certera estocada del capitán de la Zaarita; pero más allá del susto el undead lo que hizo fue confirmar lo que temían, el barco no estaba del todo abandonado.

Los piratas apuraron aún más su búsqueda, primero bajando a las bodegas y luego, al no encontrar nada ahí, dirigiéndose al último nivel del barco donde se encontraban las habitaciones de los oficiales. La luz mágica de Tedes, el chico, alumbraba un largo pasadizo flanqueado por puertas que algunos pasos más adelante se perdía en la oscuridad. Tras revisar cada uno de los cuartos, excepto uno tapeado y asegurado con cadenas y un cartel que rezaba “NO PASAR”, encontraron la habitación que alguna vez perteneció a Merdantin d’Sivis, y recogieron todo lo que pudieron identificar como pertenencias del tío. Pero fue la última pieza, al final del pasillo, la que les trajo mayores satisfacciones. Se trataba de la cabina del capitán, una gran estancia decorada con figuras doradas de madera y que albergaba un escritorio tallado, algunos estantes, un par de cofres y una cama. Sobre el escritorio yacía cerrada la bitácora del barco y mientras uno de los cofres se encontraba vacío, el otro contenía cuatro finísimos rapieres que gritaban “magia” por donde se los mire.

Alquimio Batros se sentó en el escritorio del capitán a leer la bitácora con la esperanza de averiguar qué le había pasado a la embarcación, pero las últimas entradas solo hablaban de uno de los tripulantes (sin mencionar su nombre) quien se había vuelto loco y que con mucho trabajo habían logrado “encerrarlo”. El capitán del Northseeker escribió además que creía que las muertes habían sido culpa de este tripulante, pero que a pesar de estar encerrado cosas raras seguían sucediendo en la embarcación. No había más entradas, pero lo leído fue más que suficiente para convencer a los tres piratas de que valía la pena echarle un vistazo a la habitación tapeada antes de irse.

Los maderos que bloqueaban la entrada ya estaban podridos y la cadena se zafó al romperse el marco de la puerta donde estaba sujeta, por lo que no tardaron mucho en abrirse paso. La habitación se encontraba en mucho peor estado que las demás, y si no fuera descabellado hubieran jurado que incluso era más oscura. Un esqueleto, de lo que debía haber sido un humano adulto, yacía intacto en el piso; y justo sobre su mano derecha, un en exceso decorado anillo de plata con un pequeño zafiro flotaba alumbrado por un haz de luz celeste.

“Creo que ahora sí es hora de irnos,” dijo Tedes con voz nerviosa, algo en el ambiente le daba una carga demasiado peligrosa a la habitación vacía.

“En un segundo,” respondió Alquimio Batros, que se había arrodillado junto a la sortija intentaba cogerla, solo para que ésta lo esquivara y se escabullera entre sus dedos. Tholo y Tedes se miraron sorprendidos pero Albatros no iba a dejar que un anillo se burle de él, así que se sacó su sobretodo y se lo echó encima, atrapándolo.

“Ahora sí, salgamos de aquí,” repitió el halfling cruzando la puerta, pero se detuvo al darse cuenta de que nadie lo seguía.

“¿Capitán?” dijo Tholo al ver que Albatros iba metiendo una mano debajo del sobretodo, “no creo que sea una buena…” pero era demasiado tarde, el haz de luz desapareció y una ráfaga de viento helado irrumpió en la habitación con un silbido agudo, Alquimio Batros se había puesto en anillo.

“Bah,” dijo el capitán de la Zaarita poniéndose de pie y vistiendo nuevo su sobretodo, “debe haber sido otro de esos típicos trucos de barcos fantasmas para asustar aventureros,” y saliendo de la habitación, ante la mirada atónita de sus dos tripulantes, añadió, “está claro que aquí no pasa nada.” Pero bastó que el capitán de la Zaarita terminara de decir estas palabras para que el barco empezara a sacudirse como si se estuviera viniendo abajo. Los tres piratas empezaron a correr pero solo llegaron hasta el pie de la escalera, donde una armadura con una gran espada de fuego en uno de sus guantes descendía hacia ellos.

Helmed Horror

“A esto me refería con que no me parecía una buena idea,” dijo Tholo Lacs justo antes de cargar contra la armadura, pero ésta lo frenó de un espadazo arrojándolo al suelo. La armadura entonces terminó de bajar las escaleras y se plató frente a Albatros, quien tuvo que esquivar un par de espadazos antes de poder atinarle un buen golpe. Tedes, mientras tanto, atacaba desde la retaguardia con sus hechizos y trataba de ayudar a Tholo Lacs a ponerse a salvo, el ninja/pirata estaba muy herido a causa del golpe y la caída. El combate esta vez sí que era complicado, el estrecho pasadizo dificultaba demasiado las maniobras y el barco seguía temblando, dando la sensación de que podría desplomarse en cualquier momento. Pero si hay algo que motiva a un pirata a dar hasta lo último de sí es tener el pellejo en juego, y puede que justamente fuera la falta de pellejo de la armadura la que terminara sellando su derrota, pues no pudo resistir mucho más las ya desesperadas estocadas de Albatros ni los rayos de Tedes, el chico.

Los tres piratas retomaron la huída antes de que la armadura terminara siquiera de desplomarse. No había tiempo para registrar al caído y fue una suerte que ni lo intentaran, pues lograron escapar del barco justo cuando el hielo sobre el que estaba encallado se quebraba y las heladas aguas que alguna vez mantuvieron a flote al Northseeker, se lo tragaban.

Barra Bandera Albatros

Los agitados piratas se quedaron tendidos un rato sobre el hielo, tratando de recuperar el aliento y de procesar todo lo que había sucedido. “Y ahora que,” habló primero Tholo Lacs con la voz aún entrecortada, “tenemos el botín que vinimos a buscar.”

Albatros, que admiraba el nuevo anillo que llevaba en la mano derecha, respondió sin siquiera distraer la mirada de su juguete nuevo. “De regreso a Skairn, tal vez Zander pueda darnos alguna información sobre este anillo. Hay algo extraño en él.”

“Pero tendremos que devolver las 7,500 doradas,” intervino Tedes, el chico, “¿vamos a vender los rapiers que encontramos?”

“Esos también se ven interesantes,” volvió a responder el capitán de la Zaarita distraído, “tratemos de averiguar algo sobre ellos primero, puede que así consigamos un mejor precio.”

“Pan comido”, el mago halfling se sobaba las manos, “solo déjamelos algunas horas.”

“No quisiera volver sobre este tema,” decía el ninja/pirata mirando a su capitán con las cejas muy levantadas y expresión de ‘te lo dije’, “¿pero de dónde vamos a sacar el oro para pagarle al gnomo ese?”

Alquimio Batros se puso de pie y miró a sus dos tripulantes. “Pues tendremos que honrar la más antigua y respetada tradición de estas tierras…” y sonriendo se dio media vuelta y emprendió el regreso a la Zaarita, “saquear al primer barco que se nos cruce en el camino.”

Friday, July 17, 2009

Preludio: Año y medio después… (LADCA No. 0, Vol 3)

Alquimio Batros se despertó con una resaca terrible. Se encontraba en una habitación extraña, para él al menos. Un halfling se probaba su sombrero y revisaba los bolsillos de su sobretodo colgado en una silla. Albatros ubicó su rapier al lado de la cama donde estaba recostado, lo tomó con cuidado y se levantó y acercó silenciosamente al pequeño intruso.

“Las manos donde pueda verlas,” dijo el capitán de la Zaarita hincando con la punta de su rapier la nuca del halfling. El halfling volteó lentamente hasta dejar el rapier justo al medio de su cuello, arrepintiéndose de inmediato.

“Estás despierto,” fue lo único que atinó a decir el halfling. Albatros frunció el ceño levantando las cejas, ante lo cual hizo una mueca de dolor por la resaca y volvió a dejar la parte superior de su cara en su lugar.

