Monday, July 19, 2010

La Fuente de la Eterna Sabiduría (LADCA No. 8, Vol 3)

El combate había terminado y los tres piratas iban siendo escoltados desde la arena hasta la habitación del Guardián, quien se encontraba sentado en su trono con una caja tallada en oro sobre su regazo. Alquimio Batros estaba de muy mal humor, había llegado hasta donde ningún otro pirata había llegado antes, y todo parecía haber sido en vano. Aún se maldecía por haber fallado ese último golpe.

“¡Bravo, bravo!” aplaudía el Guardián mientras los tres piratas entraban en la habitación. “Los tres sobrevivieron, pero solo dos de ustedes cumplieron su cometido,” la voz del Guardián era profunda y solemne ahora, y posando su mirada sobre el capitán de la Zaarita, continuó. “Sabían bien que era indispensable que quien quisiera utilizar el Poder debía derrotar a un adversario en la arena. Lo siento, capitán.” Albatros le devolvió la mirada incómodo, tratando de que no se le notara lo adolorido y agotado que estaba. “Tedes Atoro,” alzó la voz el Guardián, “acércate y pide tu deseo.” El Guardián abrió la caja dorada y una esfera transparente salió flotando de ella. El mago halfling caminó hacia la esfera y se detuvo frente a ella. “Ahora tócala y piensa en lo que quieras pedirle,” terminó de decir el Guardián.

Tedes, el chico, levantó una mano para alcanzar la esfera y al momento de tocarla ésta se volvió de color morado, generando un aura celeste que los rodeó a ambos; entonces el halfling cerró los ojos y dijo en voz alta: “Quiero ser el mago más inteligente del mundo.”

Esfera-FES

La esfera se volvió de un color azul muy oscuro y empezó a absorber el aura que había formado alrededor del halfling, llevándose con ella algo de vitalidad al parecer, pues éste empezaba a volverse más flaco y su piel se arrugaba. A los pocos segundos la esfera volvió a cambiar de color, esta vez a un verde muy claro, y comenzó a devolver a Tedes, el chico, el aura tomada. El mago halfling abrió los ojos nuevamente y retiró la mano de la esfera. Se vio la mano y la notó más arrugada y considerablemente más flaca, como envejecida. Sonrió y caminó en silencio a donde sus compañeros, parándose detrás de ambos. Albatros y Tholo no quitaron la vista del mago halfling ni un segundo y parecían preocupados, pero la tranquilidad de éste los hizo relajarse un poco.

“Tholo Lacs,” volvió a alzar la voz el Guardián, “acércate y pide tu deseo.” El ninja/pirata se volvió para ver al mago halfling, luego intercambió miradas con su capitán y levantando los hombros como excusándose caminó hasta la esfera, aunque se detuvo delante de ella sin tocarla. “Tócala y piensa en lo que quieras pedirle,” repitió el Guardián como la primera vez, pero el ninja/pirata seguía sin moverse. Tholo Lacs había esperado desde hacía mucho la oportunidad de poder pedir lo que quisiera, y ahora que la tenía se había dado cuenta de que no sabía exactamente lo que quería. Le tomó unos instantes pero finalmente pareció decidirse y poniendo una mano sobre la esfera dijo en voz alta: “Deseo poseer un poder fuera de este mundo.” La esfera cambió de color a un marrón verdoso muy oscuro y cubrió con un aura del mismo color a Tholo Lacs, pero rápidamente se volvió transparente otra vez tomando consigo el aura que cubría al ninja/pirata.

“¿Está hecho?” preguntó Tholo Lacs desconfiado, examinando sus manos sin notar cambio alguno.

“Está hecho,” respondió el Guardián abriendo la caja para guardar la esfera; y dirigiéndose a los tres piratas, añadió: “Eso es todo intrépidos viajeros, han sido bendecidos por el Poder, pueden partir ahora.” Y los despidió haciendo una reverencia con la mano.

Ninguno de los tres piratas se movió, como si supieran que algo más estaba a punto de pasar, y vaya si lo estaba. “Creo que el Guardián tiene razón,” habló entonces Tedes Atoro, el chico, con su nuevo aspecto que más lo hacía parecer ‘el viejo’. “Me temo capitán que es hora de seguir mi propio camino.” Albatros volteó a mirarlo sorprendido y sin saber que decir, definitivamente no se esperaba algo así. “Mi nueva y mejorada capacidad de raciocinio me ha hecho comprender rápidamente que no tengo nada más que hacer con ustedes. No lo tomen personalmente, fue divertido mientras duró, pero mi intelecto debe ser puesto al servicio de cosas más grandes que andar pirateando por ahí.”

“Pero…” fue lo único que atinó a decir Tholo Lacs.

“Ahora, si me disculpan,” continuó Tedes Atoro “o incluso si no lo hacen: fue una experiencia ciertamente interesante Alquimio, gracias por llevarme con ustedes; y Tholo, suerte, la vas a necesitar. ¡Buen viento y aguas calmas!, que pintoresco de verdad.” Y el mago halfling se dio vuelta y se alejó de los aún boquiabiertos piratas, que lo siguieron con la mirada hasta que se perdió en las ruinas de la ciudad.

“Interesante,” comentó el Guardián, quien tras guardar la esfera en la caja de oro había vuelto a su trono.

“¿Interesante?” lo interpeló Albatros por fin reaccionando, muy molesto y aún sin poder creerlo. “¿Interesante?… Crucé todo el continente para encontrar la Fuente de la Eterna Sabiduría, y no solo no he podido utilizarla sino que ahora pierdo a uno de mis más valiosos tripulantes. ¿Es eso lo que te parece interesante?”

“Pues no realmente, lo que me parece interesante es…”

“Te diré lo que sería de verdad interesante,” lo interrumpió Alquimio Batros dando unos pasos adelante. “Lo interesante sería comprobar si de verdad podremos echarnos a ti y a tus nueve monigotes antes de tomar la Fuente de la Eterna Sabiduría y largarnos de aquí.” Y tras decir esto el capitán de la Zaarita desenvainó su rapier y su varistola, con el anillo del Northseeker brillando en su mano derecha.

“¿Echarnos?” preguntó Tholo Lacs preocupado mirando alrededor, “¿así en plural?” Los nueve guardias apuntaron sus lanzas al frente y avanzaron hasta deternerse a un par de pasos de los dos piratas. El ninja/pirata suspiró resignado y desenvainó sus dagas. Alquimio Batros mientras tanto no retiraba su mirada ni su varistola del Guardián, quien a su vez lo observaba detenidamente, como tratando de descifrar si de verdad seguiría adelante con todo eso.

El ambiente se estaba poniendo muy tenso, estaba claro que ninguno quería ser el primero en atacar. Los guardias mantenían sus posiciones esperando solo la orden de sus superior, Albatros movía su rapier golpeando las puntas de las lanzas mientras Tholo Lacs se permanecía inmóvil, aún decidiendo quienes recibirían los dos primeros dagazos. La situación se estaba volviendo insostenible, cuando el Guardián rompió el silencio. “Eres muy valiente al tratar de tomar por la fuerza este Poder, Alquimio Batros, y muy estúpido al pensar que lograrás salir vivo de este templo.”

El capitán de la Zaarita imprimió una sonrisa de seguridad en su rostro, “Pues te sorprendería saber la cantidad de veces que esa combinación me ha funcionado.”

Los ojos del Guardián abandonaron un segundo los de Albatros para posarse sobre el brillante anillo que llevaba en la mano derecha, luego volvieron a dirigirse a los del capitán de la Zaarita. Por algún motivo ya no estaba tan seguro de que el pirata estuviera bluffeando, y no podía darse el lujo de pagar por ver; su deber era resguardar la seguridad de la Fuente de la Eterna Sabiduría, no aplastar humanos insolentes.“De acuerdo, te ofrezco un trato, pirata,” dijo en tono despectivo. “No puedo permitirte usar el Poder, pero puedo hacer que valga la pena tu viaje hasta aquí. Dijiste que buscabas la forma de recuperar tu sabiduría, pues puedo llevarte ante alguien capaz de hacerlo posible.”

“Te escucho,” dijo Alquimio Batros sin bajar la guardia.

“Pero antes debes jurar jamás venir en búsqueda de este Poder otra vez, jamás siquiera pensar en usarlo. No importa cuán desesperada sea la situación, no importa cuánto creas que es lo único que puede salvarte, este Poder está vetado para ti.” Albatros miró al Guardián un instante, luego asintió con la cabeza y guardó sus armas. Los guardias lo imitaron; Tholo Lacs, no.

“Ha sido una sabia decisión, capitán Batros,” y abriendo la boca de manera poco natural, el Guardián escupió una nube de humo que cubrió completamente al capitán de la Zaarita, desapareciéndolo del Templo.

Barra Bandera Albatros

Alquimio Batros abrió los ojos y echó un vistazo alrededor. Altas columnas de piedra se levantaban desde el piso hasta alcanzar un arqueado y bastante lejano techo; enormes ventanas iluminaban un gran ambiente repleto de altares y lo que parecían ser símbolos sagrados; y un hombre vestido con túnicas ceremoniales lo observaba con curiosidad. “¿Dónde estoy?” preguntó el capitán de la Zaarita al comprobar que no se encontraba en el templo de la Fuente de la Eterna Sabiduría.

Majestic_by_scott2753

“Estás en Sharn, en la Catedral de la Flama de Plata,” contestó en tono pausado el hombre, quien se había acercado al desorientado pirata. “Mi nombre es Loross ir’Dyvan, alto clérigo de la Flama de Plata, y nunca había visto a nadie aparecer así de la nada en medio de la Gran Catedral.”

“Fue el Guardián de la Fuente…” empezó a decir Albatros pero su interlocutor lo detuvo con una señal de su mano.

