Tuesday, March 31, 2009

El péndulo pendiente (LADCA No. 4, Vol 2) [introducción a Tripulantes de la Zaarita, Volumen 2]

Muy buenas sus historias, ¡salud!... Siempre lo he dicho, la taberna del tuerto Lou es el mejor lugar de los principados para tomarse una buena salsta e intercambiar anécdotas. Pero aquí cualquiera puede contar algo sobre abordajes, islas del tesoro o saqueos a pequeños poblados. En cambio, ¿saben ustedes qué hacían un grupo de piratas caminando sobre picos de montañas, cruzando valles jamás navegados por barco alguno? Pues permítanme lustrarlos, todo comenzó cuando…

- Capitán, ¿qué tan seguro está de la existencia de ese péndulo? – pregunté pues parecía demasiado bueno para verdad.

- Certificadamente seguro, mi estimado Danubio, como que me llamo Alquimio Baltros. “Ese péndulo”, como lo llamas, nos permitirá detectar y ubicar barcos, lo que nos facilitará muchísimo las labores.

- No es que no quiera creerle, capitán, – se metió Segundo en la conversación– pero ¿no cree que si de verdad existiese un péndulo como ese, alguien ya lo tendría en su poder?

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- Tendrías razón si no estuvieras equivocado. El péndulo efectivamente perteneció a un gran capitán pirata, el famosísimo Galeas “el sucio”, del que deben haber escuchado. Galeas solía usar el péndulo para atracar barcos mercantes de Aundair frente a las costas de Karrnath, hasta que fue emboscado por sus otrora víctimas y perdió a los tres barcos que conformaban su flota. Se dice que cuando los Aundarianos descubrieron que era el péndulo el que guiaba a Galeas hacia sus barcos, decidieron esconder el objeto mágico para que nadie más pudiera aprovecharse de él. Es así como el péndulo lleva desaparecido muchísimos años y su leyenda se perdió en la memoria de los Lhazaaritas.

- Y si está perdido, ¿cómo lo encontraremos? – volví a preguntar, pues a mí esto de encontrar cosas perdidas nunca me ha funcionado demasiado bien.

- Eso déjenselo a su capitán. Tengo un mapa con la ubicación casi exacta de donde fue visto por última vez.

El “casi” fue la parte del discurso que menos entusismó a la gente. Pero bueno, eso es lo que hacían un grupo de piratas caminando sobre picos de montañas y cruzando valles jamás navegados por barco alguno. El grupo lo formábamos el capitán Albatros, Segundo Tercero, chino viejo y yo. Llevábamos ya 12 días en los Mror Holds, desde que dejamos la Zaarita, y no es que el paisaje fuera desagradable ni nada, pero tanto tiempo en tierra firme como que a uno lo marea. El caso es que estábamos aburridos. Segundo trataba de animar las caminatas tocando sus cucharas, pero caminar y tocar a la vez no es una de las habilidades con las que nuestro bardo contara, aunque tendrían que haber visto lo chistoso que se caía, ese sí que era un don.

Al amanecer del día 13 el capitán nos despertó a todos muy emocionado, diciendo que “detrás de aquella cumbre se encontraba el acantilado por el cual descendieron los Aundarianos que iban a esconder el péndulo”. Nadie respondió, creo que ya todos habíamos perdido las esperanzas de encontrar el dichoso colgante y seguíamos adelante solo porque nadie sabía exactamente como regresar a la Zaarita. Pero eso no fue nada comparado con lo que sentimos cuando llegamos al pie del acantilado y vimos al capitán descender por algo que ni siquiera calificaba como lo que alguna vez había sido una escalera esculpida en la roca misma. Para ese momento ya ni esperanzas de volver a ver el mar teníamos.

La bajada fue rápida. Segundo, que era el último de la fila, tropezó al tratar de animar el descenso tocando sus cucharas, con lo que rodó llevándose de encuentro a chino viejo, a mi y al capitán, en ese estrito orden. Por suerte el abismo no era tan profundo como parecía y más que algunos rasguños y moretones no tuvimos. Nos pusimos de pie algo adoloridos, nos sacudimos el polvo y la nostalgia nos vino de golpe, cual caída, al recordar que en el agua uno no sufre tanto los descensos. Pero siempre he dicho que de todo lo malo se puede aprender algo, y aquella vez no fue la ececión, porque chino viejo nos iluminó un poco el alma con una de sus sabias frases a las que ya nos tenía acostumbrados:

- Equilibrio malo… no seas el último de la fila.

Sabias palabras las de chino viejo, ¡vaya tipo! Tal vez ya no pueda masticar, pero sí que sabe cómo sacarle provecho a un problema.

El fondo del acantilado era oscuro, oscuro… Segundo dijo algo así como que debía haber algún tipo de magia bloqueando la luz exterior, y la verdad a nadie le importó. De nuestras bolsas sacamos unas antorchas, las encendimos y vimos que nos encontrábamos en una especie de construcción cuadrada (pero mal hecha, porque le sobraban dos lados), con un pasadizo justo al frente de donde llegaba la escalera. El capitán ordenó revisar toda la “tructura esa gonal” (la “estrcutu rareza gonal”, “es tu cura, ¡reza Jonás!”, o algo así) y lo único que encontramos fueron unos grabados en una de las paredes, que decían: algo que no entendimos, por lo que no les dimos mayor importancia y nos introdujimos en el pasadizo.

El pasadizo estaba muy bien trabajado y el piso se veía que no había sido transitado en muchísimo tiempo (o que alguien a alguien no le gustaba hacer la limpieza nunca). El capitán iba de primero, seguido por mí unos pasos atrás, luego Segundo y finalmente chino viejo, quien había dejado muy en claro que la vez anterior era la última en la que el bardo cerraba filas. Tras avanzar un largo trecho el capitán se detuvo y nos indicó con una seña que hiciéramos lo mismo. Había visto algo y creo que era una trampa, porque lo vi recostarse boca abajo en el piso y manibular algo. Al poco rato se puso de pie y seguimos adelante.

El pasadizo llegó a un punto en que se dividía en dos y el capitán, tras detenerse un momento frente a la engrucijada, indicó que lo siguiéramos por el de la derecha. Empezaba a hacer frío y Segundo tiritaba como un diapanzón, pero chino viejo tiene habilidades extraordinarias. Juntó las palmas de las manos, las frotó unos instantes concentrándose y de un solo lapo en la cabeza le quitó todo el frío a Segundo. Decidimos entonces ir por el camino de la derecha, que finalmente terminó anchándose y dando paso a lo que parecía ser un cuarto ceremonial, esta vez de forma circular pero bastante más alto que el pasadizo por el que habíamos llegado. Al centro de la habitación se veía un altar con seis columnas que lo rodaban. El altar tenía el tamaño justo para recostar a un humano adulto en él. Ni bien entramos la habitación se iluminó y pudimos ver una gran gema verde, del tamaño de mi cabeza, incrustada en el techo de donde provenía la luz, y lo que parecía ser un cuerpo caído al lado del altar.

El capitán se dirigió al cuerpo pero se detuvo unos pasos antes de llegar al altar. Sobre éste, iluminado por un tenue haz de luz que no se podía apreciar desde donde estábamos parados nosotros, flotaba una pequeña caja dorada asegurada por una cadena de plata.

- Lo encontramos – dijo el capitán volviéndose hacia nosotros.

- ¡No lo toque, capitán! – gritó Segundo – podría estar hechizado. Déjeme revisarlo primero.

- Está bien Segundo, pero en silencio por favor, tal vez aún no hayas despertado a los guardianes del péndulo – respondió en tono sarcástico el capitán.

El capitán se hizo a un lado y el bardo empezó a hacer sonar sus cucharas alrededor del altar, sin ningún ritmo, pero con mucha convición.