“Pon mis cosas donde estaban y sal de mi habitación,” trató de intimidar Albatros a su pequeño oponente.

“Ehhh… es mi habitación,” respondió el halfling. ‘Eso explica porque no la reconocía’, pensó el pirata. “Anoche, el Molusco Frío, ¿recuerdas?”

“Yo no le entro a los pequeños…” empezó a decir Albatros con cara extrañada, tratando de acordarse.

“No, no, los dos tipos que te siguieron al salir de la cantina. Te enfrentaron. Dijeron algo de un tal Moren. Tú empezaste a balbucear algo y ellos desenvainaron, pero estabas demasiado borracho para hacerles frente…”

“Eso si te lo puedo creer…”

“…así que los distraje y te saqué de ahí.”

Albatros miró al halfling de pies a cabeza. No se trataba de un hombre de mar ciertamente, tenía un aspecto magro y enjuto, parecía más bien el hijo de algún noble. No parecía estar mintiendo tampoco.

“¿Cuál es tu nombre, pequeño?”

“Tedes Atoro, el chico. Me nombraron como mi padre.”

“Pues bueno, Tedes “el chico”, el capitán Alquimio Batros está en deuda contigo,” dijo el capitán de la Zaarita bajando su rapier y extendiendo una mano que el halfling estrechó aliviado. “Pero es hora de partir, no quisiera que Brightwind se entere que estoy por aquí. Ese muchacho se toma las cosas a pecho, ¿sabes?” siguió diciendo el pirata mientras recogía su equipo y se ponía su sombrero y sobretodo.

“¿Puedo ir contigo?” dijo rápidamente el halfling ubicándose entre el pirata y la puerta. Albatros se detuvo en seco.

“Mira, chico, no es que crea que no estás a la altura… je, lo siento… ni siquiera sabes a donde voy.”

“No me importa, eres un pirata,” dijo el halfling sonriendo, “y además me debes una.”

“¿Qué te hace pensar que soy un pirata?” Albatros abrió los brazos como para mostarse por completo, se miró un segundo y los bajó sabiendo que no podría ganar ese argumento. “Está bien chico, pero no esperes un trato especial… y da por saldada la deuda.” Luego continuó murmurando entre dientes, “habrase visto, venir a cobrar deudas en estos tiempos, a donde vamos a ir a parar…”

“Excelente, tengo mi maleta lista,” dijo Tedes corriendo a buscar un elegante baúl, “por cierto, tenías esto en el bolsillo ayer cuando te traje,” y el halfling entregó un sobre abierto al pirata.

“Gracias,” Albatros volviendo a fruncir el ceño levantando las cejas y arrepintiéndose al instante, dándose cuenta además de que el pequeño había tenido un plan B desde el principio, “¿cuál me dijiste que era tu profesión?”

“Mago.”

Barra Bandera Albatros

La Zaarita estaba anclada en una caleta no muy lejos del puerto principal de Blackrock, capital de la isla Orthos. Un pequeño bote esperaba a Albatros y a su nuevo compañero en la orilla. El halfling veía a la Caravela acercarse cada vez más a medida que iban remando, era todo lo que siempre había esperado de un barco pirata: tres altos mástiles sosteniendo incontables juegos de velas, un enorme ballesta en la cubierta y un gran alboroto abordo. Desde aún más pequeño Tedes había querido hacerse a la mar, pero su familia lo obligó a seguir sus estudios de artes arcanas. Esta era su oportunidad de convertirse en el pirata que siempre quiso ser.

“Que gusto verlo capitán,” dijo Segundo recibiendo a Albatros ni bien puso el un pie en el barco. “Estábamos preocupados cuando nos dijeron que lo vieron salir con dos tipos del Molusco Frío anoche. ¿Tenemos ya un rumbo?”

“Skairn, lo antes que podamos. Y convoca a reunión en la sala de oficiales, tenemos un trabajo que discutir.”

La sala de oficiales de la Zaarita, como en la mayoría de barcos, fungía también de comedor, cuarto de dibujo y trazo de rutas, o sala de estar para oficiales y pasajeros. En el caso de la Zaarita se trataba de una habitación espaciosa con un par de cuadros bastante enmohesidos en las paredes, un mueble lleno de botellas de licor y una gran mesa al medio con sillas alrededor. Albatros entró seguido por Tedes, el chico, y tomó asiento en la cabecera de la mesa, donde ya se encontraban sentados los altos mandos de la embarcación pirata.

“¿Quién es el niño?” preguntó Tholo Lacs, el hasta hace unas horas última adición de la Zaarita, siempre con esa cara de que las cosas no le cuadran.

“Tedes Atoro, el chico,” dijo Albatros, “algo de su padre, su hijo supongo. Vendrá con nosotros,” y señalando a cada uno de los presentes, continuó. “Estos son: Segundo, navegante, bardo y segundo abordo; Danubio, nuestro contramaestre; Lax Zhante, médico abordo; y Tholo Lacs, el… el… él realmente no sé muy bien que hace, pero es bueno,” terminó de decir el capitán de la Zhaarita con voz convencida. Luego se acercó al oido del mago y agregó en voz baja, “dice que es ninja, no pirata, es mejor no discutirle al respecto.”

“¿Y por qué estamos llevando de paseo al chaval?” intervino nuevamente el ninja/pirata.

“Bueno, es un mago, y es pequeño, y… no teníamos uno de estos,” respondió Albatros como si no entendiera por que tanto problema. “Pero bueno, ahora sí lo importante. Recibí una carta de un tal Zander s’Sivis, de Skairn. Dice que tiene un trabajo para nosotros. A todo esto ¿alguno de ustedes ha escuchado hablar del ‘Aún diría no: ¡Era-antes!?”

Tholo Lacs (Tholo Lacs)

Monday, April 27, 2009

Revelaciones (LADCA No. 8, Vol 2)

- Termina tu relato entonces Sliorithal, y acabemos con esto de una vez – dijo una voz cordial aunque ya con un asomo de impaciencia, ante lo cual el salón guardó silencio y el joven orador dracónico tomó la palabra.

Barra Bandera Albatros

1. La muerte de Fauces

“Como es bien sabido, Fauces y los elegidos por el capitán del Chesumare llegaron a las catacumbas de la torre donde buscaban el Amuleto de los Vientos, en Regal Port, y el grupo se dividió en dos. El turco Gorzac y los hermanos half-orc, Durk y Crotán, investigaron las catacumbas; mientras que el viejo Norrías, Turbantes, Alquimio Batros y Fauces se encargaron de los niveles superiores de la torre.”

“El Amuleto de los Vientos fue encontrado por el equipo de Fauces en uno de los niveles más altos de la torre, pero cuando Norrías lo toma se activa la alarma y el pirata se convierte en piedra. Unas gárgolas aparecen de la nada y luchan contra los ladrones, pero solo hasta sacarlos de la habitación. Entonces llega la guardia de la torre, capturan a Turbantes y persiguen a Fauces y Albatros hasta la azotea, donde éstos se refugian trancando la puerta detrás de ellos. Mientras los guardias tratan de derribar la puerta que les impedía avanzar, Fauces se enfrenta a Albatros; le dice que sabe que todo ha sido una trampa preparada por él y que lo matará por eso, pero Albatros no entiende de que está hablando su capitán. Efectivamente se había tratado de una trampa, pero preparada los hermanos Durk y Crotán, quienes tras despachar al turco huirían sin mayores problemas al escuchar la alarma. Fauces saca su wandstol y apunta a la cabeza de su subordinado, pero la suerte de Albatros vuelve a salvarle la vida. El capitán del Chesumare dispara y (saca 1 en su Use Magic Device) el tiro le sale por la culata (que además de critical debe haber sido sneak, porque no se la esperaba), acabando con él al instante.”