“No me interesa quién, y por ahora tampoco el cómo,” decía el clérigo mientras caminaba alrededor de su interlocutor, examinándolo minuciosamente. “Pero el por qué, por otro lado, sí que se me hace intrigante.”

“Viajé hasta los Shadow Marches para recuperar…”

“Tsus, tsus,” lo volvió a interrumpir Loross ir’Dyvan, sacudiendo su mano como para despejar todas aquellas palabras. “Aquí, ahora, por qué estás aquí ahora.”

“Mi sabiduría,” respondió Albatros, “la perdí no sé cómo en una gelatina rosada gigante.”

“Ciertamente la perdiste, hijo,” respondió en tono risueño el clérigo, pero entonces notó algo que se le había escapado en su primera inspección, algo que lo estremeció, un anillo brillaba en la mano derecha del capitán de la Zaarita. Loross ir’Dyvan adoptó un tono mucho más áspero. “Qué es eso que llevas en la mano.” Albatros volteó ambas palmas hacia arriba y luego hacia abajo, mirándolas sin entender. “El anillo que llevas en tu mano derecha, ¿dónde lo conseguiste?”

Albatros levantó su mano hasta casi la altura de su cara y observó el anillo detenidamente. “Lo encontré en uno de mis viajes, en el Frostfell.”

“Eres consciente que ese anillo esconde un poder muy oscuro y peligroso, ¿verdad?”

Albatros frunció el ceño extrañado y volvió a mirar su anillo. “Pues la verdad yo no he notado nada muy oscuro ni peligroso,” dijo alzando los hombros y dejándolos caer nuevamente.

“Ya debes estar bajo su control entonces,” respondió el clérigo con voz fatalista, “me temo que es demasiado tarde, estás condenado. Se trata de un anillo de poder inimaginable, capaz de corromper a todo aquel que ose ponérselo.”

“¿Este anillo? ¿En serio?,” dijo Albatros mirando una vez más la joya sin terminar de creérselo. “Porque si es un problema me lo quito y listo,” pero no hizo ningún ademán por cumplir su ofrecimiento.

“No es tan sencillo,” expuso Loross ir’Dyvan resignado, “aunque quisieras, el anillo jamás dejará que te lo quites. Él controla tu mente, eres suyo ahora.” Albatros pareció deternerse a pensar en esa idea un instante, y llevándose la mano izquierda al dedo que llevaba el anillo, tiro de él. “¡Noooooo, cuidado!” gritó el clérigo cerrando lo sojos y cubriéndose el rostro con los brazos, pero nada hizo pum. Cuando Loross ir’Dyvan se descubrió Albatros lo miraba con los ojos bien abiertos y el anillo en la palma de su mano. “Pero cómo, es imposible.” Albatros sacudió la cabeza lentamente dejando muy en claro que no entendía lo que estaba pasando. “De acuerdo, tal vez no imposible, pero si altamente improbable.”

“Si lo quiere es suyo,” dijo Albatros extendiéndo la mano con el anillo hacia el clérigo, entonces se le ocurrió algo y agregó, “a cambio, claro está, de restaurar la sabiduría que cierta gelatina me quitó.”

“Extraño,” dijo el alto clérigo con una gran sonrisa en el rostro, “has hecho un gran favor a la Flama de Plata al traer aquí este artefacto del mal para ser destruido,” y con la punta de los dedos tomó el anillo y lo depositó en un pequeño cofre sobre un altar. “Respecto a tu pedido de Restauración, descuida que puedo lidiar con eso fácilmente, aunque me parece que ese no es el único de tus problemas. Puedo devolverte la sabiduría perdida, pero la experiencia de haber viajado a Xoriat no podré borrarla jamás.”

“¿Xoriat?” preguntó Albatros, el nombre le sonaba familiar.

“El plano de la locura, el reino de los Daelkyr. No tengo idea de como llegaste hasta ahí, dos veces incluso, pero viajes como esos dejan marcas y las tuyas son bastante claras.”

Albatros empezó a examinarse el cuerpo, tocarse la cabeza y olerse bajo el brazo. “¿Marcas?”

“Descuida, no son perceptibles para todos. Como decía, has hecho un gran favor a la Iglesia de la Flama de Plata y por lo mismo, además de la Restauración, serás bendecido. Has salvado incontables vidas al traer ese anillo aquí, lo justo es entonces que la Flama salve la tuya. Si me permites…” el clérigo se acercó al capitán de la Zaarita y poniendo ambas manos sobre su cabeza empezó a orar. Albatros sintió que una ola de cansancio lo invadía, hasta que el sueño lo venció y cayó rendido en el piso.

Barra Bandera Albatros

Alquimio Batros despertó en su camarote de la Zaarita, miró alrededor y sonrió. Después de dormir por casi tres semanas tras la bendición de la Flama le costaba diferenciar cuando estaba despierto y cuando soñando, pero ahora estaba seguro. En cubierta se escuchaba el alboroto acostumbrado y tanta normalidad no solía ser parte de los sueños del capitán pirata.

Albatros se puso de pie y se terminó de vestir. Sus botas de siempre, su sobretodo de aún más tiempo que eso, su sombrero y sus anillos. Miró la marca en el dedo medio de su mano derecha, recordó que ya no tenía el anillo del Aundariano Errante y lo invadió una sensación de vacío. ‘No es para tanto’, se trató de convencer a si mismo. Pronto estaría listo el nuevo anillo de Intermitencia que había encargado a Achtun Datsun… ¡y la cabeza de dragón!, lo había olvidado por completo. El gnomo artificer también les había prometido darles el nombre de un profesor de la Universidad de Wynarn capaz ayudarlos a instalar una cabeza de dragón en la Zaarita, anhelo de Albatros desde que vio al Amuikaf Rojo. Ciertamente no era para tanto.

El barullo de cubierta se había convertido en canto y cuchareo de Segundo con el resto en silencio, probablemente planeando una nueva manera de hacer callar al bardo. La tripulación estaba aburrida de seguir anclada en Sharn y cada vez que veían a su capitán solicitaban órdenes, rumbos o noticias del próximo destino; pero Albatros no estaba de humor para eso. Era la primera vez en semanas que el capitán de la Zaarita se sentía bien, que podía dormir tranquilo, que no pasaba los días nervioso o paranoico; y eso era algo que celebrar. Y aquel era el lugar perfecto, la Ciudad de las Torres se eregía imponente afuera de su ventana. ‘Ya habrá tiempo para órdenes, rumbos y próximos destinos,’ pensó, y aún con la sonrisa en el rostro se puso su rapier y daga al cinto y abrió la ventana.

“Ya habrá tiempo,” repitió en voz alta. ¡SPLASH!

.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.

FIN DEL VOLUMEN 3

.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.

VOLUMEN 3.5:

“El Destino Forjado”

.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.

Alquimio Batros abrió los ojos y notó que el techo no le resultaba familiar, como tampoco le resultaban familiares los tres sujetos que se encontraban echados a su alrededor, aún inconscientes. Le costó trabajo ponerse de pie, estaba mareado. La habitación en la que se encontraba era una especie de cúpula metálica, sin ningún mueble ni adorno, pero con un gran agujero en la pared. El capitán de la Zaarita avanzó tambaleándose hasta el agujero y se apoyó en uno de sus bordes para no caer. Necesitó sobarse los ojos un par de veces antes de dar crédito a lo que veía. Ante él, enormes estructuras ovales se levantaban en medio de un desierto, dando forma a un paisaje que del que jamás había escuchado siquiera hablar. No recordaba como había llegado hasta ahí, pero algo le decía que estaba más lejos de casa que nunca.

Riedran monolith

Sunday, July 11, 2010

La Albatriada (LADCA No. 7, Vol 3)

“¿Cómo es que terminamos aquí?” preguntó en voz alta Tedes Atoro, el chico, sin dirigirse a nadie en especial.

“Tú solo ajústate los morlacos y trata de que no te maten,” respondió Tholo Lacs mientras contaba las dagas en su cinturón y revisaba que estuvieran afiladas. Alquimio Batros miraba a la Arena decidido, muy concentrado, cómo si supiera que lo que pasaría a continuación marcaría su vida para siempre.

Barra Bandera Albatros

Y ahí estaban, todos inmóviles es sus puestos, mirando a su capitán. Alquimio Batros tenía una sonrisa en el rostro y la mirada perdida en el horizonte.

“¿La fuente de qué?” rompió el silencio Tedes Atoro, el chico, al ver que nadie más se atrevía a hacerlo.

Albatros sacudió la cabeza como para volver en sí y respondió. “La Fuente de la Eterna Sabiduría, mi estimado hechicero.” Entonces se acercó al mago halfling, se puso en cuclillas para estar a su altura y apoyando una mano en su hombro, continuó. “Es natural que no sepas a lo que me refiero, pues no eres una persona de mar.”

“Yo tampoco se a que se refiere, capitán,” aprovechó para decir Segundo.

Albatros se puso entonces de pie y miró al resto de su tripulación, que lo observaba con cara de que realmente había perdido la cordura. “¿Es que nadie ha escuchado acaso de la Fuente de la Eterna Sabiduría?” Los tripulantes de la Zaarita se miraron unos a otros negando con la cabeza, luego volvieron a dirigir sus ojos a su capitán.

“¿Usted ha escuchado de ella acaso?” Preguntó Tholo Lacs, que empezaba a oler problemas.

“¡Pues claro que sí! No sabría decir cuándo ni dónde, pero vaya que he escuchado de la Fuente de la Eterna Sabiduría. Es una fuente que, bueno, te otorga eterna sabiduría.”

“Entonces sabe dónde está,” dijo Tedes, el chico, tratando de no hacerlo sonar como una pregunta.