- Siento un aura mágica, – dijo Segundo – pero no logro reconocerla. Aquí hay algo, tal vez si…

BUUUUM!!!... Cuánta razón tuvo Segundo, pues al acercar sus cucharas a la caja una bola de fuego explotó sobre éste arrojando hacia atrás al bardo y al capitán.

- Al menos desactivaste la trampa – dijo de mal humor el capitán, mientras se ponía de pie y se apretaba las extremidades para confirmar que nada estuviera roto.

- Pudo ser peor, pudo ser una alarma además de una bola de fuego – se excusaba el bardo, y un segundo después empezaron a entrar media docena de esqueletos por el pasadizo que acabábamos de abandonar.

Chino viejo y yo no perdimos el tiempo y les cortamos la entrada justo… en la entrada. El capitán, por su parte, desvainó su cultas y su daga y corrió hacia nosotros, mientras Segundo se arrojaba sobre el altar para tomar la caja, cuando… BUUUUM!!! Otra bola de fuego volvió a estallar arrojando nuevamente al bardo por los aires, esta vez dejándolo inconsistente tirado en el suelo.

- Ya déjate de tontería y danos una mano con esto – decía el capitán a Segundo mientras cargaba contra los esqueletos.

- ¡Capitán, se multiplican! – grité yo, al ver que se multiplicaban. Un nuevo grupo de esqueletos acababa de aparecer detrás de los primeros.

Esqueletos multiplicándose

La cosa se complicaba. Teníamos aproximadamente a unos 10 o 15 esqueletos bloqueando la única salida y lo que es peor, con muchas ganas de llegar hasta nosotros. El capitán, chino viejo y yo hacíamos lo posible por mantener a los esqueletos fuera, incluso llegamos a despachar a algunos, pero poco a poco nos iban ganando la posición. Fue entonces cuando el capitán dijo:

- A la voz de tres corran detrás de mí, pero no se acerquen el altar… 1, 2 – y salió corriendo hacia el otro extremo de la habitación. Chino viejo y yo lo seguimos, con los esqueletos prepitándose dentro, tropezando al dejar el pasadizo y persiguiéndonos luego. Los esqueletos nos pisaban los talones (casi me alcanzaron cuando me detuve a recoger a Segundo), pero logramos cruzar el centro de la habitación justo cuando se escuchaba un nuevo BUUUUM!!! Lo único que se vio después fue huesos volando por todos lados.

- ¡Ahora, a por ellos! – gritó el capitán y se abalanzó contra los pocos esqueletos que quedaban de pie. La carga, a la que nos unimos chino viejo y yo (tras arrojar el cuerpo del bardo a una esquina alejada del quilombo), terminó por derrotar a los esqueletos.

Con la batalla concluida nos acercamos para reanimar a Segundo y ayudarlo a ponerse de pie (de lo primero se encargó chino viejo, frotando otra vez sus manos unos segundos y pegándole tal cachetada al pobre bardo, que de diestro lo volvió zurdo… santo remedio el de nuestro monje).

- ¿Qué pasó aquí? – preguntaba Segundo mientras se sobaba el lado dañado de la cara – siento como si me hubiera arroyado un galeón.

- Ya no importa – se apresuró a decir el capitán – ahora lo que necesitamos es que hagas otra vez eso que haces con tus cucharas. Pero antes espera a que nos alejemos un poco.

- Karate, aquí – dijo chino viejo mirándose la mano izquierda extendida hacia delante con la palma hacia arriba – karate, aquí – repitió mirándose esta vez la palma de la mano derecha – karate, no aquí – y golpeó con un dedo a Segundo en el pecho, dejando clarísimo para todos que si el bardo la volvía a cagar, le sacaba la mierda.

Segundo se acercó un poco temeroso al altar, solo después de que el resto hubiéramos tomado una distancia prudiental, sacó sus cucharas y empezó a tocar. Esta vez el sonido era diferente, más armónico, y parecía resonar en las paredes de la habitación. Se escuchó un “pufff” y algo pareció desaparecer del altar, aunque la caja seguía flotando ahí.

- Ya está – dijo Segundo con una sonrisa, e inclinándose sobre el altar para alcanzar la caja, la abrió – Capitán, ¿el péndulo es invisible?

- Cómo que invisible Segundo, ¡dame eso! – dijo el capitán arrebatando la caja a su segundo a bordo. Pero el bardo no estaba del todo equivocado, o al menos no había forma de probarlo… la caja estaba vacía.

Saturday, March 21, 2009

Albatros vuelve a casa (LADCA No. 3, Vol 2)

Corría, o más bien navegaba, el año 996 desde la fundación del reino de Galifar. Alquimio Batros estaba en plena conformación de la que llegaría a ser la más efectiva tripulación pirata que jamás surcara los mares de Lhazaar… cuando la perdió. O más bien, ellos lo perdieron a él, en una noche de cantina y demasiada salasta. Y en esas estaba Albatros, ya escapado de la torre de Cortinus y habiéndose deshecho de la amenaza que representaba Turbantes, embarcado en el Sur-Cama-Res esperando que lo llevara, o acercara al menos, a la isla de Questor (donde recordaba haber visto por última vez a su querida Zaarita).

El Sur-Cama-Res se vio en plena travesía des-capitanado (que mirándolo en perspectiva es mucho mejor que verse des-cendiendo al fondo del mar con un cañón atado a la cintura, como le sucedía al ex-capitán de la embarcación tras ser arrojado por su tripulación amotinada). Pero lo peor de todo era que la tripulación amotinada estaba dividida en el bando del segundo abordo (un tal Gravos “el rayado”) y el del contramaestre (un half-orc llamado Cubiartos). La situación comenzaba a ser insostenible, del agua salubre solo quedaban gotas (se estaba agotando) y el Sur-Cama-Res no se había movido desde el motín. Si alguien no hacía algo pronto nadie saldría vivo de aquella, y como no podía ser de otra manera, Alquimio Batros ideó un plan. Está de más decir en qué consistió el plan, ya que no funcionó. Lo realmente importante es que los dos bandos de la tripulación se reconciliaron, acordaron una capitanía bipartita y abandonaron a Albatros en medio del mar (en un pequeño bote, eso si, después de todo a él le debían la reconciliación).

– Malditos piratas, ya no se puede confiar en nadie – se lamentaba el capitán de la Zaarita mientras remaba. No lo habían dejado tan lejos después de todo, ya que solo le tomó unos días divisar las costas de Port Verge, capital de Questor.

El desembarco fue rápido y sin mayores complicaciones, aunque bastante humillante. La última vez que estuvo en Port Verge Albatros fue visto en la Zaarita, uno de los barcos más rápidos de los principados (si no el más), y ahora regresaba en un botecito. No es que fuera la primera vez que le pasaba pero tampoco había por que echarle más leña al fuego, el apodo de “el plomo” no era algo que le agradara en lo más mínimo. Además, esta vez no había hundido ningún barco, o no que él supiera al menos. Alquimio Batros empezó entonces a caminar por la ciudad sin un plan definido, cuando vio en la calle un afiche con un bastante desfavorecedor retrato suyo, que decía: “Se Busca: Capitán Alquimio Batros. Si tiene información dirigirse a la Calera.” Él tenía información, su suerte empezaba a cambiar.