“En ese preciso momento se abre la puerta y la guardia, con Turbantes atado, ve a Albatros agachado sobre Fauces, con cara de sorprendido (que ellos atribuyeron a su presencia y no a que el pirata no se explicaba lo que acababa de pasar). Los guardias apuntan sus lanzas contra Alquimio Batros y este retrocede, hasta llegar al borde de la azotea. Los guardias ordenan al joven pirata que se rinda, mientras Turbantes no puede creer lo que ven sus ojos. Albatros trata de dar un paso más hacia atrás pero nota que ya no tiene donde apoyarlo, entonces siente que algo lo jala y cae al vacío.”

Barra Bandera Albatros

- Pero nada de esto es relevante. Recuerden por qué estamos aquí…

- ¡Silencio Khurystas! - lo interrumpió Sin’beldar con la misma voz que antes instara a Sliorithal a continuar (aunque mucho menos cordial y cambiando los asomos por evidencias) – Prosiga agente.

Barra Bandera Albatros

2. Los meses sin Albatros

“Alquimio Batros despertó en una jaula, en lo que parecía ser un laboratorio. Al rato apreció el que se presentó como el dueño de la torre, quien había venido siguiendo todo lo que había sucedido a través de un gran espejo colgado en una de las paredes de esta habitación. Al comprobar que Albatros no tenía el amuleto, le ofreció su libertad a cambio de algunos servicios… después de todo, no podía dejar sin castigo a quien trataba de irrumpir en su torre y robar uno de sus objetos más preciados. Y fue así como Albatros sirvió a Renegar el mago por unos meses, haciendo el trabajo sucio que éste se negaba a hacer. Luego fue puesto en libertad con la condición de que nunca dijera lo que había sucedido en su torre. Renegar prefería que se corriera la voz de que todos los intrusos habían tenido muertes espantosas.”

“Lo siguiente no lo sabe Albatros, pero Renegar no solo lo rescató a él sino también al cuerpo sin vida de Fauces. El mago revivió al capitán del Chesumare para instalar en él el último de sus experimentos, un simbiote incorpóreo. Fauces tuvo que servir al mago por muchísimos años debido al control que éste, ayudado por el simbiote, ejercía sobre él. La vida en la torre de Renegar fue un infierno para Fauces y solo sirvió para, además de enseñarle algunos trucos arcanos, cultivar en el otrora capitán pirata el más profundo odio hacia quien consideraba el culpable de todas sus desgracias: Alquimio Batros.”

Barra Bandera Albatros

Khurystas volvió a abrir la boca para hablar, pero una mirada amenazadora de Sin’beldar lo hizo pensar las cosas dos veces. Ante la imposibilidad de intervenir optó por quedarse callado sentado en su sitio, mirando con desparobación al informante y negando con la cabeza.

Barra Bandera Albatros

3. La venganza

“Una noche, poco más de 10 años después de la incursión a la torre de Renegar, Fauces atacó a su captor por sorpresa y lo encerró en una gema. Después de escapar de la torre de Renegar con todo lo que pudo llevarse con él, lo primero que Fauces hizo fue buscar un lugar donde refugiarse y poner en marcha su plan de venganza.”

“Fauces llegó a Cape Far y se ocultó. Había pasado ya bastante tiempo desde su muerte, pero aún así no podía darse el lujo de ser reconocido. Tras instalarse, el ex capitán del Chesumare conoció a un pirata de cuarta llamado Piter Cantropus, al que le ofreció convertirlo en el capitán pirata más temido y respetado de los mares de Lhazaar… a cambio de un único favor (dos en realidad, porque Piter Cantropus no inspiraría respeto ni temor), y así nació el intrépido Pit.”

“Fauces mandó construir, por intermedio de Pit, el barco más rápido y mejor armado que su dinero pudo comprar (el dinero que consiguió tras la venta de la mayoría de objetos mágicos que se llevó de la torre de Renegar) y lo nombró el Amuikaf Rojo -que es un juego de palabras con el Chesumare, en inglés, Red Amuikaf… todo un personaje el viejo Fauces-. Pero esto no era suficiente, mediante un ritual que había visto hacer a su ex captor, y teniendo el pergamino que se lo permitía en su poder, conjuró a toda una tripulación de undeads para su nueva embarcación.”

“Con su nuevo barco, su capitán pantalla, su nueva tripulación y los objetos mágicos de Renegar que había guardado -el Amuleto de los Vientos, con el que haría de su nuevo barco el más rápido de Lhazaar; un anillo de Sugestión, con el que convencía a Pit de hacer lo que él quisiera; y un extraño incienso, que le permitía entrar en los sueños de los demás-, Fauces estuvo listo para comenzar su venganza. Y era así como el Intrépido Pit lograba llegar antes que Albatros a cualquier lugar. Fauces escudriñaba la mente de su ex tripulante todas las noches causándole pesadillas -aunque esto lo agotaba, por lo que cada vez estaba más débil-, y una vez determinado el tesoro tras el cual iría con su tripulación, usaba el Amuleto de los Vientos para que el Amuikaf Rojo llegara antes que la Zaarita. Del resto se encargaba su tripulación y su barco.”

“Fauces estaba muy débil a causa las constantes visitas a los sueños de Albatros cuando se enteró del último destino del capitán de la Zaarita (el barco de Essa Konch, corsaria del principado de los Wind Whisperers), pero no pudo evitar querer aguarle los planes una vez más. Pero cosas del destino, el tiro le volvió a salir por la culata. Al intentar acelerar al Amuikaf Rojo teniendo ya a su objetivo a la vista, Fauces perdió el control del Amuleto de los Vientos y se terminó creando una tormenta. El Abordaje al Fondieu se dio cuando el ex capitán del Chesumare recuperó el control del amuleto, pero el Intrépido Pit pecó de confiado y decidió no pasar a degüello a Essa ni a su contramaestre Ashar, y serían ellos quienes guiarían a Albatros hasta la captura del Amuikaf Rojo.”

“Fauces sabía que la Zaarita les venía pisando los talones, pero por más que intentaba usar el Amuleto de los Vientos este ya no le respondía pues se había dañado tras controlar la tormenta creada para el abordaje del Fondieu. El Intrépido Pit, que ya se había creído eso de que era el pirata más respetado de Lhazaar y que tenía la mejor embarcación que jamás surcara esos mares, ordenó cambiar de rumbo y atacar a quienes osaban perseguirlo. Fauces escuchó el crujir de las maderas cuando los barcos chocaron. Sabía que no tenía demasiado tiempo así que intentó utilizar el amuleto por última vez, pero estaba tan débil que no pudo controlar la ya dañada reliquia y ésta terminó partiéndose en dos. El combate en cubierta sonaba feroz y Fauces no creía que su capitán/títere pudiera salir de ésta, por lo que mordió su huída del Amuikaf Rojo, abandonando al Intrépido Pit a su suerte.”

Barra Bandera Albatros

Sliorithal, el joven dragón verde, concluyó su informe y fue a tomar asiento con el resto de sus pares.

- Creo que con esto terminamos de cubrir todo lo que necesitábamos saber - pronunció ante la atenta mirada de La Cámara Sin’beldar, el dragón dorado que había venido moderando el cónclave – Es momento de tomar una decisión.

- Pues me parece que está de más recordarles las implicancias que esto tendrá en la profecía – intervino Sur’kil, un dragón de plata agente de La Cámara, tratando de llamar a sus compañeros a la reflexión.

- No olviden que nuestra intervención en los eventos de Khorvaire debe ser mínima, el Cónclave no aprobará que actuemos de esta manera. Tened en cuenta que no hay forma de conocer de antemano el desenlace de lo que se decida aquí esta noche – se apresuró a decir con voz algo preocupada Khurystas, el dragón azul adulto que antes había sido callado por Sin’beldar.