“Claro, está en… que queda más o menos por…” Albatros se detuvo a pensar un instante. “Ahora que lo mencionas…”

“¿Está seguro que existe esa fuente, capitán?” inquirió el ninja/pirata con cara muy preocupada.

“Estoy seguro de que existe,” dijo Albatros con toda la seguridad que pudo imprimirle a algo de lo que no estaba totalmente seguro, “es solo que no puedo recordar dónde está. Tal vez ese pedazo de conocimiento se fue también cuando perdí parte de mi sabiduría.”

“Clérigo gordo en realidad dijo que…”, trató de intervenir Tedes, pero fue en vano.

“Porque ciertamente tiene que existir,” continuó Albatros, con el resto de su tripulación mirándolo aún intrigados. “Es decir, la Fuente de la Eterna Sabiduría... tiene todo el sentido del mundo, ¿verdad?”

Barra Bandera Albatros

El combate había dado inicio y los adversarios parecían estarse midiendo, pues ninguno había lanzado el primer golpe aún. Los tres piratas de la Zaarita contra tres gladiadores armados hasta los dientes. Fue Tedes quien tomó la iniciativa, lanzando una gran bola de fuego que rompió la formación de los gladiadores. Entonces comenzó el pandemonio. El polvo empezó a levantarse y el combate se volvió caótico, estocadas y acuchilladas iban y venían, el ruido de los metales al golpearse casi no dejaba escuchar nada más, salvo una que otra explosión de los hechizos del mago halfling. Entonces se oyó el primer grito agónico, alguien había caído.

Barra Bandera Albatros

Estaba muy bien medido, pensaba Albatros mientras veía correr a Tedes Atoro, el chico, con la fruta de fuego en sus manos. El tramo que le habían asignado al mago halfling era el más corto, pero también era él quien menos posibilidades tenía de mantener el ritmo. Debían llevar esa fruta de fuego al plato del oráculo para activarlo y preguntarle dónde se encontraba la Fuente de la Eterna Sabiduría, pero la fruta solo permanecía encendida unos minutos una vez arrancada del árbol (y era la última que quedaba del brote de aquel año, tendrían que esperar varios meses para tener una nueva oportunidad si fallaban). El oráculo, para colmo de males, se encontraba a una distancia considerable, y ninguno de ellos estaba acostumbrado a correr largas distancias. Siendo gente de mar sus habilidades eran claramente otras y cada uno caería rendido antes de acercarse siquiera a la gran estatua de piedra. Era por eso que se habían repartido en tres diferentes partes del tramo: Tedes tomaría la fruta y correría hasta Tholo, que le haría la posta hasta donde se encontraba Albatros, quien llevaría la fruta hasta el plato y activaría el oráculo. La pregunta era si realmente el oráculo sabría dónde podían encontrar la Fuente de la Eterna Sabiduría. El dato se los había dado un viejo marinero que solía frecuentar La Calera, la taberna de Celio Krutz en Port Verge. ‘Si hay alguien que sabe cómo encontrar la Fuente de la Eterna Sabiduría, ese es el oráculo de la isla Traglorn’, les había dicho el marinero en cuestión mientras apuraba su último trago de salasta y se quedaba dormido de lo ebrio que estaba. Y había sido él también quien les había confiado como hacerlo funcionar. Tantas cosas dependían de lo que habían aprendido de un completo extraño. Ya el enterarse de la existencia de un oráculo en la isla Traglorn era todo un descubrimiento para Albatros. No es que el pirata conociera a la perfección todas las islas de los Principados, pero nunca antes había escuchado hablar de aquel oráculo, o de algún otro para los efectos del caso. ‘Supongo que esto demuestra que siempre hay algo nuevo bajo las doce lunas’, pensó cuando vio acercarse a Tholo, ya con la lengua afuera y haciendo un gran esfuerzo para cumplir con su parte. Albatros se concentró entonces en su tarea, tenía que lograr llevar la fruta hasta el oráculo, o nunca encontraría la Fuente de la Eterna Sabiduría. El ninja/pirata llegó hasta su capitán, le entregó la fruta de fuego y calló rendido. Albatros empezó a correr como si lo persiguiera un demonio; el oráculo se veía cada vez más cerca, pero aún faltaba un buen trecho. Entonces ocurrió lo que tenía que pasar, un calambre atacó la pierna derecha del capitán de la Zaarita y casi lo hace caer. Siguió avanzando pero ya no podía correr. Veía como la fruta empezaba a apagarse y el oráculo aún estaba considerablemente lejos. Empezó a saltar en una pierna pero sabía que jamás lo conseguiría así. Miró entonces atrás y vio a lo lejos a sus dos tripulantes caminando hacia él, agotados. Solo tenía una opción, pensó. Se detuvo, echó un vistazo a la fruta que llevaba en su mano, levantó la mirada hacia el oráculo, respiró profundamente y la lanzó. El fruto de fuego giró en al aire, extinguiéndose; era un tiro dificilísimo. Albatros calló de rodillas mirando al oráculo mientras la fruta consumía sus últimas llamas, justo antes de caer en el plato de piedra, haciéndose puré.

Albatros, Tholo Lacs y Tedes Atoro, el chico, llegaron a la gran estatua de piedra un par de minutos después, bastante cansados. En el plato se veía la fruta deshecha por el golpe, aún botando humo. Los tres se miraron desanimados, tanto esfuerzo para nada.

Entonces los ojos de la estatua se encendieron y se escuchó una voz que parecía venir de otro mundo. “¡Quién osa despertar al oráculo de Traglorn!”

Oracle Traglorn 1 
“Oh Oráculo que todo lo sabe,” dijo Albatros un poco nervioso. “Tenemos una pregunta para usted.”

“¡Háganla rápido y déjenme en paz!”, rugió el oráculo de Traglorn, helando la sangre de los piratas. Entonces agregó amenazadoramente. “Recuerden que solo tienen una pregunta, así que formúlenla bien.”

Alquimio Batros respiró lentamente para clamarse, tragó saliva y preguntó de la forma más clara que pudo. “Oh gran Oráculo de conocimientos infinitos, ¿dónde podemos encontrar la Fuente de la Eterna Sabiduría?”

Y con una voz mucho más mundana, el oráculo respondió: “¿La qué?”

Barra Bandera Albatros

El polvo levantado no dejaba que el combate se desarrollara con normalidad. Albatros aún escuchaba los rayos de Tedes Atoro, el chico, surcando el aire, e incluso había tenido que esquivar un par. El capitán de la Zaarita empezó a retroceder buscando a su adversario, al que había perdido en la polvareda, cuando su espalda chocó contra la de alguien más. Giró inmediatamente y trató de hundir su daga en el cuerpo que acababa de encontrar, pero esta se detuvo contra una daga idéntica. Al levantar la vista advirtió que se trataba de Tholo Lacs, que lo miraba aliviado. Entonces los ojos del ninja/pirata se llenaron de terror, una espada corta le acababa de atravesar la espalda surgiendo nuevamente por su pecho.

Barra Bandera Albatros

La tripulación de la Zaarita celebraba a lo grande, su capitán los había vuelto a salvar de una muerte segura. ‘Ese orco estaba loco’ comentaban algunos. ‘No cayó con nada, ni siquiera con el ataque de nuestra ballesta’, decían otros. “Capitán, capitán, cuente la historia otra vez”, imploró Grillo.

“Está bien muchachos, pero es la última vez. Recuerden que para eso tenemos un Bardo,” dijo Albatros mirando a Segundo y todos rieron. “El oráculo nos acababa de decir que la Fuente de la Eterna Sabiduría se encontraba casi en el fin del mundo, en los confines de Khorvaire, en un lugar a donde solo los más valientes podían aspirar llegar,” comenzó a contar Alquimio Batros.

“De hecho,” interrumpió Tholo Lacs, “lo que el oráculo dijo después de un buen rato de explicarle que lo que buscábamos era algo capaz de devolver la cordura, fue que aquello a lo que nosotros llamábamos Fuente de la Eterna Sabiduría lo encontraríamos en los Shadow Marches.”

“!Shhhhhh!” respondieron al unísono todos, incluso Tedes, que había estado ahí pero le gustaba oír la historia. El ninja/pirata se cruzó de brazos y puso cara de molesto.

“Ejemm…” Albatros se aclaró la garganta y continuó. “El oráculo nos acababa de dar la respuesta cuando unos 15 bárbaros orcos aparecieron de entre los árboles y empezaron a correr por la playa hacia donde nos encontrábamos.” Albatros se puso de pie y comenzó a declamar su historia. “Los orcos tenían todos unos tatuajes muy extraños y probablemente se trataban de una tribu organizada, pues parecían seguir a uno de los suyos que resaltaba por ser más grande, estar más tatuado y tener más cara de loco. Tholo, Tedes y su servidor nos pusimos en guardia y empezamos a atacar a la distancia, para ir reduciéndolos en número; y funcionó muy bien pues ya hasta nosotros llegaron solo unos cinco. Gracias a Tedes por esto debo admitir, y no es la primera vez que sus bolas de fuego nos salvan el pellejo.”

“¡Yeeeeeeeee!” gritó y aplaudió el público cautivo. El mago halfling solo atinó a sonrojarse y levantar una mano como agradeciendo el reconocimiento. Tholo Lacs no lo podía creer. Volvió a negar con la cabeza y se acomodó en su posición de berrinche.