La Calera es una de las tabernas más antiguas de Port Verge, propiedad de un enano demasiado malhumorado llamado Celio Krutz. Krutz vivió la mayor parte de sus años en los Mror Holds, pero la dura vida en las minas de Mroranon estaba acabando con su espíritu y con su espalda, por lo que decidió buscar fortuna al este. ¿Y qué hay al este de los Mror Holds?, pues nada más y nada menos que los principados Lhazaar, donde Celio Krutz se unió a la tripulación del Miundo y conoció al entonces joven pirata Alquimio Batros. Krutz y Albatros vivieron algunas aventuras juntos en la mencionada embarcación, hasta que su capitán en aquel tiempo, el Forajido Bert, orquestó un pésimo abordaje al barco insignia de Talula Ironspine, la más terrible pirata enana de los mares de Lhazaar. El fallido intento de abordaje le costó la vida a más de la mitad de la tripulación del Miundo (capitán incluido) y un ojo a Celio Krutz, pero todo pudo haber acabado aún peor si el futuro capitán de la Zaarita (y del Miundo, aunque eso es otra historia) no se las ingeniaba para dirigir una retirada improvisada, salvando la vida de muchos piratas y la del mismo barco. Ya a salvo y en tierra firme Celio Krutz decidió que esa tampoco era vida para él, por lo que reunió lo que había logrado ahorrar en sus andaduras marítimas y subterráneas y compró una vieja taberna en Port Verge. Si bien desde entonces cada uno había tomado rumbos diferentes, la amistad ya había sido forjada (por un santo seguidor de Onatar, decía el enano) y Albatros y Krutz sabían que llegado el momento, podían contar el uno con el otro… aunque sin saber muy bien para qué.

Celio Krutz-p

Era medio día cuando Albatros llegó a la taberna y ésta ya estaba llena hasta casi reventar. Se abrió paso hasta la barra y saludó.

– Hola Celio, cuánto tiempo sin verte. ¿Qué novedades?

– Ninguna novedad, Batros. Novedad sería que me devuelvas las 800 doradas que te presté hace meses para tu expedición al norte, ¿recuerdas?

– ¿Los muchachos no te dejaron el dinero? – se apresuró a decir el capitán de la Zaarita, con la mejor cara de cojudo que pudo improvisar – pero si lo primero que les dije a penas llegamos a Port Verge fue “no se olviden de ir a pagarle a Celio Krutz”. – y acompañó la frase con un gesto educativo con su dedo índice – Tu sabes que yo siempre pago mis deudas, Celio, y más aún cuando se trata de alguien como tu, un amigo, que digo, hermano, compañero de tantas aventuras.

– Pues ni tu gente me trajo nada ni yo te creo una palabra. Ahórrate el discurso y desembolsa.

– Sucede que justo ahora estoy limpio…

– Eso sí es novedad – respondió el enano riendo.

– …pero buscaré a los muchachos – siguió Albatros como si con él no fuera la cosa – que ellos son los que tienen el dinero de la deuda. Por cierto, ¿tienes idea de donde puedo encontrarlos?

– Estuvieron por aquí anoche y dijeron que volverían para almorzar. Creo que llevan esperándote bastante tiempo ya, Batros. Yo hubiera seguido mi camino al par de días sin verte… - pero ni bien hubo terminado de decir esto el enano, la puerta de la taberna se abrió y dos figuras conocidas para el capitán de la Zaarita aparecieron.

- ¡Capitán, está vivo! – dijo Danubio sorprendido al ver a Albatros conversando con Celio Krutz, a lo que Segundo agregó – Donde se había metido, creímos que se lo había tragado el mar.

- Es una larga historia, ya habrá tiempo para eso después – respondió Alquimio Batros sonriendo, a lo que agregó mientras salía de la taberna – Ahora por favor páguenle a Celio y yo los esperaré afuera.

Ni el ruido de vasos estrellándose contra las paredes ni el ver a sus dos tripulantes cruzar la puerta corriendo sorprendió al capitán de la Zaarita, quien se les unió al instante y juntos se alejaron a paso veloz de la Calera y del iracundo enano.

Barra Bandera Albatros

Las puestas al día no tomaron demasiado tiempo, como Albatros había previsto. Éste contó a su tripulación de su estadía en la torre de Cortinus y de la odisea que representó el poder llegar hasta Questor, aunque sin entrar en demasiados detalles sobre su encuentro con Turbantes (como solía hacer con todo lo relacionado a su pasado Chesumarense). Segundo, por su parte, relató cómo habían registrado hasta la última piedra de la ciudad en su búsqueda, cómo persiguieron a una sospechosa embarcación de halflings que zarpó al par de días de su desaparición, cómo (por un extraño fenómeno climático-presurizante inexplicable) todo el alcohol de la Zaarita se había evaporado, y finalmente cómo, tras convencerse de que los halflings no tenían nada que ver en el asunto (convicción que llegó justo cuando los perdieron de vista), habían decidido regresar a Port Verge con la esperanza de encontrarlo ahí (y reabastecer a la Zaarita de salasta). Y con todo esto dicho, ahora la Zaarita se deslizaba sobre las aguas, casi rozándolas, con destino a Skairn. Ahí, Danubio había escuchado decir a unos gnomos en Port Verge, se dirigía un barco encubierto de la casa Kundarak, transportando valiosos bienes desde Dreadhold; y como no podía ser de otra forma, Albatros y compañía tenían planeado interceptarlo.

Los días habían ido pasando con Alquimio Batros al mando del timón y Segundo al lado, tomando notas de la travesía; con Danubio pegando de gritos a la guardia; con Chino viejo instruyendo a Grillo sobre los deberes de un pirata tipo B; y con Tito parado casi sobre el espolón, con su maul al hombro y la mirada perdida en el horizonte; hasta que…

– ¡Capitán, barco a la vista… cinco pasos a estribor! – se oyó a Cosofrito gritar desde la punta del mástil mayor. Albatros sacó su largavistas y enfocó.

– Cinco pasos a estribor Segundo, es un galeón – respondió el capitán de la Zaarita, pero entonces pareció dudar. Había algo extraño ahí, el galeón tenía las velas recogidas y estaba inmóvil. La distancia entre los dos barcos se fue acortando y Albatros pudo enfocar mejor: la embarcación estaba ladeada, uno de sus mástiles había caído y había un gran agujero en el casco de la nave… el galeón se estaba yendo a pique.

Barco hundiendose

Thursday, March 12, 2009

Perdido y encontrado (LADCA No. 2, Vol 2)

La lluvia empezó a arreciar y un conejo se ocultó en su madriguera. Lo único que se escuchaba en el bosque era el golpe de las gotas contra las hojas de los árboles. El suelo empezaba a ablandarse y hacía cada vez más difícil la caminata. Cuatro pares de ojos observaban con curiosidad, ocultos tras un arbusto, a la figura que se iba abriendo camino entre ramas y matorrales. Un rayo iluminó de repente el paisaje y los cuatro pares ojos notaron la expresión agotada en el rostro de la figura, que ahora se acercaba hacia ellos. La figura se detuvo a unos 5 pies de los ojos y se puso de rodillas. Parecía que no podría dar un paso más, tenía la cabeza hacia abajo y la mirada clavada en el piso. De pronto la figura apoyó su mano libre en el suelo y se llevó la del cutlass al pecho, hizo un sonido muy parecido a una arcada y se desplomó, salpicando de barro a la araña gigante que había venido siguiendo cada uno de sus movimientos.

Alquimio Batros no entendía lo que estaba pasando. Se encontraba en posición fetal dentro de lo que parecía ser un gran horno y de vez en cuando se abría la puerta para que un grasoso cocinero lo pinchara con un tenedor. Sin entender tampoco por qué, se empecinaba en decirle al cocinero que aún faltaba un poco más, que por favor pusiera unas papas y unas cebollas dentro y que de ser posible tuviera lista la salsa de mostaza para cuando saliera de ahí. La puerta del horno se volvió a cerrar y la temperatura se elevó.

− Buena idea − pensó el pirata − así me doraré por afuera.

− ¿Qué has dicho? − escuchó decir a una voz muy lejana.