Los dragones de la Cámara reunidos en el Forum de Vorel’arux empezaron a comentar entre ellos en voz baja, hasta que un fuerte murmullo ocupó el gran salón. Jancarlyrix (una gran sierpe de bronce y el mayor de los dragones ahí reunidos) se puso de pie, miró alrededor y el resto de dragones calló. Los dragones, uno a uno, fueron emitiendo su voto hasta que el último se hubo pronunciado. Entonces Jancarlyrix asintió con la cabeza y volvió a sentarse. El murmullo se alzó nuevamente hasta convertirse en una acalorada discusión, la votación había sido bastante apretada y el veredicto final había dejado a más de uno descontento.

- El Ojo de Chronepsis pondrá las cosas en orden, y eso nos costará la vida – reclamaban algunos.

- La Cámara no fue creada para servir a criaturas menores - aludían otros.

- Pego su camino ya está fogjado – se escuchó decir, entre los alegatos, a alguien desde el fondo del salón.

- ¡No se hable más! – intervino el gran dragón dorado con voz autoritaria, a lo que agregó con un tono ya más preocupado – Sus futuros están en sus manos... que Dolurrh los coja confesados.

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FIN DEL VOLUMEN 2

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VOLUMEN 3:

Consecuencias”

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Como buen Lhazaarita que es, Alquimio Batros ha pasado la mayor parte de sus 39 años de vida en el mar y desde siempre le han llamado la atención la vida fácil y los grandes excesos. Famoso en los mares de Lhazaar por haber vencido a monstruos terribles y ser pirata de imposibles (siempre con ideas absurdas y botines medio inventados), posee el nada envidiable record de 14 barcos hundidos (todos suyos), lo que le ha valido el apodo de el Plomo Batros en algunas islas del sur de los principados.

Pero si las aventuras que hasta ahora le tocó vivir, podría decirse, fueron “hechas a su medida”, el mundo como lo conoce está a punto de cambiar. Ahora deberá guiar a una renovada tripulación hasta los confines de Khorvaire (y más allá), ahora deberá navegar en un mundo manejado por alguien más grande que él (o no), ahora será el azar (disfrazado de dados) quien decida su destino… pero empecemos por el principio, o mejor aún, por lo primero.

“La última vez que se le vio fue en una cantina de Orthoss, cuando ebrio hasta los calcetines balbuceaba algo acerca de aguas amargas y barcos de almas desnudas. Dice el cantinero que dos elfos que había estado preguntando por él lo escucharon y lo siguieron cuando dejaba el local. Al parecer se escuchó un alboroto afuera poco después, pero eso es cosa común por ahí así que nadie le dio mayor importancia… No se ha vuelto a saber del Albatros desde entonces, aunque algunos dicen que esa misma noche se le vio con un enjuto y magro personaje, un humano medio tela, tal vez un elfo o un halfling, es difícil saberlo, las versiones se contradicen.”

Monday, April 20, 2009

Cara a cara (LADCA No. 7, Vol 2)

La Zaarita llevaba dos días y dos noches a la caza del Amuikaf Rojo y por fin divisaba sus velas escarlatas en el horizonte. La nave de Albatros parecía ser más rápida que su presa pues pronto empezó a acortar la distancia que los separaba.

- ¡Icen los colores de una buena vez, qué sepan quienes están tras de ellos! – Alquimio Batros dio la orden y al instante una bandera negra con dos cutlass cruzados y una calavera de albatros sobre ellos comenzó a flamear en la punta del mástil mayor.

Bandera Albatros v2

- ¿Estás segura que ese es su barco? – preguntó Alquimio Batros a Essa, capitana del barco hundido la noche anterior por el Intrépido Pit y sus piratas (el Fondieu) y que, curiosamente, era también el objetivo de Albatros (aunque esto Essa no lo sabía).

- Te dije que te llevaría hasta él y yo siempre cumplo mi palabra – respondió la media elfa sin despegar la mirada del Amuikaf Rojo.

Albatros sonrió. Pit se estaba volviendo descuidado, se estaba confiando. Primero había sido aquel perturbado marinero al que encontraron en el barco quemado (el pobre desdichado no sobrevivió a la noche), pero ahora había ido aún más lejos. No solo no liquidó a la capitana del Fondieu ni a su contramaestre (un dragonborn llamado Ashar), sino que quiso ponerse trascendental haciendo que sufran una muerte lenta viéndolo alejarse, mientras se hundían junto con su barco atados al mástil mayor. Pero son esas las decisiones que, junto con Moradin, forjan el destino; y ahora eran Essa y Ashar quienes guiaban a la Zaarita al encuentro que Alquimio Batros llevaba tanto tiempo esperando.

- ¡Capitán, están virando! – gritó Cosofrito desde su puesto de vigía.

- Como que están virando, que se han creído esas anguilas de pecera ¡Todo a Babor! – gritó Albatros – ¡Nos pondremos en sotavento a ver si se les sigue apeteciendo hacerse los difíciles! – Las naves iban ahora en dirección a cruzarse unas millas más adelante.

- ¡Capitán, vuelven a virar! – gritaba nuevamente Cosofrito.

- Esto me huele a caca de sahuagin – se dijo Alquimio Batros. El Amiukaf Rojo tenía ahora rumbo paralelo a la Zaarita, pero en dirección contraria. Estaban cerca y si todo seguía como estaba, el choque sería inminente – ¡Danubio, prepara el abordaje! ¡Zurcado, ten lista la ballesta, si quieren pasarnos al lado se llevarán un recuerdo!

- ¡Ya escucharon al capitán, malditos holgazanes! – gritaba Danubio al equipo de asalto - ¡Alisten sus armas y empiecen a mojarme las velas y la cubierta! ¡Listos los sacos de arena!

Las naves estaban cada vez más cerca, pero el Intrépido Pit no tenía la menor intención de pasar al lado. Para cuando el Zurcado había apuntado la ballesta a la vela mayor enemiga, la cabeza de dragón en el espolón del Amiukaf Rojo escupió un gran chorro de fuego sobre la proa de la Zaarita.

- ¡Mantengan sus posiciones! – ordenó el capitán – ¡Me cambias un paso el rumbo, Segundo, y te mando a pelar piedras a las bodegas!

- ¡Apaguen ese fuego! – se le escuchaba gritar a Danubio en cubierta.

- ¿Alguna baja en la guardia? – preguntó Albatros.

- Todo en orden capitán… ¡Preparen los arpeos! – volvió a gritar Danubio.

El choque fue brutal, las dos embarcaciones crujieron hasta sus astillas. La peor parte se la llevó al Amuikaf Rojo, pues perdió su cabeza de dragón. La voz de Danubio se volvió a escuchar en toda la embarcación.

- ¡Enganchen, basuras! – y al grito del contramaestre cinco arpeos cruzaron hasta la proa del Amuikaf Rojo, asegurando que ninguna de las dos naves pudiera huir – ¡qué esperan para cruzar, remedos de piratas!

Danubio ya había cruzado, seguido por Albatros, Essa, Ashar, Tito, Chino viejo, el Zurcado (que se había quedado con las ganas de disparar su ballesta) y el resto del equipo de asalto. Los piratas del Amuikaf Rojo se batían a muerte. Había algo extraño en todos ellos pero no era el momento de ponerse a pensar en eso. A la hora de acuchillar y ser acuchillado da lo mismo que sean hombres, undeads o gelatinas.

pelea en barco con undeads v2

A diferencia del resto, Albatros no se entretuvo en el combate en cubierta y se abrió paso a punta de wandstolazos hasta llegar al castillo de popa. Ahí encontró al Intrépido Pit, quien parecía una caricatura de pirata con todos los estereotipos que uno podría imaginar, pero no se parecía en nada a la figura que Albatros había visto en sus sueños. Ambos desenvainaron y se dio inicio al combate. El capitán del Amuikaf Rojo no era demasiado diestro (ni zurdo, para los efectos del caso) en el uso del rapier, aunque sus golpes (los que llegaba a acertar) si que hacían daño. Estaba bien armado y bien protegido, los intentos del capitán de la Zaarita por atestar una buena estocada eran todos rechazados por la armadura de su rival. Finalmente Albatros hizo una finta y, sacando su daga con la zurda, atravesó la cota de mallas de Pit se desplomó herido de gravedad.