“Pero el combate estaba aún lejos de ser ganado,” continuó con la historia Alquimio Batros, adoptando un tono de preocupación. “Cuatro más de los bárbaros cayeron en combate cuerpo a cuerpo, pero su líder parecía ser invencible. Peleaba con una furia inhumana, nuestros golpes no hacían mella en él, aunque no parábamos de abrirle heridas y bañarlo en su propia sangre. Fue entonces que ordené la retirada, temiendo que se encontrara bajo la influencia de alguna magia muy poderosa que no pudiéramos vencer. Tedes, el chico, nos ganó algo de tiempo deteniendo al bárbaro loco con uno de sus hechizos, mientras poníamos nuestro bote a flote y empezábamos a remar hacia la Zaarita. Pero cuando creíamos que estábamos a salvo el bárbaro se libró del hechizo que lo retenía y se lanzó al mar a nuestra caza. Resultaba increíble ver como nadando iba más rápido que nosotros a remo. Incluso ustedes le dispararon un par de veces con la ballesta del barco sin mayores consecuencias.”

Orc_Brute_by_VegasMike

“Cierto es,” intervino el Zurcado. “Uno de mis virotazos le dio en pleno estómago, pero la bestia no se detenía por nada.”

“Oooooohhhhhh,” volvieron a exclamar todos al unísono.

“Y qué paso entonces,” preguntó muy emocionado Tedes Atoro, el chico.

Tholo Lacs lo miró sorprendido. “Esto es increíble,” dijo sin poder creerlo.

“Y vaya si lo era,” volvió a tomar la palabra Albatros, “nada parecía ser capaz de detener a aquel monstruo. Llegamos a la Zaarita y subimos a cubierta dejando nuestro bote en el agua. Temía por la seguridad del barco pues nos tomaría un rato ponerlo en movimiento, y tiempo era algo de lo que no disponíamos. Ya habíamos adoptado nuestras posiciones para sacar a la Zaarita de ahí cuando el bárbaro nos alcanzó. Lo vimos destruir el bote que aún se encontraba en el agua, con una furia y fuerza tales que todos temimos por nuestras vidas. Estaba seguro que la Zaarita no aguantaría los golpes de aquella bestia, así que hice lo que cualquier capitán hubiera hecho en mi lugar. Me paré sobre la baranda de cubierta, les di la orden de salvar el barco, y me lancé al mar a luchar contra aquel terrible ser.”

“Y entonces lo acuchilló hasta que no quedó nada de él,” dijo muy emocionado Grillo.

“No, no,” terció Danubio, “está clarísimo que el capitán se sumergió con él hasta ahogarlo, aprovechando su mayor experiencia en el mar.”

“Yo desde aquí vi como el capitán lo molía a golpes,” gritaba Cosofrito desde la punta del mástil mayor, aunque en realidad no había visto nada pues se había ocultado en su canasta. Entonces algo llamó la atención del vigía, “¡Capitán, Río de la Daga a la vista!”

“A ver señores, a sus puestos,” se puso de pie Danubio y adoptó voz de mando. “Ya estamos llegando a Sharn.”

“¿Pero y el resto de la historia?” preguntó Grillo desilusionado.

“Tendrá que ser en otro momento,” le respondió Albatros poniendo una mano en el hombro del pirata tipo B. “Tedes, Tholo, ahora desembarcaremos en la ciudad de las torres e iremos en busca de Michael Jackson, se supone que tiene un taller aquí también. Si ya llegamos hasta acá aprovecharemos para armar la Zaarita con cañones y hacernos con algún equipo. Pero no nos demoraremos más que unos días, la Fuente de la Eterna Sabiduría nos espera.”

“Pero capitán,” lo interrumpió Tholo Lacs con tono irónico, “justo estábamos llegando a la mejor parte de la historia.”

Albatros miró a su subordinado y sonrió. “Lo importante es que estamos todos bien, Tholo. No importa realmente como me deshice de ese orco loco.” Y era cierto. Además, quién era Alquimio Batros para romper el corazón de toda su tripulación y confesar que para cuando le cayó encima al bárbaro, a éste se le acababa de terminar el efecto de lo que fuera que lo mantenía vivo después de tanto daño recibido, y que se había hundió solito en el mar.

Barra Bandera Albatros

La nube de polvo empezaba a asentarse y se podía ver mejor. En la arena quedaban cuatro luchadores de pie. Alquimio Batros, Tholo Lacs y Tedes Atoro, el chico, tenían cercado al último de los gladiadores. Todos estaban muy heridos pero ya faltaba poco. Albatros sabía que no había acabado con ningún adversario, este tenía que ser el suyo. Sabía además que solo tenía una oportunidad, el daño de uno de los hechizos del mago halfling se repetiría en unos segundos y seguro acabaría con el último gladiador, pero él mismo no estaba en condiciones de acercarse y luchar cuerpo a cuerpo; un golpe podría ser suficiente también para terminar al capitán de la Zaarita. Sacó entonces una daga de su cinto, le apunto al centro del pecho del gladiador y la lanzó.

Barra Bandera Albatros

“Venimos en busca de la Fuente de la Eterna Sabiduría,” dijo Alquimio Batros antes de presentarse siquiera. Había tenido que cruzar kilómetros de pantanos y bosques en los Shadow Marches, con todos los peligros que aquello acarreaba, antes de llegar a esta ciudad en ruinas y a su único edificio aún en pie, donde se encontraban ahora; la verdad estaba impaciente.

“¿La qué?” respondió sin entender el que parecía ser el líder del clan. Eran 10 y a primera vista aparentaban ser humanos, pero después de verlos un poco mejor estaba claro que algo tenían diferente, algo que los hacía ver un poco místicos. El líder estaba sentado en una especie de trono en el centro de una gran habitación circular. Los muros y el techo estaban todos decorados con pinturas que parecían narrar una historia, pero que el poco o ningún cuidado que habían tenido a lo largo de los años los había casi destruido, haciendo imposible saber de qué se trataba.

“La Fuente de la Eterna Sabiduría,” continuó Albatros, “sabemos que está aquí. Hemos venido desde muy lejos por ella y no nos iremos sin antes usarla.”

“Todos los que llegan hasta aquí vienen de muy lejos, pero muchos aún guardan sus modales y se introducen antes de reclamar cosas. Mi nombre no es importante, pero mi función aquí seguro que lo es para ustedes, yo soy el Guardián.”

“Disculpe a mis compañeros,” dijo el mago halfling dando un paso adelante. “Yo soy Tedes Atoro, el chico, porque el grande era mi padre…”

“Aaahhhhhhh,” exclamó Tholo Lacs por fin comprendiendo.

“Y ellos son Tholo Lacs y el capitán Alquimio Batros.”

“Yo soy el capitán,” dijo Albatros levantando las cejas un par de veces como sacando cachita al Guardián.

El Guardián se puso de pie y se acercó a ellos. Solo entonces notaron que era bastante más alto que el resto, ellos incluidos. Los otros nueve humanoides místicos se mantuvieron en su sitio, pegados a las paredes a lo largo de toda la habitación. “Díganme entonces que es lo que buscan, y veré si son dignos de conseguirlo.”

“Ya se lo dije, la Fuente de la Eterna…”

“Buscamos una cura para nuestro capitán,” lo interrumpió nuevamente Tedes, el chico, quien al parecer se entendía mejor con el Guardián. “Su mente se vio afectada por un artefacto muy extraño y hemos venido hasta acá para poder restaurarla.”

El Guardián miró a los tres aventureros, deteniéndose unos instantes en cada uno, como si les leyera no solo el pensamiento, sino también el alma; entonces dijo. “Está bien, podrán utilizar el poder de lo que llaman la Fuente de la Eterna Sabiduría, si prueban ser merecedores de ello.”

CONTINUARÁ…

Sunday, July 4, 2010

Los Recuperadores – parte 2 (LADCA No. 6, Vol 3)

Cuando Alquimio Batros volvió a abrir los ojos se encontró echado en la habitación del artefacto en Trebaz Sinara, con Tedes Atoro, el chico, y Tholo Lacs mirándolo sorprendidos. Según le dijeron sus compañeros había desparecido por casi una hora para luego ser escupido por la gelatina. El capitán de la Zaarita trató de ponerse de pie pero perdió el equilibrio y tuvo que agarrarse del ninja/pirata para no caer. Intentaba recordar que era lo que había sucedido pero su mente estaba en blanco, o peor aún, perturbada; como si el mundo que él consideraba real hubiera cambiado de alguna forma, como si se hubiera corrompido, como si se hubiera mezclado con un reino de locura. Alquimio Batros no recordaba nada de lo que había sucedido pero estaba seguro de algo, ya nada volvería a ser igual.

Albatros y sus dos tripulantes abandonaron la habitación del artefacto en silencio. El capitán de la Zaarita estaba asustado y no entendía muy bien por qué; sus dos acompañantes no terminaban de entender lo que acababa de suceder. Fue entonces cuando Albatros empezó a escuchar voces en su cabeza. Lo que fuera que le hubiera hecho esa gelatina rosada lo había dejado mal, se sentía muy nervioso y paranóico.

“¿Segundo? ¿Segundo, eres tú?” empezó a decir en voz alta Alquimio Batros con una expresión de terror en el rostro.

“Capitán,” respondió el bardo en la cabeza del capitán pirata, “estamos en la Zaarita con dos señores que quieren comunicarse con usted.”

“Se acabó,” dijo Albatros contrariado dirigiéndose a Tholo y Tedes, “ahora escucho voces en mi cabeza.”

“Nosotros también las escuchamos capitán,” respondió Tedes, el chico. Tholo solo atinó a asentir.

Albatros los miró extrañado… “¿Segundo?”

“Capitán, estos dos señores dicen que usted estará muy interesado en hablar con ellos.”

“Cómo es que estás…”

“Capitán Batros, mi nombre es Kian Evandis, sumo sacerdote de la Sangre de Vol,” dijo una nueva voz en las mentes de los tres piratas. “Vine a su barco con la intención de hacerle una propuesta que podría interesarle, pero ya había partido. Tengo entendido que están en busca del escondite de los Recuperadores; pues yo estoy interesado en unos barriles, cuatro para ser más exactos, que encontrarán ahí. Mi oferta es la siguiente, ustedes traen esos barriles de vuelta a su barco y nosotros les concederemos lo que quieran.”