− Qué es una buena idea subirle al fuego, porque así… AUCH!!! − la puerta del horno se había vuelto a abrir y el cocinero gordo volvió a pinchar al capitán de la Zaarita. Luego se retiró un poco, tomó un balde y volvió a mirar adentro del horno. “Genial, la salsa de mostaza”, pensó Alquimio Batros, mientras el cocinero gordo tomaba vuelo para arrojar el contenido del balde dentro del horno.

Alquimio Batros despertó de golpe, totalmente mojado. De un tiempo a esta parte se había vuelto común que tuviera pesadillas, pero normalmente involucraban busquedas de tesoros que se le escapaban, y definitivamente nunca despertaba de aquella manera. Una vez conciente de que estaba despierto, tuvo que forzar la vista para poder distinguir a los dos halflings que tenía al frente.

− Creímos que estaba muerto hasta que empezó a hablar esas tonterías acerca de papas y cebollas. − dijo uno de los halflings. − ¿Qué hacía deambulando por el bosque de noche? ¿Acaso no sabe que no es un lugar seguro cuando ya se ha ocultado el sol?

− ¿Bosque?, ¿de qué estás hablando?, tú, remedo de niño − debía estar ebrio, pensó, en lugar de estar viendo doble parecía estar viendo medio. Hizo un gran esfuerzo para ponerse de pie y tuvo que entrecerrar los ojos para poder enfocar, había demasiada luz para su gusto. Al dar una rápida inspección a los alrededores comprobó que, efectivamente se trataba de un bosque, o por lo menos era la concentración de árboles, arbustos y plantas en general, más parecida a un bosque que jamás hubiera visto.

− ¿Dónde estoy? – preguntó el pirata.

− En el Bosque – respondió el otro halfling esta vez.

Es culpa mía, pensó Albatros, por hacer preguntas estúpidas, tras lo que volvió a preguntar – ¿y dónde es que está ubicado este bosque?

− Pues aquí, por supuesto.

El capitán de la Zaarita perdió toda esperanza de tener una conversación sensata con sus dos interlocutores, así que se limitó a asentir con la cabeza y agregar: “por supuesto”. Los dos halflings se rieron de él, se despidieron con una exagerada reverencia y se marcharon, perdiéndose entre los arbustos.

− Ahora no queda más que volver a la Zaarita – se dijo a si mismo Alquimio Batros, pero no se movió. Era obvio que no tenía la menor idea de donde podría encontrar su barco, lo cual sumado a la incertidumbre sobre su ubicación actual, daba como resultado un gran problema. Miró al cielo en busca de orientación pero el sol estaba justo sobre su cabeza (cabeza que le hizo bajar, pues sus ojos aún no estaban listos para tan brillante espectáculo). Cambió de idea, “No queda más que esperar” pensó, y se tumbó en el piso a esperar que el sol le indique donde estaba el norte.

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Alquimio Batros, según su cuenta personal, llevaba 8 días desde que escapó de la torre de Cortinus y desde entonces había estado deambulando sin rumbo por bosques desconocidos. Los dos halflings a los que se acababa de encontrar eran los únicos seres inteligentes… se corrigió, seres parlantes… con los que se había cruzado en todo este tiempo. Ni un río, ni un camino, nada. Se le estaba haciendo realmente difícil ubicarse. El tiempo fue pasando y el sol empezaba a moverse.

− Para allá es el oeste, entonces aquel es el norte y… – a quien quería engañar, pensó, de que le podía servir saber para donde estaba el norte si no sabía para donde quería ir. Los últimos dos días había estado caminando hacia el norte, ¿así que por qué no seguir en esa dirección? Tras meditar un rato sobre el asunto, recordó que tenía muchísima hambre (no había comido en tres días) así que buscó algunas huellas que lo llevasen hasta su próximo almuerzo. Lástima que fuera un pirata y no un guardabosques, tal vez de esa manera no hubiera seguido las huellas de un gran oso pensando que eran las de un apetitoso pollo a la brasa.

− ¡Te tengo! – gritó en voz alta afuera de la cueva a la que lo habían guiado las huellas – ¡sal de una vez y trae papas fritas contigo! – No hubo respuesta – ¡Voy a contar hasta 10 y si no sales entraré por ti!… ¡uno!… ¡dos!… ¡tres!… ¡cuatro!… Bah, tengo demasiada hambre, ¡voy a entrar!

Resulta increíble de donde puede sacar fuerzas un ser humano en momentos de desesperación, porque con tres días sin probar bocado, caminando día y noche, expuesto al más inclemente clima, hay que ver lo rápido que corrió Alquimio Batros para escapar de la mamá oso que lo esperaba ya con la mesa servida para alimentar a sus pequeños oseznos. No es que fuera una carrera demasiado larga tampoco, a los pocos minutos el pirata tropezó con una roca, rodó por una pendiente y fue a dar a un río, el cual lo arrastró el resto del camino que duró la persecución. Ya con mamá oso perdida de vista, el capitán de la Zaarita nadó hasta la orilla y prosiguió su caminata, esta vez siguiendo el cauce del río, resignado a alimentarse de frutos y tierrita.

La ciudad de Cliffscrape recibió al desfalleciente Alquimio Batros con los brazos abiertos (y los platos servidos). Devoró todo lo que pudo la noche en que llegó y cayó rendido en una habitación que alquiló por 5 piezas de plata (la cual probablemente valía menos que eso en cobre). Al día siguiente se encargó de hacer las averiguaciones respectivas y de ubicar un barco que se dirigiera a la isla de Questor, donde era la última vez que había visto a su tripulación. No entendía como es que había terminado tan lejos. Es cierto que aún tenía una laguna en su memoria (mal por él, lo suyo eran los mares), entre el día en que desembarcó en Port Verge y el día en que despertó en la torre de Cortinus, pero aún así no entendía como había podido cruzar casi medio Lhazaar sin darse cuenta.

El barco que encontró no salía hasta la mañana siguiente, así que decidió ir a almorzar algo. Ya se sentía completamente recuperado y no planeaba volver a ser estafado por una comida y una habitación en la posada donde se estaba quedando, por lo que preguntó un poco en la plaza y terminó en la taberna del Cuadro. Ahí pudo pedir por fin un pollo a la brasa con papas fritas y comérselo, que era lo más importante. Habiéndole dado ya trámite al pollo, Alquimio Batros se disponía a retirarse cuando…

- Pero miren lo que nos trajo la marea. Que me trague un Dire Shark si no se trata del mismísimo Alquimio Batros. – Dijo, levantándose de una mesa, un personaje con cara de haber sido acuchillado demasiadas veces en su vida.

Turbantes

- Turbantes – respondió Albatros extrañado, al ver quien lo saludaba – no puedo decir que sea un gusto verte, pero ciertamente es una sorpresa. Te hacía pudriéndote en alguna celda de Regal Port.

- Tu sabes como son esas cosas Al, un día estás aquí, otro estás por allá. Pero siempre mirando al horizonte sin importar lo mal que te trate la vida. Después de todo, ¿sabes que le gusta dar revanchas, no es así? – Alquimio Batros no respondió. No sabía si se refería a alguna revancha que se hubiera tomado en el pasado el capitán de la Zaarita o a alguna pendiente entre ambos piratas. Pensándolo bien, las dos hipótesis resultaban completamente válidas.

- Bueno - dijo finalmente Albatros – por más que esté disfrutando de esta charla, me temo que ya debo partir. Turbantes, señores – y se despidió con una reverencia de su interlocutor y de los cinco maleantes que lo acompañaban, aún sentados en la mesa.

- Vamos ex-camarada, te invito una salasta, por los viejos tiempos – pero fue inútil, Alquimio Batros acababa de salir de la taberna.