- ¿Dónde está? – preguntó el capitán de la Zaarita, pero el Intrépido Pit solo lo miraba como suplicándole por su vida. Albatros volvió a preguntar, ésta vez mientras le clavaba su daga en medio del estómago dándole unas vueltas, para enfatizar la pregunta.

- Prefiero que seas tú el que me mate – respondió Pit y con una arcada perdió el conocimiento.

“¿Ahora donde?”, pensó Albatros y entonces recordó. Atravesó como un rayo el pandemonio que era la cubierta, repartiendo y recibiendo algunas estocadas, y llegó a la escotilla. El Capitán de la Zaarita descendió dos niveles hasta la bodega, desierta como el resto del barco a excepción de la cubierta. El ambiente estaba en tinieblas y repleto de cofres cerrados que Albatros fue arrimando, buscando una pista o lo que fuera, hasta que encontró la última de las escotillas. Cuando descendió de un salto se sorprendió al sentir que tenía agua hasta los tobillos. El nivel inferior del Amuikaf Rojo parecía vacío y no se veía nada adentro. Albatros fue avanzando a tientas hasta que encontró una lámpara, la encendió y dio un vistazo alrededor. El agua estaba entrando detrás de unas cajas, bastante pesadas como pudo comprobar al arrimarlas, pasando a chorros entre las maderas de una pared. El pirata retrocedió entonces unos pasos, sacó su wandstol y disparó. Las maderas se partieron en mil pedazos y una pequeña ola entró a la bodega, haciendo trastabillar al capitán de la Zaarita. El agua le llegaba ahora hasta las rodillas, avanzó un poco más y atravesó el hueco que había hecho en la pared. Entró a lo que parecía ser habitación bastante sencilla (una cama, una mesa, una silla y algunos papeles flotando). Había un gran agujero en la pared por donde estaba entrando el agua, a la derecha de la puerta que acababa de hacer. Pero algo más llamó su atención. A sus pies, partido en dos, el Amuleto de los Vientos brillaba con una luz que se iba desvaneciendo.

Barra Bandera Albatros

Alquimio Batros siguió teniendo pesadillas de vez en cuando, pero éstas ya no eran como las de antes. Ahora no había figuras difusas ni tesoros que se les escapaban entre los dedos, ahora luchaba a muerte con Fauces, solos los dos en la cubierta de su querida Zaarita. Pero justo en el momento en el que el combate estaba a punto de definirse, Albatros despertaba agitado y sudando frío.

Capitán Fauces Listo

Wednesday, April 15, 2009

El Informante (LADCA No. 6, Vol 2)

La taberna del tuerto Lou es un sitio de paso obligado para las gentes de mar, piratas en especial, que atracan en Tantamar. Ahí se reúnen personajes de la peor calaña, la crema y nata de los desagües portuarios. Si necesitas información sobre algo o alguien, es ahí a donde debes acudir. Y eso fue lo que hicieron Alquimio Batros y sus acompañantes.

Hacía frío afuera, por lo que al entrar a la taberna sintieron como una ola de calor guardado los chocaba. Albatros, Danubio, Tito y Segundo se ubicaron enseguida en una mesa vacía un poco alejada del resto. Pidieron una botella de salasta y empezaron a buscar, disimuladamente, al supuesto informante. Si bien el grupo no era precisamente el que Alquimio Batros solían usar para “misiones de reconocimiento”, la cosa podría ponerse fea y el apoyo de Tito y Danubio sería muy útil. El tiempo fue pasando y no pasaba nada, pero ya para la segunda botella de salasta (y suerte que fue así porque Segundo estaba a punto de subirse a la mesa a tocar unos “criollajes”) apareció el tipo al que estaban esperando. Se trataba de un medio elfo joven, de unos 50 o 60 años, de rasgos oscuros y apariencia desinteresada de la vida. Ubicó a Albatros y compañía con una rápida ojeada al lugar, se dirigió a la barra para pedirse un trago y luego se fue a sentar con sus “clientes”.

- Buenas noches – lo recibió el capitán de la Zaarita – vaya frío que hace afuera.

- He soportado peores, al igual que tú, según he escuchado – respondió el medio elfo, con una sonrisa en la cara y estudiando la reacción de su interlocutor.

- Pues que gusto que escuches tan bien – replicó Albatros sin darle mayor importancia al comentario - Y ya que estamos en eso, ¿no habrás escuchado algo de un barco de velas rojas?

- Directo al punto, eso me gusta… Podría ser, ustedes saben que es tanto lo que uno escucha por ahí que a veces se confunde.

Tito empezaba a incomodarse, no le gustaba para nada ese tipo y ganas no le faltaban de arrancarle la cabeza de un maulsazo.

- Lo sabemos – continuó Albatros – por eso trajimos una de esas bebidas que ayudan a recordar. Segundo, por favor – e hizo una señal a su segundo abordo para que invitara a su invitado algo especial. El bardo, con una sonrisa un poco ebria, alcanzó al medio elfo un vaso de salasta con un rubí en el fondo.

El medio elfo secó el vaso de salasta, escupió la piedra a su mano y luego agregó.

- Santa bebida, vaya si aclara la mente, y además tiene muy buen sabor. Podría tomarme un par más, con el permiso de los presentes.

- Primero lo primero – intervino Albatros, que también empezaba a impacientarse – ya luego habrá tiempo para brindar, si la información así lo amerita.

- Déjenme ver… un barco de velas rojas ¿no? Pues solo puede tratarse del Amuikaf Rojo. El Amuikaf Rojo es una carabela que llegó a estas costas hará cosa de un par de meses. Su capitán, el intrépido Pit, se jacta de poseer la nave más veloz de los mares de Lhazaar.

- ¿Qué más sabes acerca de Pit? – preguntó Danubio.

- No mucho, la verdad, no es que su fama lo preceda. De hecho, dicen por ahí que hasta hace pocos meses era un pirata de cuarta que ni barco tenía. En ese tiempo lo conocían como Piter Cantropus, pero esas eran otras épocas, ahora no hay tesoro que se le resista.

- No se si todos los tesoros, pero es seguro que los nuestros no lo hacen – intervino Segundo riéndose, ebrio hasta sus calcetines. El medio elfo pareció no entender el comentario del bardo, lo que Albatros aprovechó para dirigir la conversación a lo que realmente le interesaba.

- Hay un par más de cosas que quisiera saber. ¿Quiénes forman su tripulación y de donde sacó ese barco?

- Esas son fáciles: no lo sé. Su tripulación, al igual que el barco, nunca antes habían sido vistos en los principados. Hay quienes dicen que hizo un pacto con un diablo a cambio del Amuikaf Rojo. He escuchado también que trabaja para uno de los príncipes en secreto, haciendo de corsario, y que es este príncipe el que le solventa sus gastos y el que le dio el barco. Lo que si es seguro es que nadie, que no forme parte de su tripulación, ha subido jamás al Amuikaf Rojo y ha sobrevivido para contarlo.

- Todo un personaje este Pit. ¿Hay algo más que nos puedas decir? – preguntó el capitán de la Zaarita, tratando de fingir desinterés y fallando de manera rotunda.

- No, no lo creo – se demoró en responder el medio elfo.

- ¿Tal vez un trago más?, Segundo… - y el bardo le sirvió otro vaso de salasta con su respectivo rubí, pero esta vez el medio elfo no lo tomó.

- No es que lo que me hayan pagado valga la información, pero tampoco pondría mi mano al fuego por ella… Un guardia de la ciudad se tomó unos tragos el otro día con alguien que afirmaba haber estado en uno de los barcos abordados por el intrépido Pit. El sujeto le contó que tras el abordaje, cuando ya había pasado el alboroto y la tripulación de Pit se estaban retirando, escuchó unos gritos de ultratumba que parecían provenir de las bodegas del Amuikaf Rojo. Juró que se le heló la sangre en ese momento y perdió el conocimiento. Según el guardia, aquello no hace más que confirmar que Pit había vendido su alma para obtener el barco, pero que el pirata había sido más astuto y que, para conservar su tan preciado bien, había engañado al demonio y ahora lo tenía cautivo en su embarcación.