“¿Cualquier cosa que deseemos?” interrumpió Tholo Lacs sin poder creerlo.

“Ciertamente tenemos límites,” volvió a comunicarse telepáticamente Kian Evandis, “pero estoy seguro que estarán más que satisfechos con lo que podemos ofrecerles. Debo agregar que es de la mayor importancia que no abran esos barriles. Si los abrieran el trato se rompe y no nos encontrarán en su barco al volver. Debo insistir en saber si aceptan nuestra propuesta.”

Albatros miró a sus dos tripulantes, ninguno parecía tener objeción alguna por la cual no pudieran intentarlo al menos. “Trato hecho,” dijo finalmente Alquimio Batros.

“Aquí los esperaremos,” respondió Kian Evandis, y con eso terminó la comunicación.

Albatros y sus dos tripulantes continuaron la búsqueda de la guarida de los Recuperadores, tratando de olvidar el incidente del artefacto gelatinoso. Revisaron un par más de cuevas pero no encontraron nada. Finalmente dieron con una nueva senda que siguieron, rodeando la montaña, hasta una muy angosta gruta, bastante más profunda que las anteriores. Se adentraron un buen trecho y encontraron unas escaleras que descendían; las siguieron y llegaron a la parte superior de una alta habitación circular. Abajo, los Recuperadores discutían.

Los tres piratas descendieron un poco por las escaleras que continuaban rodeando la habitación, teniendo mucho cuidado de no hacer ningún ruido. Ninguno de los cinco Recuperadores parecía haber notado su presencia pues estaban muy concentrados en la disputa que tenían entre manos. Albatros y Tholo avanzaron un poco más y cuando llegaron a una altura prudente, el capitán de la Zaarita dio la señal…

(Lo siguiente ha sido censurado para posibilitar la publicación de Las Aventuras del Capitán Albatros sin restringir las edades a las que se permite su lectura. La imagen a continuación tiene por finalidad dar una idea de lo ocurrido).

Jar Jar punch

PUM!, POW!, CRASH!, SCUM!, PLENG!, OUGH!, con usada de anillo incluída… Tholo Lacs se sacudió el polvo y dio una patada al cuerpo de uno de los Recuperadores, que yacía sin vida en el suelo. Había sido una masacre.

“Listo,” dijo el ninja/pirata tras cerciorarse de que su último rival no se levantaría, “ahora dónde está ese tesoro del que tanto nos hablaron estos Recuperadores.”

“Al parecer esta no era su guarida principal,” iba diciendo Tedes, el chico, mientras terminaba de descender las escaleras. “Los barriles están ahí por lo menos,” y señaló a un lado de la habitación, junto a unas cajas de madera rotas. “¿Qué haremos ahora, capitán?”, pero Albatros no respondió, estaba con la mirada perdida en el cadáver de Mitos. El mago halfling se acercó y le tocó el hombro.

“¡Argh!” gritó del susto Alquimio Batros, dando un salto hacia atrás. “¡No te acerques así sin avisar!” Sus dos tripulantes lo miraron extrañados. “No se hable más,” dijo Albatros envainando su rapier y mirando para todos lados. “Tomemos los barriles y regresemos a la Zaarita cuanto antes, que todo esto me pone muy nervioso.”

El camino de regreso a la Zaarita fue bastante más fácil de lo que hubieran podido esperar. Parecía incluso que el bosque les abría el paso mientras avanzaban. Tal vez aquella era la forma de Diáfana de decir gracias , una forma mucho menos personal de lo que Tholo hubiera deseado. Ya en la playa subieron los barriles al bote y los llevaron hasta la Zaarita.

“Capitán Batros,” se acercó Kian Evandis al pirata, “es un verdadero placer conocerlo al fin”. Se trataba de un hombre algo ya entrado en años, muy gordo, vestido con una inmensa y muy decorada túnica de colores blanco, dorado y rojo; con una especie de cilindros con incienso colgándole de collares. “Que gusto que la tentación de abrir los barriles no los venciera.”

“Si, si,” interrumpió Tholo Lacs impaciente, “¿cómo era eso de que nos darían lo que quisiéramos?”

“Pues así es,” empezó a decir el clérigo gordo mirando con desagrado al ninja/pirata por interrumpirlo, luego hizo una seña a su ayudante. “Este es Arion, mi discípulo.” Arion era mucho más delgado que su amo y vestía con ropas similares, aunque de colores más sobrios y oscuros. Su avanzada edad hubiera hecho dudar a cualquiera de su condición de discípulo, pero sus maneras sumisas lo terminaban delatabando. “Arión, por favor prepara los inciensos para los caballeros.”

Clérigo gordo y clérigo flaco

Albatros se acercó a Kian Evandis pero luego dio un paso atrás, como poniendo distancia entre ambos; seguía nervioso. “Pues la verdad yo no me siento bien, no se exactamente que pasó pero si me dieran a elegir en este momento no lo dudaría ¿podrían tú y tu otra mitad arreglarme?”

Kian Evandis examinó a Albatros atentamente y pareció darse cuenta de algo que se le había escapado. “¿Dónde ha estado últimamente?”

“Aquí, con mi tripulación, trayendo sus barriles”.

“No, hay algo más,” y se acercó al capitán de la Zaarita, quien retrocedió la misma distancia, estaba claro que lo ponía nervioso tenerlo cerca. “Interesante,” murmuró en voz baja Kian Evandis. Tomó entonces un par de las pequeñas copas con incienso que colgaban de su ropa, cerró los ojos, las sacudió y pronunció unas palabras en un idioma incomprensible para los piratas. El humo del incienso empezó a rodear a Albatros, que trató de sacudírselo con las manos sin mayor éxito. El humo eventualmente desapareció y el clérigo abrió los ojos. “Al parecer abandonaste este plano últimamente, y eso afectó tu mente… tu sensatez, tu cordura.”

“Mi sabiduría,” dijo Albatros interrumpiendo al clérigo, “eso tiene sentido. Me siento menos sabio.”

“No dije sabiduría, dije sensatez y cordura,” trató de corregirlo Kian Evandis.

“Después de todo tiene sentido que sea quien fuera el que me atacó, atacara una de mis más grandes habilidades,” continuó diciendo Albatros ignorando por completo a clérigo de la Sangre de Vol.

“¿Se puede atacar algo que no se tiene?” preguntó Tholo Lacs al mago halfling.

“No lo sé,” respondió Tedes Atoro, el chico, para luego agregar. “Este clérigo gordo me da muy mala espina.”

“Lo que sea,” continuó clérigo gordo. “No tengo muy claro a donde fue, pero la experiencia lo marcó eso es seguro. Y lo siento, mi poder no podrá recomponer su mente.”

“Maestro,” empezó a decir Arion, “pero acaso no es usted capaz de…” y ¡záz!, le calló una cachetada a clérigo flaco por parte de su amo, tras lo cual guardó silencio.

“Disculpe capitán Batros,” se apresuró a decir Kian Evandis. “Es parte de su entrenamiento el no hablar si no se le permite”.

Albatros lucía decepcionado. “Entonces…”

“Entonces pídanme algo que pueda darles.”

Albatros miró su barco por un par de segundos y volvió a preguntar. “¿Alguna mejora a la Zaarita? Todo este problema comenzó cuando los Recuperadores escaparon y…”

“Eso es fácil,” lo interrumpió Kian Evandis. “Arion, los inciensos. Comienza el ritual Jogworiano. ¿Qué hay de ustedes dos?” dijo clérigo gordo dirigiéndose a Tholo Lacs y a Tedes Atoro, el chico.

“Pues la verdad a mi no se me ocurre nada en este momento,” dijo el mago halfling mientras miraba detenidamente a clérigo flaco, que bailaba muy gracioso haciendo girar sus cadenas con inciensos, llenándolo todo de humo.

“Nada por acá tampoco,” agregó Tholo desconfiado. Él no estaba dispuesto a ser bañado en humo hasta comprobar que funcionaba. “¿Podríamos tal vez ponernos en contacto con ustedes en el futuro para hacer el pedido?”

“Por supuesto,” dijo clérigo gordo encantado con la idea. Aquí tienen dos pequeñas copas de incienso, una para cada uno. Enciéndanlas cuando quieran comunicarse conmigo y acordaremos algo. Mucho cuidado eso sí, que cada copa tiene solo un uso.” Y entregó al ninja/pirata las dos copas. “Capitán Batros, si me permite, debo ayudar a mi aprendiz con el ritual,” hizo una reverencia y se unió a Arion.

Al cabo de un rato de danzas, por parte de clérigo flaco, y palabras extrañas, a cargo de clérigo gordo, el humo del incienso empezó a disiparse. Entonces Kian Evandis volvió donde Albatros y el resto de su tripulación que se habían reunido a ver el espectáculo. “Está listo, capitán Batros. Estará muy satisfecho al saber que su barco es ahora una fortaleza mágica infranqueable, modestia aparte. Es imposible detectarlo con ningún medio mágico, además de bloquear cualquier tipo de teletransportación desde y hacia él.”

“Impresionante,” dijo Alquimio Batros realmente impresionado. “¿Y me dijo que no puede hacer nada por mi sabiduría perdida, verdad?”

“Dije cordura, y no, lo siento mucho pero no; me temo que será permanente. No conozco ningún poder capaz de contrarrestar los efectos de Xoriat…”

“¿Xoriat?” preguntó Albatros.