Barra Bandera Albatros

Gorgonzola regresó bastante tarde aquella noche. Su jefe le había ordenado seguir al sujeto con quien se encontró hacía unas horas en la taberna del Cuadro, y cara de queso había cumplido estas órdenes a la perfección. Su relato fue corto pero conciso: Alquimio Batros se estaba hospedando en el Calamar Hambriento y estaba solo. Josefino Tuertas, más conocido como Turbantes por los sombreros que siempre llevaba puestos, reunió a sus chacales y los seis se perdieron en la oscuridad de la noche.

Barra Bandera Albatros

Alquimio Batros acababa de quedarse dormido cuando un ruido afuera de su habitación lo despertó. Al otro lado de la puerta, alguien estaba tratando de forzar su cerradura y al parecer no le estaba yendo muy bien.

- Ya déjalo, bueno para nada – intervino Turbantes – Galón, encárgate tu de derribar esta puerta. De todas formas, con todo el ruido que este queso rancio acaba de hacer, seguro que Albatros ya nos habrá escuchado. - Y vaya si Turbantes tenía razón, pues ni bien Galón abrió la puerta con una patada, un rayo cruzó la habitación e impactó en el rostro de éste, derribándolo. Todos se apartaron de la puerta al ver lo que acababa de ocurrir. La habitación estaba casi en completa oscuridad, con excepción de la tenue luz que entraba por la puerta derribada. Turbantes asomó media cabeza, pero no pudo distinguir a nadie dentro del cuarto.

- ¿Habrá sido una trampa? – se preguntaba, pero justo cuando se disponía a entrar otro rayo iluminó brevemente la habitación y le arrancó el apodo de la cabeza.

Turbantes volvió a cubrirse y observó a los que lo acompañaban. Gorgonzola se ocultaba detrás suyo con cara de no saber que hacer. Galón seguía tirado en el piso y era difícil saber si estaba inconsciente o sin vida. Cobalto y Tunisio, los hermanos Covacha, se encontraban al otro lado de la puerta mirando a su jefe como esperando instrucciones. Finalmente estaba Doloflam, el medio elfo (como le gustaba que lo llamen), detrás de los hermanos, con sus dos ballestas cargadas y listas.

Turbantes hizo unas señas con las manos y todos asintieron. Cobalto y Tunisio se pusieron de pie y entraron corriendo a la habitación blandiendo sus hachas de mano, pero un nuevo rayo le dio de lleno al primero en el brazo izquierdo, deteniendo su carrera. Justo detrás de los hermanos entraron Turbantes y Gorgonzola, armados con un rapier y dagas respectivamente. Cerrando cualquier intento de huída, Doloflam, el medio elfo, se posicionó bajo el marco de la puerta con sus dos ballestas apuntando al frente.

Tunisio, al haber visto de donde provino el rayo, se abalanzó contra Albatros, pero el pirata logró esquivarlo. Gorgonzola se escabulló a un extremo de la habitación y encendió una lámpara. Ya con luz, la escena no pintaba bien para el capitán de la Zaarita. Cobalto se había reincorporado a la pelea y junto con su hermano flanqueaban a unos 5 pies de distancia a Albatros, quien ya había guardado su wandstol[1] y se encontraba desarmado. Frente a él, a una distancia prudente, Turbantes reía con una expresión triunfal en su rostro.

- Duro con él, muchachos – ordenó el desapodado, y en lo que los hermanos Covacha se demoraban en asentir y dar un paso adelante para atacar, Alquimio Batros desenvainó su rapier y su cutlass y atestó a Tunisio tres golpes mortales en el pecho, tras lo cual dio un tajo a Cobalto en el cuello, terminando con la intervención de los hermanos Covacha en esta historia. Pero tal acción no iba a salirle gratis. Ni bien acabó de despachar al último Covacha, dos virotes lo hirieron en el estómago dejándole un extraño ardor en una de las heridas. Doloflam, el medio elfo, soltó sus dos ballestas, sacó dos dagas y dio un paso hacia adelante. Por si esto fuera poco, Gorgonzola vio que esta era la oportunidad de voltear la tortilla y cargó contra Albatros. Si bien el golpe de la carga no fue tan duro, la nueva disposición del combate le permitió a Doloflam, el medio elfo, posicionarse detrás del capitán de la Zaarita y flanquearlo, junto con cara de queso. Y fue ahí que la cosa se puso fea. Espadazos van, sneak attacks vienen, los dos choros de Turbantes tenían en jaque a su oponente, el cual se dedicaba solo a atacar a Gorgonzola, por parecerle el que más rápido podía caer. Pero la diosa fortuna volvió a jugar un papel determinante en el desenlace del encuentro, pues cuando parecía que Albatros iba a poder por fin deshacerse de uno de sus contrincantes, erró el golpe y se le cayó el cutlass de la mano.

Turbantes solo reía y observaba la pelea, no estaba dispuesto a arriesgar el pellejo, sobretodo cuando sus dos chacales tenían tan bien controlada la situación. Pero contrario a lo que pensaron todos los involucrados (Albatros incluido), la pérdida del cutlass fue lo que terminó inclinando la balanza a favor del capitán de la Zaarita. Con el rapier que aún tenía en la mano, Alquimio Batros atestó dos certeros golpes a Gorgonzola, el cual cayó como costal de quesos, dejando a Doloflam, el medio elfo, solo. Pero ahí no terminaba todo, porque antes de que alguno de sus enemigos pudiera reaccionar, Albatros sacó una daga de su cinto y se la clavó en el estómago a su otro oponente, torciéndola un poco una vez dentro para que duela. El medio elfo, Doloflam, pareció sufrir bastante el último golpe recibido, pues el dagazo que soltó en represalia no tuvo demasiada convicción ni puntería. Con las cosas como estaban un combate cuerpo a cuerpo no resultaba lo más ventajoso, así que el último de los asesinos de Turbantes decidió retirarse. Y ahí fue que se terminaron de desbaratar los planes de Josefino Tuertas, porque cuando Doloflam, el medio elfo, retrocedía atemorizado, Albatros le atravesó el cuello con su rapier y acabó con él. Turbantes, al ver que ya no tenía nada que hacer ahí, corrió hacia la puerta, pero una daga se clavó en la pared a pocos centímetros de su hombro y detuvo su huida.

- A donde vas, viejo amigo, me pareció oír hace un rato que me invitabas una salasta – dijo el capitán de la Zaarita a pesar de estar seriamente herido. El combate contra Gorgonzola y Doloflam, el medio elfo, junto a la herida que le abrió uno de los virotes recibidos, lo habían casi mandado al otro lado. Pero con todo y todo, no iba perder la oportunidad de revolcarse en la desgracia de su antiguo rival. Turbantes hizo una mueca y salió corriendo de la habitación. Alquimio Batros avanzó lentamente hasta cruzar la puerta y tras asegurarse de que no había nadie por ahí, regresó al cuarto. Entonces se dirigió hasta una mochila que se encontraba bajo su cama y sacó de ella una poción que se apresuró a beber. Sintiéndose ya un poco mejor, dio una rápida mirada a su alrededor. La habitación era un desastre, cuerpos regados por el piso, muebles rotos, sangre manchándolo todo… “al menos esto les enseñará a no cobrarme de más por un antro como este”, dijo para si mismo.


[1] Las wandstols, también conocidas como varistolas, son varitas mágicas con una forma bastante particular. Cualquiera que provenga de un mundo donde exista la pólvora no dudaría en llamar a este objeto una pistola, aunque carezca de gatillo (porque si tuviera gatillo sería pistola y en Eberron no hay pistolas). A pesar de su innegable utilidad, son pocos los personajes capaces de utilizar una wandstol y menos aún las wandstols existentes, por lo que cada disparo es reservado para ocasiones realmente especiales.