- Pero si es el bueno de Albatros – se escuchó decir a una voz extraña. Un shifter, con una de sus garras en el pomo de su espada, acababa de pararse detrás de Tito y miraba al capitán de la Zaarita con una sonrisa en la cara.

- Roto, siempre es un placer verte – dijo Albatros con tono irónico, sin levantarse de su asiento – disculpa que no te atienda pero estamos un poco ocupados.

- No creí que tuvieras los hijos de gallina no natos para aparecerte por aquí otra vez… ni que fueras tan estúpido.

- Ya sabes lo que dicen, los malos hábitos son difíciles de abandonar… que curioso, acabo de recordar a tu hermana, ¿cómo está? – comentario que no pareció hacerle gracia al shifter.

- ¿Por qué mejor no llevamos esta conversación afuera?, creo que estamos aburriendo a tus amigos – propuso Roto. Tito y Danubio se miraron de reojo, el tipo quería problemas.

- Está bien – respondió Albatros y poniéndose de pie saco su wandstol y disparó al shifter de lleno en la cara, haciéndolo caer aparatosamente.

Y con eso se armó el despelote. Todos en la taberna se pusieron de pie y algunos incluso desenfundaron sus armas. El medio elfo había desaparecido aprovechando la distracción, junto con el último vaso de salasta y el rubí. Albatros, con una sonrisa de “ups, estaban viendo”, guardó su wandstol e hizo una seña a su equipo para que lo siguiesen. Atentos y con las manos en sus armas (Segundo en sus cucharas), Alquimio Batros y su tripulación salieron de la taberna del tuerto Lou con más preguntas de las que habían entrado.

¿Quién era el intrépido Pit? ¿Qué escondía en el Amuikaf Rojo? Y sobre todo, ¿por qué se empecinaba en arruinar a Albatros, llegando antes que él a todos sus atracos?

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Monday, April 6, 2009

¿Más de lo mismo? (LADCA No. 5, Vol 2)

- ¡Tensen las velas piratas de kindergarten, fijen las cosas en cubierta! ¡Segundo, proa al poniente! – gritaba Alquimio Batros desde el castillo de popa, algo agitado - ¡Grillo, asegura esa amarra! ¡Tito, guárdame las naranjas!

- Capitán – intervino Segundo – ¿hacia dónde es que nos dirigimos?

- Como hacia donde, al poniente Segundo, al poniente, ¿qué no me escuchaste?

- Me refería, capitán, ¿a cuál es nuestro destino en el poniente?

- ¿Nuestro destino? Nadie conoce su destino Segundo, no digas tonterías. ¡Grillo, te dije que asegures esa amarra! Maldito ratero de mercado, te la vas a pasar en las bodegas pelando… – y el capitán de la Zaarita se alejó mascullando esta última frase entre dientes.

Alquimio Batros llevaba ya varios días con una actitud extraña. A leguas se notaba que desconfiaba de todos. Hacía ya un par de meses que él y su tripulación no se habían hecho de un buen botín, y no es que no lo hubieran intentado. Los dos últimos barcos que habían “atracado” los habían encontrado vacíos, sin tripulación ni cargamento, haciendo agua o de alguna otra forma inoperables. Pero al menos los habían encontrado, ya que en otras cinco oportunidades habían ido tras pistas inexistentes, deambulando por el mar esperando cruzarse un barco que jamás aparecía o llegando a una isla y desenterrando un cofre vacío. Era como si todos los datos que recibían fueran falsos.

- ¡Cosofrito, que se ve! – volvió a gritar Albatros.

- ¡Aún nada, capitán! – respondía el vigía desde el mástil mayor.

- ¡Afina la vista y no parpadees, que no se te pase nada!

Y así transcurrieron las siguientes horas, con la Zaarita dando lo máximo de si y Albatros gritando órdenes absurdas, hasta que…

- ¡Capitán, barco a la vista! – gritó Cosofrito y Albatros sacó su largavistas.

- Todo de frente Segundo, esta vez no se nos escapan – decía el capitán de la Zaarita, sin saber lo equivocado que podía estar.

Al acercarse un poco más la escena fue de lo más decepcionante. El barco al cual venían buscando hacía un par de días se estaba hundiendo, ladeado hacia estribor, y no se veía un alma en él. La Zaarita se acercó lo suficiente solo para comprobar lo que ya todos habían imaginado: estaba desierto y seguramente desprovisto de algún objeto de valor.

- ¿Qué clase de barco no transporta pasajeros ni carga? – dijo Danubio, solo para romper el silencio. Albatros no respondió, estaba de muy mal humor y pareció que todos lo notaron, pues nadie volvió a abrir la boca.

El capitán de la Zaarita ni siquiera ordenó el abordaje, simplemente dio la orden de fijar rumbo hacia Cape Far y se encerró en su camarote. Nadie lo vio salir de ahí en cuatro días, ni siquiera para comer. La única señal de vida que dio en ese tiempo fueron horribles gritos durante la noche. Sus pesadillas se habían incrementado en los últimos tiempos, tal vez por la frustración de no poder encontrar un tesoro que valga la pena. Estos sueños eran siempre muy parecidos, Alquimio Batros dirigía a la Zaarita hasta algún tesoro enterrado, pero cuando llegaban el único que desembarcaba era él. Albatros veía entonces como el tesoro se alejaba y por más que lo perseguía no podía alcanzarlo. La persecución solía estar acompañada por una serie de voces, que no podía reconocer y que se burlaban y reían de él.

La tripulación de la Zaarita empezaba a cansarse. Llevaban ya buen tiempo sin un botín decente y empezaban a pensar que tal vez Albatros no era el más indicado para capitanear la embarcación. Incluso se había empezado a correr la voz de que era él quien había traído la mala suerte sobre la Zaarita, tras volver después de su inexplicable desaparición. Para cuando Alquimio Batros por fin abandonó su camarote en busca de comida, toda la tripulación lo miraba de una manera extraña y todos se alejaban de él cuando pasaba a sus lados. Albatros se dirigió al castillo de popa donde Segundo estaba al timón y se quedó parado en el último escalón.

- Canta Segundo, que está pasando aquí – preguntó Albatros. Segundo se veía nervioso, miraba de un lado a otro buscando como salirse de aquella, pero al ver que no le quedaba otra, respondió.

- La tripulación está intranquila, capitán. Y si me permite decirlo, no es culpa de ellos, usted viene actuando muy extraño desde que regresó de donde sea que haya estado.

- Cliffscrape.

- De Cliffscrape o de donde sea. Desde que regresó no hemos logrado ningún botín.

- Eso no es cierto Segundo, que hay de las 80 piezas de oro en Piritar.

- Capitán, eso no alcanzó ni para la celebración.

- Pues bueno Segundo, si creen que alguien más podría hacerse cargo de esta embarcación, tal vez sea hora de que… - y cuando Alquimio Batros estaba a punto de terminar la frase con un “se vayan todos a la mierda”, un trueno ocultó las palabras del capitán de la Zaarita y se desató una tormenta.

- ¡Segundo, firme el timón! – ordenó Albatros empapándose por la lluvia y bajó a cubierta – ¡Danubio, que recojan las velas y aseguren las cosas! – pero nadie respondía, estaban decidiendo si la tormenta era también culpa de Albatros o no, cuando la primera ola barrió la cubierta de la Zaarita y se llevó con ella a un par de la guardia.

- ¡Ya escucharon al capitán! – reaccionó Danubio – ¡todos a sus puestos, replieguen las velas, guarden en las bodegas el agua y las naranjas!