“¿Dije Xoriat? No, quise decir ‘mira la horiat que es, Arion, debemos irnos’. Me temo que debemos partir ya capitán Batros, pero seguro nos volveremos a ver en el futuro.” Y haciendo una seña a Arion con la cabeza, señalando el mar, se despidió con una reverencia. “Al agua Arion,” dijo clérigo gordo.

“Pero señor, por qué no…” y ¡zas!, le cayó otra cachetada a clérigo flaco, que empezó a asentir con la cabeza y caminó hasta el borde de la cubierta.

“Hasta pronto, capitán Batros,” se despidió clérigo gordo mientras empezaba a levitar, y alejándose de la Zaarita agregó, “este es el comienzo de una muy fructífera relación de negocios, ya verá.”

Arion por su parte suspiró resignado y se lanzó al mar, a nadar tras su señor, hasta que se perdieron en el horizonte.

Segundo se acercó a Albatros entonces. “¿Ahora qué, capitán?”

“Pues ya escucharon a clérigo gordo. Si el problema es mi sabiduría perdida…”

“Dijo cordura,” intervino el ninja/pirata.

“…solo hay un lugar donde puedo recuperarla.” Tholo y Tedes se miraron preocupados, pero antes de que pudieran decir algo Albatros empezó a repartir órdenes. “¡Todos a sus puestos! ¡Danubio, que me aseguren las amarras! ¡Grillo, las naranjas! ¡Segundo, al timón!”

“¿Tenemos rumbo, capitán?” preguntó el bardo.

“Vaya que si lo tenemos, Segundo… iremos en busca de la Fuente de la Eterna Sabiduría.”

Saturday, June 26, 2010

Los Recuperadores – parte 1 (LADCA No. 5, Vol 3)

El mar estaba movido y no era de extrañarse, las costas de Trebaz Sinara eran de las más peligrosas de alcanzar en los Principados después de todo. La Zaarita había seguido una ruta algo extraña para llegar hasta la isla, partiendo desde Regal Port, rodeando Orgalos por el oeste y acercándose a Trebaz Sinara justo antes de divisar el estrecho de Port Verge más al norte. El viaje había sido guiado por los Recuperadores, quienes al parecer conocían esos mares muy bien y sabían cómo evitar las peores corrientes.

Todo estaba saliendo a pedir de boca y obviamente no podía seguir así. Ya el plan de liberación había sido algo descabellado, extender todo por tres semanas hasta que estuvieran listas las armas que les estaba preparando Achtun Datsun fue arriesgado; pero que además los Recuperadores les ofrezcan una cuantiosa recompensa por su rescate, y que les pidan ser llevados hasta su guarida, donde podrían encontrar el altar que les mandó a buscar Ryger… ciertamente no podía seguir así.

“Capitán Albatros,” dijo Mitos, cómo se hacía llamar el gnomo que se comportaba como el líder de los Recuperadores, “debemos dirigirnos hacia el este hasta pasar aquellos riscos. Ahí hay una playa donde será más fácil desembarcar. Y dígale a su tripulación que no haga mucho ruido, no queremos llamar la atención de los dragones tortuga que habitan estos mares.”

“No hay problema,” respondió Alquimio Batros con una sonrisa. “Segundo, ya escuchaste, rumbo al este hasta pasar aquellos riscos.”

“Ah, y otra cosa, a mis compañeros y a mí nos gustaría adelantarles un obsequio muy especial por todo lo que han hecho por nosotros; además del tesoro que ya habíamos acordado por supuesto, aunque eso será cuando desembarquemos. Si nos permiten ahora ir a nuestra habitación para preparar la sorpresa…”

“No se diga más, tómense el tiempo que necesiten que nosotros estaremos aquí esperándolos,” y Albatros saludó al gnomo con una exagerada reverencia.

Pero el tiempo que los Recuperadores decidieron tomarse fue extrañamente largo, y la sorpresa fue que, a diferencia de Albatros y su tripulación, los ex prisioneros de Ryger no estuvieron ahí esperándolos cuando fueron a buscarlos.

“¡Malditas sabandijas!” se quejaba Alquimio Batros mientras regresaba a cubierta después de dar vuelta al camarote de sus ex-invitados y aceptar que se le habían escapado frente a sus narices. “¡Ya no se puede confiar en nadie, a donde va a ir a parar este mundo!”

“Capitán,” lo interrumpió Segundo tímidamente, “no es que quiera contradecirlo, pero ¿no planeábamos nosotros robarles y entregarlos a Ryger?”

“De parte de quien estás, bardo doble cara,” respondió Albatros, justo cuando la Zaarita golpeó su casco contra algo bajo el agua y se tambaleó, arrojando a más de uno al suelo.

“¡Capitán!” se oyó un grito desde lo más alto el mástil mayor, “¡hemos chocado!”

“…” Alquimio Batros no se sentía con ganas de responder a aquel comentario. La Zaarita seguía avanzando pero empezó a ladearse, como si algo estuviera levantándola desde abajo.

“¡Dragón tortuga!” gritó Tholo Lacs al asomarse por la borda.

barco-dragon tortuga v3

Albatros corrió a posicionarse en el timón, viró todo a estribor y puso a La Zaarita en sotavento. Un largo cuello y una cabeza crestada, ambos color verde claro, salieron del agua y los temores del ninja/pirata se volvieron realidad: un dragón tortuga se disponía a disparar su breath weapon contra la embarcación. Las afiladas fauces de la bestia se abrieron y un gran cono de vapor salió de ellas, casi alcanzando el castillo de popa de la Zaarita, que por escasos pies se había salvado.

El monstruo intentó perseguir a la Zaarita pero sin éxito. Al parecer no solo se trataba de uno de los barcos más rápidos de los Principados Lhazaar, sino que además, con viento a favor, era más rápida que un dragón tortuga. Aún así Albatros no quiso arriesgar su preciado barco (ni su pellejo), y se alejó de la playa en la que supuestamente debían desembarcar. Aquella iba a ser la última vez que confiaba en los Recuperadores, pensó.

Barra Bandera Albatros

Para cuando la Zaarita encontró una caleta accesible, ya había pasado un buen par de horas desde que los Recuperadores se habían fugado de la embarcación. Albatros y el equipo de asalto subieron al castillo de proa y se quedaron viendo el espectáculo que tenían al frente. Si la mitad de las cosas que se decían de Trebaz Sinara eran ciertas, se trataba de un lugar muy peligroso (los dragones tortuga que poblaban sus aguas eran solo el comité de bienvenida). La isla escondía supuestamente un tesoro de dos mil años de antigüedad, desde piezas de oro y dragonshards, hasta reliquias; cortesía de incursiones piratas y tumbas aún más antiguas. De ahí solo los más experimentados podían tener esperanzas de salir vivos, por lo que solo desembarcaron Albatros, Tedes “el chico” y Tholo Lacs, mientras el resto de tripulantes de la Zaarita dejaban todo a punto en el barco en caso algo saliera mal y tuvieran que salir rápido de ahí.

El desembarco en la playa fue un poco complicado, pero nada extraordinario para tres viejos lobos de mar (algunos más viejos, otros más lobos). La playa de arena gruesa y piedras solo abarcaba una franja de unos 20 metros, luego daba paso a un espeso bosque detrás del cual se podía ver una cadena de montañas.

“Ahora para dónde,” preguntó Tedes, el chico, con cara de que los bosques espesos en islas habitadas por monstruos no eran un buen lugar para perderse.

“Su guarida debe estar en las montañas,” respondió Tholo Lacs, confirmando tácitamente los temores del mago halfling, “al menos es ahí donde yo la tendría.”

Albatros asintió con la cabeza y luego agregó, “y no es que tengamos un mejor plan.” Lo que no terminaba de gustarle a ninguno de los tres era que para llegar a las montañas tendrían que cruzar el bosque.

Los piratas se introdujeron en el bosque y caminaron un buen trecho. La luz del sol apenas atravesaba las tupidas copas de los árboles y todo estaba en penumbras, a pesar de ser casi medio día. Desde donde estaban les resultaba difícil ubicar la montaña y presentían que no pasaría mucho tiempo antes de que terminaran de perderse, cuando una extraña voz los saludó.

“Quienes son y que hacen aquí, forasteros,” dijo la extraña voz detrás de ellos. Los piratas se dieron vuelta mirando de un lado a otro, tratando de ubicar donde podría estar quien les hablaba.

“Mi nombre es Alquimio Batros,” dijo el capitán de la Zaarita girando y dando un paso adelante, con la esperanza que la voz siguiera hablando y pudieran ubicarla. “Estos son mis chacales.” La voz no respondió (cosa extraña en una voz, pensaron, porque no es que pueda hacer mucho más que eso).

“¿Por qué mejor no nos dices tú quien eres y dónde estás?” intervino entonces Tholo Lacs.

“¿Son depredadores? ¿Han venido a atentar contra la isla?” volvió a preguntar la extraña voz, nuevamente a espaldas de los piratas.

“¿Atentar contra la isla?” dijo Tedes, el chico, en voz muy alta para asegurarse de ser escuchado. “¿Qué crees que somos, isloristas?”

“¿Isloristas?” preguntaron a la vez Albatros y Tholo Lacs, mirando a su compañero y olvidándose por un segundo de la extraña voz.

“Como terroristas, pero de islas,” se apresuró a responder el mago halfling.

“Terroristas viene de terror, no de tierra,” acotó el ninja/pirata con cara de no creer que tendría que explicar aquello.

“Ah, lo siento, las letras no son lo mío,” se disculpó el más joven de los Atoro, antes de volver a alzar la voz. “¿Entonces crees que somos terrorislas?”

“Ustedes tratan de confundirme,” dijo la voz, esta vez sobre sus cabezas, “pero no resultará.”