Wednesday, March 4, 2009

Cortinus (LADCA No 1, Vol 2)

Alquimio Batros se despertó en medio de la oscuridad, recostado sobre una superficie demasiado dura para su gusto. Tenía el cuerpo, del cuello para abajo, totalmente inmovilizado y la cabeza a punto de estallar con un fuertísimo dolor. Esto era lo que más le molestaba, el dolor no lo dejaba pensar (y no es que fuera uno de sus fuertes, pero de todos modos era frustrante). Además no lograba recordar nada de la noche anterior. Tras un buen rato de dolores y frustraciones, se dio cuenta de que mientras más intentaba averiguar como deshacerse de aquél dolor, más le dolía y menos averiguaba. Curioso círculo vicioso en el que se encontraba, pensó (y le volvió a doler la cabeza), así que se le ocurrió, a la luz de los acontecimientos y con dolor incluido, un plan para liberarse de su malestar: dejar de pensar como liberarse de su malestar. Algo parecía no tener mucho sentido en aquel plan y Alquimio lo sabía, pero no tenía la menor intención de profundizar en el tema por temor a alguna represalia cefálica.

Las horas fueron pasando con el capitán de la Zaarita aún en la oscuridad, aún inmóvil y aún con un fuertísimo dolor de cabeza, pero tratando de no profundizar en nada. Aburrido de tanto nada, o de tan poco todo, decidió que era momento de abandonar su plan inicial e idear uno nuevo, lo que le ocasionó el más agudo de los dolores que había sentido hasta ese momento. Pero justo cuando se disponía a poner en marcha su segundo plan, una puerta se abrió dejando pasar algo de luz en la habitación y dando forma a una extraña figura.

Haciendo un paréntesis, vale la pena mencionar que el hecho de que se abriera la puerta en ese preciso momento es una de las tantas pruebas de la innegable buena suerte de Alquimio Batros, pues su segundo plan involucraba morderse el cuello hasta arrancarse la cabeza, para ponérsela nuevamente cuando le hubiera pasado el dolor. Los que no conocen a Alquimio Batros podrían pensar que se trataba de un plan absurdo (y no estarían lejos de la verdad, pues además de absurdo se trataba de un plan demasiado estúpido), además de que resultaría imposible para cualquier ser humano morderse el cuello. Pero la verdadera verdad es que uno nunca debe subestimar a Alquimio Batros, y menos aún cuando se trata de hacer cosas absurdas y demasiado estúpidas.

Dejando de lado el paréntesis, la extraña figura se acercó, como tambaleándose, hasta la mesa donde se encontraba recostado el capitán de la Zaarita y donde una serie de grilletes lo mantenían apresado. La luz y la cercanía revelaron que lo único extraño de la figura (si es que a eso se le puede calificar como “lo único”) era que llevaba puesto un alto sombrero de 3 puntas, un gran aro alrededor de la cintura (que parecía estar haciendo hula-hula constantemente) y dos especies de largos conos en cada rodilla (uno delante y el otro detrás), que eran los culpables de su extraño caminar.

− Veo que ya despertaste − dijo la ahora perfectamente normal figura de un humanoide, aunque con un pésimo sentido de la moda y con una voz algo irritante. − Ya era hora, sabía que mi suero era efectivo pero nunca pensé que te tumbaría por tantos días.

− ¿Cuántos días han pasado y donde estoy? − preguntó el pirata, sorprendido de poder hablar a pesar del dolor.

− Llevas en mi torre 4 días y 3 noches, pero agradeceré que no me hagas más preguntas. Por uno de esos caprichos de la vida y las pociones, no podré dejar de decir la verdad en al menos un par de semanas más.

Interesante, pensó Albatros, acto seguido volvió a preguntar − ¿Quién eres, por qué me trajiste a tu torre y por qué me tienes inmóvil?, tu, pedazo de tonto con ropa horrible (fue el mejor insulto que se le ocurrió dadas las circunstancias).

− Mi nombre es Cortinus y me apasiona la magia arcana. Estás inmóvil para que no intentes escapar y te traje aquí porque te necesito para probar mi último invento: el deshuesador insitu, muy útil en la cocina y fiestas infantiles debo agregar. Creí haberte pedido que no me hicieras más preguntas − repitió la el pedazo de tonto con ropa horrible, y con un movimiento de sus manos y unas extrañas palabras cosió la boca de Alquimio Batros (o al menos eso creyó el pirata).

− Buobuobuo buobuobuo − replicó el pirata con la boca cosida, sin estar muy seguro de lo que estaba diciendo.

− Maldito Comprehend Languages, cuando aprenderé a quitármelo al terminar de leer mis novelas. Mira, la verdad no tienes por que preocuparte. Se que piensas que es muy malo lo que te está pasando, pero en realidad es un honor ser el conejillo de indias de mi nuevo invento. Es muy sencillo, ¿has visto como algunos magos hacen el truco ese de jalar un mantel y retirarlo de la mesa sin siquiera desacomodar los platos y copas que habían sobre él? Pues bueno, mi truco es bastante similar, solo que en lugar de jalar un mantel te extraeré los huesos dejando tus músculos, piel y demás órganos intactos.

Un rugido como de 10 leones se escuchó afuera de la habitación, y para la intranquilidad de Alquimio Batros, relativamente cerca.

− ¿Quisquirípiri, eres tú? ¿Te está volviendo a doler el estómago? − gritó en respuesta “payaso loco” (como empezaba a llamarlo Albatros en su mente), tras lo cual se dirigió nuevamente a su huésped cautivo − Cuantas veces tendré que decirle que no coma más de dos Gnolls entre comidas. Es un problema educar correctamente ¬a un… − y se retiró de la habitación murmurando entre dientes su última frase.

El capitán de la Zaarita, al escuchar cerrarse la puerta y ver como todo se iba oscureciendo nuevamente, trató desesperadamente de llevar acabo su último plan. El único problema era que con la boca cosida sí que resultaba imposible morderse el cuello. A lo más podía aspirar a peñiscarse un cachete por adentro, pensó, pero eso no resolvería ninguno de sus problemas.

Mientras tanto, en la Zaarita, tururururú…

Barra Bandera Albatros  
− Vamos muchachos, saben que es lo que el capitán Albatros hubiera querido − argumentaba Danubio al resto de la tripulación, tratando de convencerlos de que lo mejor que podían hacer en ese momento, descapitanados como estaban, era tomarse hasta la última gota de alcohol del barco. Y valgan verdades, no fue muy difícil convencerlos.

Los barriles y botellas de salasta fueron saliendo y la gente empezó a animarse. El sonido de los cristales al brindar y las risas de todos hacían que la Zaarita resultase un lugar bastante agradable para una llevar a cabo una desgraciada como esa (desgraciada le llamaban por el estado en el que solían terminar). De pronto un sonido metálico, como un golpeteo de cucharas (sin mucho ritmo pero con muy buena intención), hizo que todos entonasen:

Oooooooooooohhhhh,
Pirata soy yo, te guste o no,
y al mar llamamos hogaaaaaar,
tomamos salasta hasta decir basta,
acá chupan todos y muy entusiastas.

Pirata soy yo, te guste o no,
nos encanta acuchillaaaaaar,
lanzar unos dardos, jugar a los dados,
Saquear algún barco y al de los helados.

Pirata soy yo, te guste o no,
no nos vayas a arrechaaaaaar,
te hacemos burrito si nos da la gana,
a menos que quieras que pierda tu hermana.