La tormenta se ponía cada vez peor y de repente un remolino apareció frente a la Zaarita. El remolino era demasiado pequeño como para hacerle algo a un barco de ese tamaño, pero aún así resultaba extraño. Albatros había navegado esos mares desde hacía ya bastante tiempo y nunca había visto un remolino en esa zona, menos aún formándose de esa manera. Alquimio Batros regresó corriendo al castillo de popa, arrimó a Segundo y tomó el timón.

- ¡Danubio, dejen la vela mayor como está! ¡Aseguren las amarras, nos vamos para adentro! – gritó el capitán de la Zaarita a su tripulación. Danubio parecía no entender, pero cuando Albatros viró el timón bruscamente hacia lo más profundo de la tormenta, no le quedó más que acatar. Si no aseguraban esos cabos perderían el mástil mayor.

La Zaarita empezó a adentrarse en la tormenta y a atravesarla. Los vientos eran fuertes y las corrientes bastante cruzadas, lo que hacía muy difícil controlar la embarcación. Pero aquella no era la peor tempestad que Alquimio Batros había pasado y ciertamente, pensaba, no sería una que lo detenga. Le tomó cerca de una hora atravesar la tormenta a la Zaarita, pero una vez que la dejaron atrás una espesa neblina se formó frente a ellos.

- Algo o alguien no quiere que vayamos en esta dirección, Segundo – comentó Alquimio Batros aún desde el timón.

- Capitán, si ese algo o ese alguien es capaz de crear una tormenta de la nada, tal vez se buena idea hacerle caso.

- Puede ser, pero ustedes querían un buen botín y cualquiera que se dé el trabajo de crear tormentas disuasivas, es porque algo esconde – pero aunque Albatros no estuviera del todo equivocado, la niebla se disipó en un instante y el espectáculo que descubrió no se parecía en nada a lo que estaba esperando.

- ¡Capitán, barco a la vista! – se escuchó desde el mástil mayor y Albatros tuvo que cambiar de rumbo precipitadamente para evitar la colisión, un barco acababa de aparecer de la nada frente a la Zaarita. El barco en cuestión tenía la parte posterior del casco y la cubierta chamuscados y humeantes, como si un incendio hubiera tratado de devorar la nave. Pero ni eso ni el que se estuviera yendo a pique era lo que más llamó la atención del capitán de la Zaarita: alguien se movía dentro del castillo de popa.

Ataque barco pirata

- ¡Danubio, los arpeos!, ¡Grillo, suelta el ancla! – gritó Alquimio Batros, tras lo cual la Zaarita empezó a perder velocidad rápidamente y cinco cuerdas con ganchos volaron del puente de un barco al otro. Albatros fue el primero en cruzar, tras lo cual descendió a la cubierta y derribó la también quemada puerta del castillo de popa con un par de patadas.

- Quién está ahí – preguntó desde la puerta Alquimio Batros, con su rapier en la mano, pero nadie respondió. Danubio, Tito, Chino viejo y el Zurcado ya estaban detrás de su capitán cuando éste entró en la calcinada estructura. Todo era un desorden ahí, muebles tirados por todos lados y una mesa en una esquina seguía encendida en fuego, aunque parecía que ya se estaba apagando. Entonces un ruido llamó la atención de los piratas, un murmullo parecía provenir de un gran cofre en el otro extremo de la habitación. Albatros caminó lentamente hasta ahí y se detuvo justo al frente, haciendo señas a Danubio para que lo abriera. Dentro, un agazapado marinero temblaba y mascullaba entre dientes algo que no paraba de repetir:

- Grandes alas rojas… No lo vimos llegar, apareció en medio de la tormenta. El fuego, sus gritos… Grandes alas rojas…

Tuesday, March 31, 2009

El péndulo pendiente (LADCA No. 4, Vol 2) [introducción a Tripulantes de la Zaarita, Volumen 2]

Muy buenas sus historias, ¡salud!... Siempre lo he dicho, la taberna del tuerto Lou es el mejor lugar de los principados para tomarse una buena salsta e intercambiar anécdotas. Pero aquí cualquiera puede contar algo sobre abordajes, islas del tesoro o saqueos a pequeños poblados. En cambio, ¿saben ustedes qué hacían un grupo de piratas caminando sobre picos de montañas, cruzando valles jamás navegados por barco alguno? Pues permítanme lustrarlos, todo comenzó cuando…

- Capitán, ¿qué tan seguro está de la existencia de ese péndulo? – pregunté pues parecía demasiado bueno para verdad.

- Certificadamente seguro, mi estimado Danubio, como que me llamo Alquimio Baltros. “Ese péndulo”, como lo llamas, nos permitirá detectar y ubicar barcos, lo que nos facilitará muchísimo las labores.

- No es que no quiera creerle, capitán, – se metió Segundo en la conversación– pero ¿no cree que si de verdad existiese un péndulo como ese, alguien ya lo tendría en su poder?

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- Tendrías razón si no estuvieras equivocado. El péndulo efectivamente perteneció a un gran capitán pirata, el famosísimo Galeas “el sucio”, del que deben haber escuchado. Galeas solía usar el péndulo para atracar barcos mercantes de Aundair frente a las costas de Karrnath, hasta que fue emboscado por sus otrora víctimas y perdió a los tres barcos que conformaban su flota. Se dice que cuando los Aundarianos descubrieron que era el péndulo el que guiaba a Galeas hacia sus barcos, decidieron esconder el objeto mágico para que nadie más pudiera aprovecharse de él. Es así como el péndulo lleva desaparecido muchísimos años y su leyenda se perdió en la memoria de los Lhazaaritas.

- Y si está perdido, ¿cómo lo encontraremos? – volví a preguntar, pues a mí esto de encontrar cosas perdidas nunca me ha funcionado demasiado bien.

- Eso déjenselo a su capitán. Tengo un mapa con la ubicación casi exacta de donde fue visto por última vez.

El “casi” fue la parte del discurso que menos entusismó a la gente. Pero bueno, eso es lo que hacían un grupo de piratas caminando sobre picos de montañas y cruzando valles jamás navegados por barco alguno. El grupo lo formábamos el capitán Albatros, Segundo Tercero, chino viejo y yo. Llevábamos ya 12 días en los Mror Holds, desde que dejamos la Zaarita, y no es que el paisaje fuera desagradable ni nada, pero tanto tiempo en tierra firme como que a uno lo marea. El caso es que estábamos aburridos. Segundo trataba de animar las caminatas tocando sus cucharas, pero caminar y tocar a la vez no es una de las habilidades con las que nuestro bardo contara, aunque tendrían que haber visto lo chistoso que se caía, ese sí que era un don.

Al amanecer del día 13 el capitán nos despertó a todos muy emocionado, diciendo que “detrás de aquella cumbre se encontraba el acantilado por el cual descendieron los Aundarianos que iban a esconder el péndulo”. Nadie respondió, creo que ya todos habíamos perdido las esperanzas de encontrar el dichoso colgante y seguíamos adelante solo porque nadie sabía exactamente como regresar a la Zaarita. Pero eso no fue nada comparado con lo que sentimos cuando llegamos al pie del acantilado y vimos al capitán descender por algo que ni siquiera calificaba como lo que alguna vez había sido una escalera esculpida en la roca misma. Para ese momento ya ni esperanzas de volver a ver el mar teníamos.

La bajada fue rápida. Segundo, que era el último de la fila, tropezó al tratar de animar el descenso tocando sus cucharas, con lo que rodó llevándose de encuentro a chino viejo, a mi y al capitán, en ese estrito orden. Por suerte el abismo no era tan profundo como parecía y más que algunos rasguños y moretones no tuvimos. Nos pusimos de pie algo adoloridos, nos sacudimos el polvo y la nostalgia nos vino de golpe, cual caída, al recordar que en el agua uno no sufre tanto los descensos. Pero siempre he dicho que de todo lo malo se puede aprender algo, y aquella vez no fue la ececión, porque chino viejo nos iluminó un poco el alma con una de sus sabias frases a las que ya nos tenía acostumbrados:

- Equilibrio malo… no seas el último de la fila.