“De acuerdo,” intervino Tholo Lacs que empezaba a aburrirse, “si no quieres decirnos ni tu nombre entonces no tenemos nada más que hacer acá. ¡Buenas tardes!” y el ninja/pirata empezó a caminar nuevamente, desapareciendo en el bosque, esperando que sus compañeros lo siguieran.

Albatros habló entonces, tratando de sacarle un poco de provecho a la situación. “Estamos aquí buscando a un grupo que se esconde en esta isla, extraña voz de poca paciencia. ¿Sabes donde podríamos encontrarlos?”

“¿A los depredadores?”

“Sí claro,” respondió rápidamente el capitán de la Zaarita, “a los depredadores. Hemos venido a encargarnos de los depredadores.”

“A Diáfana le encantará oir eso,” se escuchó decir a la extraña voz en un tono alegre.

“¿Y quién es esta Diáfana?” preguntó esta vez Tedes, el chico, que acababa de terminar de apuntar en su libreta de notas sus nuevos descubrimientos etimológicos.

“Es la ninfa con la que…”

“¿Ninfa dijiste?” regresó corriendo Tolo Lacs, sorprendiendo a todos no por su velocidad, sino por su buen oído.

“Sí, ella es la que…”

“¿Y dónde podemos encontrar a esta bella ninfa?”, volvió a interrumpir el ninja/pirata.

“Yo la puedo llamar, de hecho le encantará…”

“Si, a mí también me encantará.” Seguía interrumpiendo Tholo Lacs, “llámala por favor.” Y no se escuchó ninguna respuesta, solo el sonido del viento rozando las hojas de los árboles. Pero cuando los piratas empezaban a considerar proseguir con su camino, una hermosa mujer apareció acompañada de un sátiro.

Enter_the_fairytale_by_kogaiji

“Bienvenidos, salvadores del bosque,” dijo la ninfa con una dulce voz. “Mi nombre es Diáfana y no saben lo feliz que me hace tenerlos con nosotros. Aquinoacampus me ha dicho que ustedes vinieron para llevarse a los depredadores del bosque,” terminó de decir y esbozó una bella sonrisa.

“Sí, bueno…” comenzaba a decir Alquimio Batros cuando Tholo lo interrumpió.

“Estamos aquí para destruir cualquier mal que amenace a este bosque,” decía el ninja/pirata mientras desenvainaba una daga y peleaba contra un imaginario enemigo invisible. “Porque eso es lo que nosotros hacemos, salvamos bosques.”

“Qué bueno,” dijo la ninfa alegrándose aún más, aplaudiendo y dando saltitos, “¿y ya saben donde encontrarán a los depredadores?

“Ehhhhh…” Tholo Lacs se detuvo y empezó a rascarse la cabeza con la punta de su daga. “Bueno, sabemos que están en esta isla.”

“¿Tal vez usted podría guiarnos hasta donde ellos están?” dijo Tedes, el chico, que alternaba miradas entre la ninfa y el ninja/pirata.

“No conozco exactamente la ubicación de su escondite, pero sé que está en las montañas.”

“¿Y podrías llevarnos hasta ahí?” intervino Alquimio Batros.

“Será un placer,” dijo Diáfana juntando las manos y sonriendo nuevamente.

“Eso espero,” se apresuró a decir Tholo Lacs que guardó su daga y empezó a acercarse a la ninfa con una gran sonrisa en el rostro, cuando todo alrededor empezó a darle vueltas. Lo siguiente que supieron los piratas es que sus cuerpos se volvían inmateriales y que sentían que viajaban por el viento. Cuando recuperaron su forma normal se encontraban al pie de una gran montaña.

“Maldición, no le saqué su número,” decía Tholo Lacs mirando para todos lados buscando a la ninfa.

“¿Su número de qué?” preguntó Tedes, el chico, sintiendo que se perdía de un chiste.

“Andando,” dio por terminada la conversación Alquimio Batros y empezó a caminar, “no queremos que nos agarre la noche por acá.”

Los piratas empezaron a rodear la montaña en busca de algún camino o rastro que pudiera guiarlos hasta los Recuperadores. Eventualmente encontraron una derruida senda que subía un poco por la montaña, hasta lo que parecía ser una cueva. Llegaron hasta la cueva, que además de oscura se veía muy profunda; avanzaron unos 100 metros iluminando el camino con una luz que Tedes sacó de su manga, y llegaron a una puerta de madera.

“Esto déjenmelo a mí,” dijo Alquimio Batros, sacando su kit abre-puertas, pero no tuvo suerte.

“Mi turno,” dijo entonces Tedes, el chico, que tampoco tuvo éxito.

“Háganse a un lado y denle paso al maestro,” pero Tholo tampoco pudo violar la cerradura.

Los tres piratas se miraban desconcertados, no es que forzar cerraduras fuera su especialidad, pero haber llegado tan lejos para que los detenga una puerta era frustrante. Entonces Albatros se volvió a colocar a la altura de la cerradura, organizó todos sus implementos, giró la manija y la puerta se abrió, descubriendo una habitación no muy grande.

“Ya la había abierto,” dijo el ninja/pirata, pero nadie le hizo mucho caso.

Albatros, Tedes y Tholo entraron a la habitación, la cual contenía algunos estantes con pociones y libros, pero lo que más les llamó la atención fue un extraño artefacto un poco más alto que una persona, con un techo metálico en forma de cúpula y debajo de él un cilindro de apariencia gelatinosa, color rojo tirando para rosado. Los piratas buscaron alguna pista de que podía ser aquello en la habitación pero no encontraron nada, salvo unas extrañas inscripciones en la cúpula que ninguno pudo descifrar. Albatros trepó con mucho cuidado a la cúpula desde uno de los estantes para ver si había algo interesante ahí, pero el resultado fue el mismo.

“Esto es muy extraño,” dijo el capitán de la Zaarita desde la cima del insólito aparato, mientras desenvainaba una de sus dagas. “¿Creen que esta extraña gelatina se pueda…?” pero no llegó a terminar la frase, pues en el momento en que su daga tocó el cilindro para probar su consistencia, y ante la atónita mirada de sus dos tripulantes, Alquimio Batros desapareció de la habitación.

 

CONTINUARÁ…

Sunday, March 28, 2010

Ángeles y Piratas (LADCA No. 4, Vol 3)

Las ninfas habían quedado atrás, para alegría de unos y desgracia de otros, y la vida era buena. Dinero, mujeres, alcohol. ¿Qué más puede pedir un pirata?, pues que le dure. Así como las ninfas quedaron atrás, el dinero, las mujeres y el alcohol también eran ahora cosa del pasado; y es que por más bueno que fuera el botín con el que se hicieron en cierta pequeña isla entre las más grandes Seventh y Thrug, reza el famoso dicho pirata: “no hay botín que dure cien años ni cuerpo que lo resista” (sobre todo si se gasta en salasta). Y fue así como Alquimio Batros, Tolo Lacs y Tedes Atoro, “el chico”, empezaron a hacer preguntas por las tabernas de Tantamar con la esperanza de encontrar algún trabajito.

Las ofertas no eran las mejores del mundo pero no estaban para ponerse exquisitos: limpieza de baños en una taberna, cuarta pata de una mesa y la recompensa por la captura de un peligroso prófugo que había escapado hacía cosa de unos días de Dreadhold, la isla prisión de los Principados Lhazaar. Y dadas las circunstacias no había más que decir, los piratas de la Zaarita eran ahora caza recompensas.

Barra Bandera Albatros

Las primeras pesquisas las hicieron en Tantamar, pero no encontraron mayor información sobre el prisionero. En Piritar, Regal Port y Port Verge sucedió más o menos lo mismo, mucho movimiento y pocas respuestas. Los piratas de la Zaarita empezaban a hacerse la idea de que no llegarían a ningún lado preguntando y decidieron sacar sus propias conclusiones (cosa que como se ha visto a lo largo de estas historias, y se seguirá comprobando en el futuro, no suele llevar a buen puerto). El razonamiento fue más o menos el siguiente: La isla-prisión de Dreadhold se encuentra al norte de Cape Far y como la mayoría de islas, está rodeada de agua. Y así llegaron a su primera conclusión: el prisionero vestía de azul (después de todo, era la única forma de camuflarse en el mar). Tras darle un poco de vueltas a la primera conclusión llegaron a la segunda: el prisionero no necesariamente vestía de azul. Orgullosos de haber llegado a dos conclusiones en tan poco tiempo, Albatros y sus oficiales decidieron que ya habían conclusionado demasiado y que era hora de fijar rumbo… hacia Trebaz Sinara.

A más de uno se le ocurrió a mitad de camino que las conclusiones a las que habían llegado no servirían de mucho, pero temiendo nuevas reuniones conclusionarias prefirieron guardar silencio. Después de todo Trebaz Sinara era la única de las islas cercanas a Dreadhold que no formaba parte de ningún principado, y las turbulentas aguas que la rodeaban y los monstruos que la habitaban la hacían uno los lugares más peligrosos del mar de Lhazaar; el lugar perfecto para desaparecer por un tiempo (o para siempre).

Conforme se iban acercando a Trebaz Sinara la Zaarita empezó a sentir como las corrientes y los vientos empezaban a hacerse más fuertes y pronto serían muy difíciles de resistir. A los lejos, encallada contra los arrecifes en que reventaban las enormes olas de aquel terrible mar, podía verse una embarcación que reconocieron al instante como el Recupereitor, la nave de Los Recuperadores. Albatros logró acercar a su barco a unos 500 pies de los arrecifes pero era imposible seguir adelante sin ser arrastrados y terminar encallados también. Solo quedaba una opción, el anillo de Water Walking que encontraron entre los tesoros de las ninfas y que sabiamente habían decidido no vender (entre otros pocos objetos). La decisión fue unánime, el capitán debía ser el que cruzara las tórridas aguas hasta llegar al naufragado barco, y si bien el riesgo de morir ahogado era mínimo con el anillo puesto, de la mojada y la sacudida de las olas el capitán de la Zaarita no se iba a salvar.