Pirata soy yo, te guste o no,
no lo vayan a olvidaaaaaar,
la Sara pequeña es nuestra barcaza,
y ahí es donde uno se siente en casa…


Terminada la canción todos volvieron a lo suyo. Siguieron corriendo las botellas, siguieron abriéndose los barriles y los tripulantes de la Zaarita siguieron con lo que se habían propuesto. Y la cosa terminó de la única forma en la que podía terminar… en desgracia. No es que hubiera demasiado alcohol en la embarcación, sino que no eran tantos los que se disponían a tomárselo. Entiéndase por esto que no hubiera sido tanto alcohol si, en lugar de la tripulación de la Zaarita, se hubiera tratado, digamos, de un pequeño clan de enanos (no más de 45 o 50), que tras 80 años de trabajos forzados en alguna de las minas de los Mror Holds, sin siquiera un día de descanso y sin probar líquido alguno que no fuera extracto de roca (la cual, valgan verdades, no da mucho jugo que digamos), se ven recompensados de repente con una semana libre y carta blanca para tomarse todo lo que puedan en la taberna del pueblo más cercano.

El resultado de aquella desgraciada fue que: Segundo perdió sus cucharas, Danubio trató de enseñarle a Cosofrito y a Grillo a bailar a punta de latigazos, Grillo aprendió a bailar, Cosofrito descubrió que lo suyo no era ni el baile ni los latigazos, el Zurcado y el Glasas se enfrascaron en una larga discusión acerca de el origen de la vida y llegaron a la conclusión de que lo más pequeño es el éter, el Doc encontró las cucharas de Segundo al indagar sobre el por qué le resultaba tan incómodo estar sentado (nadie más quiso indagar al respecto), Tito se oxidó la mandíbula y Chino viejo se quedó dormido por 4 días y 4 noches.

Barra Bandera Albatros
El efecto del suero comenzaba a disiparse, sus músculos empezaban a responderle y la cabeza le dolía un poco menos. El hechizo que le cosía la boca había desaparecido ya, pero Albatros no planeaba hacer ningún sonido que llamar la atención de su captor o de su mascota come Gnolls. Con la cabeza en mejor estado no tenía sentido seguir con su plan inicial de arrancársela a mordidas, ahora podía intentar otras formas de librarse, muchas de ellas menos dolorosas. Finalmente decidió que si no podía levantarse de la mesa la mesa tendría que levantarse con él, y empezó a balancearse de un lado a otro con la intención de voltearse con todo y mueble. Todo salió como estaba planeado, solo que un poco más doloroso y con bastante más bulla, pero ya estaba hecho y para suerte del capitán de la Zaarita, los grilletes que lo sujetaban se aflojaron y pudo liberarse de ellos. Acto seguido se puso de pie, caminó silenciosamente hacia donde recordaba que estaba la puerta y en la oscuridad le dio un golpe con la canilla a un banco de piedra (de mierda fue lo que pensó Alquimio Batros, pero estaba equivocado, el banco era piedra). Logró contener el grito de dolor con muchísimo esfuerzo, sus dos manos y unos saltitos en una pierna, pero al parecer la habitación se encontraba llena de obstáculos, pues al tropezar con un segundo banquito fue a dar de cara contra una pequeña mesa que se volteó arrojando al suelo algunas botellas y frascos que hicieron mucha bulla al destruirse contra el piso. La escena se repitió con Alquimio Batros poniéndose de pie, avanzando hacia la puerta y pateando el mismo banco de piedra, solo que esta vez prefirió morderse los labios antes de empezar a saltar (lo cual no es que fuera menos doloroso, pero si menos improductivo). Caminando con un poco más cuidado, el capitán de la Zaarita logró llegar hasta la puerta. Abrió la cerradura y la empujó solo un poco, como para ver a través de una rendija si había alguien afuera.

Ahora bien, muchos querrían utilizar el ejemplo de lo que ocurrió a continuación como una prueba fehaciente de que Alquimio Batros no siempre tenía buena suerte, pero en realidad se trata de todo lo contrario. Al romper en pequeños pedacitos los frascos y botellas que se encontraban sobre la pequeña mesa, una pequeña cantidad de un extraño líquido se derramó formando un pequeño charquito. Una pequeña rata que pasaba por ahí no tuvo mejor idea que darle una pequeña probadita a la pequeña cantidad de liquído derramado, el cual tenía un sabor asquerosamente desagradable e hizo que la pequeña rata saliera corriendo de la habitación en busca de un poco de agua, y al cruzar la puerta activara la alarma. Nada de esto calificaría como prueba de la buena suerte de Alquimio Batros si éste no hubiera perdido el equilibrio cuando la rata pasó entre sus piernas, si no hubiera trastabillado hacia atrás y si no se hubiera resbalado con la pequeña cantidad líquido derramado, chocando aparatosamente contra una especie de armario que se vino abajo con el pirata, regando por el piso todo el equipo del capitán de la Zaarita.

Tras ponerse todo su equipo de vuelta, Alquimio Batros hubiera querido ocultarse pero no tenía ni idea de donde, el cuarto se encontraba aún en penumbras y no lograba distinguir nada que pudiera servirle como escondite. De pronto escuchó los pasos de alguien que se acercaba, así que optó por al menos oponer resistencia si no podía pasar desapercibido. Grande debe haber sido su sorpresa al comprobar que el banco que estrelló en la cabeza del Gnoll, que acababa de entrar a la habitación, no era del material que él pensaba, sino efectivamente de piedra, y de una muy dura, pues dejó al hombre-perro inconsciente tirado en el piso.

Alquimio Batros tomó las llaves que el Gnoll llevaba consigo, salió rápidamente de la habitación y, desubicado como estaba, corrió sin dirección por unos minutos entre puertas, pasillos y escaleras, hasta que al cabo de un rato se topó con una gran puerta que no pudo abrir. La puerta se veía mucho más segura y resistente que las demás, además de tener un mejor acabado y unos extraños símbolos (indescifrables para el pirata) grabados sobre ella. Alquimio Batros se dispuso entonces a probar las llaves que tenía, hasta que a la decimoquinta llave la puerta se abrió y un conejo salió corriendo. Por más que aquello resultara muy extraño, la curiosidad pudo más y Alquimio Batros entró al salón que ahora se mostraba ante sus ojos. Éste era amplio y bastante alto, tal vez como dos niveles de la torre, exageradamente decorado por muebles rotos y con un desorden general que hacía pensar que nadie lo limpiaba hacía mucho tiempo (o que una bestia de 15 pies de alto y 200 toneladas vivía ahí… y por eso nadie lo limpiaba hacía mucho tiempo). El capitán de la Zaarita cerró la puerta tras de él y fue avanzando sigilosamente. Tras haber caminado unos 30 pies, una fuerte ráfaga de viento (con muy mal olor dicho sea de paso) le voló su sombrero de la cabeza. Se dio vuelta y se agachó para recogerlo, cuando algo se posó sobre él, haciendo una extraña sombra. Se preguntó que haría una nube con forma de cabeza de perro dentro de una torre, levantó la vista y se encontró con un Mivilorn que lo miraba con cara de...

Antes de continuar, otro paréntesis: Los Mivilorns son enormes criaturas mágicas extraplanares (aunque eso depende de en que plano estén), que se asemejan a un cruce entre un elefante y un perro. Es bien sabido que los Mivilorns poseen diferentes caras dependiendo de la comida que les toque. Un consejo bastante práctico para reconocer las caras de los Mivilorns implica conocer, con la mayor precisión posible, el momento del día en el que se lo encuentra. Por ejemplo, si un Mivilorn lo mira fijamente a uno entre las 7 y las 11 de la mañana, es muy probable que lo esté mirando con cara de desayuno. Si en cambio la mirada se da entre el mediodía y las 3 de la tarde, la cara del Mivilorn posiblemente será una cara de almuerzo. Algo peculiar sucede con la cara de los Mivilorns entre las 5 de la tarde y las 9 de la noche. En este caso resulta complicado deducir si la cara del Mivilorn es de lonchecito, o de cena. Algunos expertos en la materia afirman que esto depende de que tan contundente fuera el almuerzo del Mivilorn. Otros, creen que en realidad la cara del Mivilorn es la misma y que es la victima la que se pone en el lugar de uno o de otro (incluso hay algunos psicólogos que piensan que poner a un paciente frente a un Mivilorn, alrededor de las 6:30 de la tarde, es una excelente forma de determinar el nivel de autoestima de éste, al saber si se considera un simple bocadillo o una buena comida). Finalmente, un grupo de científicos originarios de una isla lejana han agregado una nueva cara al Mivilorn, la única que no posee un rango de tiempo sino una hora exacta, las 5 de la tarde… la cara del té. Todo esto, obviamente, se trata de especulaciones, pues no se tiene conocimiento de alguien que hubiera presenciado más de una de las caras de un Mivilorn y haya sobrevivido para contarlo (o hacer un identikit). Se adjunta la pintura hecha por un artista anónimo para que se tenga una idea de cómo se ve un Milivorn. Se desconoce la hora en que fue retratada la bestia así que saquen sus propias conclusiones.