Sabias palabras las de chino viejo, ¡vaya tipo! Tal vez ya no pueda masticar, pero sí que sabe cómo sacarle provecho a un problema.

El fondo del acantilado era oscuro, oscuro… Segundo dijo algo así como que debía haber algún tipo de magia bloqueando la luz exterior, y la verdad a nadie le importó. De nuestras bolsas sacamos unas antorchas, las encendimos y vimos que nos encontrábamos en una especie de construcción cuadrada (pero mal hecha, porque le sobraban dos lados), con un pasadizo justo al frente de donde llegaba la escalera. El capitán ordenó revisar toda la “tructura esa gonal” (la “estrcutu rareza gonal”, “es tu cura, ¡reza Jonás!”, o algo así) y lo único que encontramos fueron unos grabados en una de las paredes, que decían: algo que no entendimos, por lo que no les dimos mayor importancia y nos introdujimos en el pasadizo.

El pasadizo estaba muy bien trabajado y el piso se veía que no había sido transitado en muchísimo tiempo (o que alguien a alguien no le gustaba hacer la limpieza nunca). El capitán iba de primero, seguido por mí unos pasos atrás, luego Segundo y finalmente chino viejo, quien había dejado muy en claro que la vez anterior era la última en la que el bardo cerraba filas. Tras avanzar un largo trecho el capitán se detuvo y nos indicó con una seña que hiciéramos lo mismo. Había visto algo y creo que era una trampa, porque lo vi recostarse boca abajo en el piso y manibular algo. Al poco rato se puso de pie y seguimos adelante.

El pasadizo llegó a un punto en que se dividía en dos y el capitán, tras detenerse un momento frente a la engrucijada, indicó que lo siguiéramos por el de la derecha. Empezaba a hacer frío y Segundo tiritaba como un diapanzón, pero chino viejo tiene habilidades extraordinarias. Juntó las palmas de las manos, las frotó unos instantes concentrándose y de un solo lapo en la cabeza le quitó todo el frío a Segundo. Decidimos entonces ir por el camino de la derecha, que finalmente terminó anchándose y dando paso a lo que parecía ser un cuarto ceremonial, esta vez de forma circular pero bastante más alto que el pasadizo por el que habíamos llegado. Al centro de la habitación se veía un altar con seis columnas que lo rodaban. El altar tenía el tamaño justo para recostar a un humano adulto en él. Ni bien entramos la habitación se iluminó y pudimos ver una gran gema verde, del tamaño de mi cabeza, incrustada en el techo de donde provenía la luz, y lo que parecía ser un cuerpo caído al lado del altar.

El capitán se dirigió al cuerpo pero se detuvo unos pasos antes de llegar al altar. Sobre éste, iluminado por un tenue haz de luz que no se podía apreciar desde donde estábamos parados nosotros, flotaba una pequeña caja dorada asegurada por una cadena de plata.

- Lo encontramos – dijo el capitán volviéndose hacia nosotros.

- ¡No lo toque, capitán! – gritó Segundo – podría estar hechizado. Déjeme revisarlo primero.

- Está bien Segundo, pero en silencio por favor, tal vez aún no hayas despertado a los guardianes del péndulo – respondió en tono sarcástico el capitán.

El capitán se hizo a un lado y el bardo empezó a hacer sonar sus cucharas alrededor del altar, sin ningún ritmo, pero con mucha convición.

- Siento un aura mágica, – dijo Segundo – pero no logro reconocerla. Aquí hay algo, tal vez si…

BUUUUM!!!... Cuánta razón tuvo Segundo, pues al acercar sus cucharas a la caja una bola de fuego explotó sobre éste arrojando hacia atrás al bardo y al capitán.

- Al menos desactivaste la trampa – dijo de mal humor el capitán, mientras se ponía de pie y se apretaba las extremidades para confirmar que nada estuviera roto.

- Pudo ser peor, pudo ser una alarma además de una bola de fuego – se excusaba el bardo, y un segundo después empezaron a entrar media docena de esqueletos por el pasadizo que acabábamos de abandonar.

Chino viejo y yo no perdimos el tiempo y les cortamos la entrada justo… en la entrada. El capitán, por su parte, desvainó su cultas y su daga y corrió hacia nosotros, mientras Segundo se arrojaba sobre el altar para tomar la caja, cuando… BUUUUM!!! Otra bola de fuego volvió a estallar arrojando nuevamente al bardo por los aires, esta vez dejándolo inconsistente tirado en el suelo.

- Ya déjate de tontería y danos una mano con esto – decía el capitán a Segundo mientras cargaba contra los esqueletos.

- ¡Capitán, se multiplican! – grité yo, al ver que se multiplicaban. Un nuevo grupo de esqueletos acababa de aparecer detrás de los primeros.

Esqueletos multiplicándose

La cosa se complicaba. Teníamos aproximadamente a unos 10 o 15 esqueletos bloqueando la única salida y lo que es peor, con muchas ganas de llegar hasta nosotros. El capitán, chino viejo y yo hacíamos lo posible por mantener a los esqueletos fuera, incluso llegamos a despachar a algunos, pero poco a poco nos iban ganando la posición. Fue entonces cuando el capitán dijo:

- A la voz de tres corran detrás de mí, pero no se acerquen el altar… 1, 2 – y salió corriendo hacia el otro extremo de la habitación. Chino viejo y yo lo seguimos, con los esqueletos prepitándose dentro, tropezando al dejar el pasadizo y persiguiéndonos luego. Los esqueletos nos pisaban los talones (casi me alcanzaron cuando me detuve a recoger a Segundo), pero logramos cruzar el centro de la habitación justo cuando se escuchaba un nuevo BUUUUM!!! Lo único que se vio después fue huesos volando por todos lados.

- ¡Ahora, a por ellos! – gritó el capitán y se abalanzó contra los pocos esqueletos que quedaban de pie. La carga, a la que nos unimos chino viejo y yo (tras arrojar el cuerpo del bardo a una esquina alejada del quilombo), terminó por derrotar a los esqueletos.

Con la batalla concluida nos acercamos para reanimar a Segundo y ayudarlo a ponerse de pie (de lo primero se encargó chino viejo, frotando otra vez sus manos unos segundos y pegándole tal cachetada al pobre bardo, que de diestro lo volvió zurdo… santo remedio el de nuestro monje).

- ¿Qué pasó aquí? – preguntaba Segundo mientras se sobaba el lado dañado de la cara – siento como si me hubiera arroyado un galeón.

- Ya no importa – se apresuró a decir el capitán – ahora lo que necesitamos es que hagas otra vez eso que haces con tus cucharas. Pero antes espera a que nos alejemos un poco.

- Karate, aquí – dijo chino viejo mirándose la mano izquierda extendida hacia delante con la palma hacia arriba – karate, aquí – repitió mirándose esta vez la palma de la mano derecha – karate, no aquí – y golpeó con un dedo a Segundo en el pecho, dejando clarísimo para todos que si el bardo la volvía a cagar, le sacaba la mierda.

Segundo se acercó un poco temeroso al altar, solo después de que el resto hubiéramos tomado una distancia prudiental, sacó sus cucharas y empezó a tocar. Esta vez el sonido era diferente, más armónico, y parecía resonar en las paredes de la habitación. Se escuchó un “pufff” y algo pareció desaparecer del altar, aunque la caja seguía flotando ahí.

- Ya está – dijo Segundo con una sonrisa, e inclinándose sobre el altar para alcanzar la caja, la abrió – Capitán, ¿el péndulo es invisible?

- Cómo que invisible Segundo, ¡dame eso! – dijo el capitán arrebatando la caja a su segundo a bordo. Pero el bardo no estaba del todo equivocado, o al menos no había forma de probarlo… la caja estaba vacía.