Barco hundido 2

El Recupereitor se veía destrozado, la cubierta aún más que su casco. Todo parecía indicar que las corrientes que circundaban la isla no habían sido el motivo por el cual el barco terminó como estaba. Albatros subió al castillo de popa pero no encontró nada de valor. Bajó a las bodegas, revisó los camarotes y nada tampoco. Finalmente llegó a la cabina del capitán y encontró su bitácora. La abrió para leerla pero entonces escuchó un ruido en cubierta, Albatros guardó la bitácora dentro de su abrigo y subió a ver qué pasaba arriba. Una criatura hermosa, de rasgos angelicales, acababa de posarse sobre el castillo de popa. Llevaba puesta una fullplate muy brillante color plateado y una gran espada envainada al cinto.

“¿Quién eres tú y que haces aquí?” preguntó el ángel con una melodiosa voz y un tono que dejaba en claro que podría partir al pirata en dos si se lo proponía.

“Mi nombre es Alquimio Batros, capitán de la Zaarita y uno de los más temidos y respetados piratas de... En fin, vimos el Recupereitor encallado a los lejos y vine a ver qué había pasado. ¿Con quién tengo el gusto?”

“Así que conociste a sus tripulantes,” eso no había sido una pregunta pero de todas formas Albatros respondió.

“¿Los Recuperadores? Bueno, no es que hayamos sido amigos; pero sí, podría decirse que los conocía.”

“¿Y sabes donde están ahora?”

“No sé más que tú, acabo de llegar y ya me estaba yendo. Dudo que mi barco aguante mucho más en estas aguas, así que viento calmo y... no, ¿cómo era?”

“Te vi rebuscando el barco, ¿encontraste algo?”

“No,” respondió Alquimio Batros mirando hacia su barco para evitar darle la cara al ángel, “pero quizás tengas mejor suerte que yo. Aguas calmas y buen viento, eso es…” se despidió el capitán de la Zaarita saludando con la mano y se lanzó al mar con su el anillo de Water Walking puesto.

La Zaarita había aguantado hasta ahora pero nada aseguraba que siguiera comportándose tan bien. Albatros pisó la cubierta y soltó las órdenes de costumbre, “a sus puestos, moluscos de acequia, leven el ancla, aseguren las amarras, guárdenme las naranjas, nos vamos de aquí”. Los vientos empezaban a arreciar y a cruzarse y la Zaarita no parecía poder librarse de las corrientes, por cada nudo que avanzaba terminaba retrocediendo tres, acercándose cada vez más a los arrecifes. Albatros logró finalmente tomar control de la situación y sacó su barco adelante, no sin romper un par de cabos y hacer crujir cada astilla de la Zaarita.

Ya en aguas más calmas Cosofrito divisó a lo lejos algo que se acercaba volando. El ángel se posó sobre la cubierta de la Zaarita y desenvainó su greatsword ante la atónita mirada de los piratas.

Angel 2

“¡DÓNDE ESTÁ!” rugió el ángel dirigiéndose hacia el castillo de popa donde se encontraban Albatros y Segundo. Resultaba increíble como una criatura tan hermosa podía a la vez inspirar tanto temor.

“Es contigo,” sacó cuerpo inmediatamente el capitán de la Zaarita dejando a Segundo solo frente al timón.

“¿Conmigo?” Segundo parecía bastante confundido.

“¡Tú, el del sombrero gracioso, sabes bien a que me refiero!” El ángel parecía realmente molesto, Albatros se tocó la cabeza y al sentir su sombrero exhaló resignado. “¡Dónde está la bitácora!”

“Ahhhh, la bitácora, haber comenzado por ahí. Segundo trae la bitácora de mi camarote y sírvele a nuestro invitado un traguito de salasta, que debe tener frío con lo mojado que está.”

“¡SUFICIENTE!” volvió a rugir el ángel. “¡Ya estoy harto de tus tonterías!”

Albatros tragó saliva, metió la mano dentro de su abrigo y sacó lo que parecía ser un libro deshecho. La tripulación de la Zaarita miraba sin comprender. El ángel alzó vuelo, se posó al lado de Albatros y le arrebató el libro de las manos.

“Solo lo tuviste unos minutos y ya lo arruinaste.” La bitácora del Recupereitor estaba totalmente mojada, sus hojas se deshacían con solo tocarlas y muchas de ellas no podían ni siquiera despegarse de las otras.

“Técnicamente fue el agua,” dijo Albatros con la más amigable de sus sonrisas.

El ángel devolvió a Albatros una mirada de odio, parecía estarse controlando para no hacer pedazos al capitán de la Zaarita y su barco. Finalmente respiró profundamente, sacudió la cabeza y cada uno de sus dorados cabellos volvió a su lugar, una sonrisa apareció en su rostro y habló otra vez con aquella dulce voz que Albatros escuchara la primera vez.

“Lo hecho, hecho está. Os aconsejo no volverse a cruzar en mi camino. No suelo tener tanta paciencia.” Y dicho esto el ángel desplegó sus alas y alzó vuelo, perdiéndose de vista rápidamente.

“¿Qué fue todo eso?” preguntó Segundo levantando la cabeza de detrás del timón donde se había ido a esconder.

“Nada,” respondió Albatros mirando al horizonte, “pero al parecer alguien está interesado en dar con Los Recuperadores.”

“¿Qué haremos ahora capitán?” Tedes había subido a cubierta y preguntaba lo que estaba pensando toda la tripulación.

“Ahora volveremos a Regal Port,” dijo el capitán de la Zaarita con la mirada aún perdida. “Logré leer algo de la bitácora antes de que esa cosa me visitara por primera vez. Al parecer Los Recuperadores fueron atacados por una flota de Ryger y me huele a que hay dinero de por medio.” Y no hizo falta decir más, Danubio ya estaba dándole de latigazos a la guardia cuando Albatros tomó el timón y fijó rumbo al sureste, de vuelta al más grande de los principados.

Barra Bandera Albatros

Regal Port recibió a los piratas de la Zaarita como siempre, sin el menor interés. Pero ahora que habían pasado a formar parte de la flota de Ryger (o al menos eso habían acordado para salvar el pellejo algunos meses atrás cuando fueron emboscados por una flotilla de Seadragons), planeaban sacarle algo de provecho al asunto. Cual embajadores de alguna creciente y pujante nación, Albatros, Tholo y Tedes “el chico” se dirigieron al palacio de Ryger y solicitaron una audiencia con él, audiencia que obviamente no se las dieron por lo que tuvieron que sacar a colación el tema de Los Recuperadores para llamar la atención. El secretario de Ryger, quien los atendía en ese momento, desapareció unos instantes y a su regreso les informó que el alto príncipe los recibiría al día siguiente.

Decidieron entonces ocupar su tiempo en algo útil y se fueron de compras, pero lo que buscaban no lo podrían encontrar en el Mercado Pirata, a pesar de ser el centro de comercio más grande de los Principados. Tras hacer algunas averiguaciones se enteraron de que si había alguien en los Principados capaz de construir las armas que Albatros, Tedes y Tholo buscaban, ese era Achtun Datsun, el Artificer principal de Ryger. Regresaron al palacio del señor de los Seadragonsn y pidieron ver a Datsun. Nuevamente fueron desairados, esta vez por el secretario del Artificer, así que volvieron a usar el viejo truco de llamar la atención. Le llamaron la atención al secretario diciéndole que como podía ser que no los dejara pasar a ver a su viejo amigo, y que seguro su jefe se molestaría mucho al enterarse de todo aquello, sobre todo teniendo en cuenta lo que le habían traído. Fue una suerte para los piratas que efectivamente tuvieran algo que interesara al gnomo artificer, quien gentilmente se presentó como Michael Jackson (probablemente el nombre con el que lo llamaban sus amigos). Los cuatro rapiers que habían encontrado en el Northseeker eran nada más y nada menos que los Cuatro Cardianles, un juego de armas equipadas con dragonshards de gran poder. Jackson quiso hacerse con los cuatro rapiers pero los piratas solo accedieron a entregarle tres, a cambio de que les preparara tres armas también de su elección. El gnomo, decepcionado, no pudo más que aceptar la oferta; después de todo, pensó, más adelante podría hacerse con el último ahora que sabía quién lo tenía.

La construcción del equipo solicitado tomaría unas tres semanas así que los piratas de la Zaarita tuvieron que hacer tiempo cuando Ryger, en la audiencia del día siguiente, les confió que tenía a los Recuperadores como prisioneros y les pidió que averiguaran donde era que estos tenían un altar en particular que el alto príncipe deseaba. Albatros propuso ganarse la confianza de los Recuperadores visitándolos a diario en la prisión y diciéndoles que estaban negociando su salida. De esta forma, en un tiempo que el capitán de la Zaarita estimó como en, “digamos, no sé, tres semanas,” fingirían una fuga ya que resultaba imposible liberarlos por las buenas. Así se llevarían a los Recuperadores a bordo de la Zaarita hasta su escondite y averiguarían donde estaba el altar. A Ryger no le gustó mucho la idea pero tenía problemas más importantes de los cuales preocuparse (corría la voz por las islas del este de Khorvaire que la Flama de Plata planeaba una suerte de invasión a los Principados, e incluso unos barcos de velas plateadas ya habían sido divisados cerca a las costas de Tantamar). Y fue así como el gobernador de Greentarn, comandante de los Seadragons y alto príncipe de Lhazaar, dejó que Albatros y su tripulación hicieran lo que mejor les pareciera, decisión que probaría ser la equivocada en el largo plazo.