Cuadro Milivorn con marco copy
Alquimio Batros se preguntó que hora sería, pero como aún seguía algo desorientado no le quedó más que adivinar. Estudió la expresión del Mivilorn y tras unos segundos concluyó: cara de desayuno. Acto seguido, se preguntó si mojar sus pantalones podría ser considerado como una muestra de valentía en alguna cultura, y como podría hacer para volverse de esa cultura. Finalmente decidió que si se lo iban a desayunar al menos querría saber feo y dio rienda suelta a su vejiga. La puerta se abrió detrás de él y apareció Cortinus.

− ¿Qué estás haciendo aquí, no sabes acaso que es la hora de comer de Quisquirípiri? − preguntó Cortinus sorprendido por la presencia del pirata. Tras de él entraron tres Gnolls, sujetando cada uno una vaca.

− Lamento interrumpir, disculpen… pero no se preocupen, regreso luego − y Alquimio Batros trató de retirarse haciendo una reverencia con una sonrisa y su sombrero aún en la mano (la sonrisa en la cara obviamente), pero los Gnolls le cerraron el paso. Las vacas, por su parte, decidieron que lo más adecuado, dadas las circunstancias, sería imitar al pirata (y lo hubieran hecho a la perfección de haber tenido pantalones).

− Quisquirípiri, descuida, puedes comerte a este intruso. Yo buscaré a alguien más para probar el deshuesador in situ. − pero Quisquirípiri hubiera sorprendido al mayor de los expertos, pues parecía haber desarrollado una nueva cara: cara de buffet.

El Mivilorn, de un salto que golpeó el techo e hizo que la habitación temblara, se posicionó entre su comida y la puerta, aplastando a uno de los Gnolls. Abriendo la boca en toda su extensión soltó un terrible rugido, similar al que había escuchado Albatros cuando estaba aún inmóvil sobre la mesa. Los dos Gnolls que aún quedaban de pie dejaron a las vacas y desenfundaron sus alabardas. Quisquirípiri devoro a uno de éstos de un solo bocado y ni siquiera se dignó a escupir el arma. El capitán de la Zaarita, que había estado esperando el momento oportuno para actuar, vio que esta era su oportunidad y fue corriendo a esconderse al fondo de la habitación.

− Quisquirípiri, por favor que haces, son las vacas a las que tienes que comerte. Cómo esperas que proteja la torre si te comes a todos mis Gnolls − Pero Quisquirípiri parecía no entender, y después de unos segundos de masticar su primer bocado, fue por el segundo. El segundo bocado, perdón el último de los Gnolls, se abalanzó contra el Mivilorn cargando con su albarda, pero ésta solo le hizo cosquillas. Era el turno de la bestia, que imitando al Gnoll, cargó contra todos atropellando al imitado, a las tres vacas y a Cortinus. El mago se puso de pie bastante adolorido y con un movimiento de su mano derecha hizo aparecer en ella un báculo.

− Lo siento Quisquirípiri, pero sabes bien que debo castigarte. − y con su báculo disparó un rayo de electricidad que fue a dar en la cabeza del Mivilorn. La bestia volvió a rugir, difícil decir si fue por dolor que le ocasionó el rayo o porque le molestaba que no lo dejasen comer tranquilo.
Alquimio Batros, que observaba toda la escena asomando solo los ojos desde detrás de su escondite, decidió que ya había visto suficiente, se puso de pie y corrió hacia la puerta que ahora estaba libre. El Mivilorn, que había designado al pirata como su postre, no estaba dispuesto a permitir que éste se le escapara y lo persiguió a través de la habitación y afuera de ella por la escaleras, derribando todas las columnas, estatuas y puertas de la torre que se interpusieran entre él y el pirata.

Alquimio Batros entró a otro gran salón, decorado con muchas estatuas, obras de arte y cuadros enormes. El pirata se detuvo en seco, se dio media vuelta y enfrentó al Mivilorn.

− Alto ahí perro superdesarrollado. − y extrañamente Quisquirípiri se detuvo, pero aún con expresión amenazadora ¬− No voy a negarte que debo verme realmente apetitoso, pero eso no me parece motivo suficiente para permitirte que me devores. En cambio, si te parece, no le veo ningún inconveniente a que te comas al payaso desempleado − Un agotado Cortinus acababa de aparecer detrás del Mivilorn, doblado, apoyando las manos en sus rodillas y respirando con dificultad. Si Alquimio Batros hubiera sabido que Quisquirípiri no entendía ni una palabra de lo que estaba diciendo, tal vez hubiera reconsiderado la idea de retomar la huida. Pero ya estaba cansado y estos eran manotazos de ahogado. − Entonces, que dices, ¿yo lo agarro y tu te lo comes?

El Mivilorn rugió más fuerte que nunca, las estatuas se tambalearon y un par de cuadros cayeron al piso.

− Está bien, espera, yo se que es lo que necesitas. − el pirata buscó desesperado con la vista algo que le pudiera salvar el pellejo, pero lo único que encontró fue una varilla de cristal sobre uno de los pedestales y la tomó.

− No, detente, no la vayas a arroj… − gritó Cortinus, pero era demasiado tarde. Alquimio Batros acababa de lanzar la varilla al centro de la habitación, y ésta, como suelen hacer las varillas de cristal cuando chocan contra algo duro (como el piso), se hizo añicos. El salón volvió a temblar, pero esta vez como si 500 Mivilorns hubieran rugido a la vez. Las estatuas cayeron al piso (una de ellas aplastando a Cortinus), los cuadros terminaron de descolgarse y parte del techo empezó a desprenderse. Desde donde se había roto la varilla surgieron varias grietas en el piso en todas direcciones, que se multiplicaron al llegar debajo de Quisquirípiri y terminaron por hacer que la piedra que lo sostenía cediera y el Mivilorn cayera al nivel inferior. El piso seguía resquebrajándose y ahora grandes trozos del techo caían, acelerando el derrumbe del salón. Alquimio Batros fue corriendo de puntitas hasta la puerta, esquivando pedazos de piedra que caían del techo, y salió de la habitación justo cuando los temblores se detuvieron.

Ya no quedaba ni un solo Gnoll a la vista, todos debían haber huido al ver a Quisquirípiri corriendo por los pasillos. Alquimio Batros abandonó la torre y se preguntó dónde estaría y como había llegado ahí, el paisaje no le resultaba familiar. Afuera el cielo estaba despejado, los pajaritos cantaban y al sol aún le faltaba un buen trecho para llegar posarse sobre la cabeza del pirata. El capitán de la Zaarita emprendió la marcha dejando atrás la torre de Cortinus, sin saber hacia donde se dirigiría. Entre tantas preguntas el salir afuera al menos le había dejado algo en claro, definitivamente se había tratado de una cara de desayuno.