Monday, July 19, 2010

La Fuente de la Eterna Sabiduría (LADCA No. 8, Vol 3)

El combate había terminado y los tres piratas iban siendo escoltados desde la arena hasta la habitación del Guardián, quien se encontraba sentado en su trono con una caja tallada en oro sobre su regazo. Alquimio Batros estaba de muy mal humor, había llegado hasta donde ningún otro pirata había llegado antes, y todo parecía haber sido en vano. Aún se maldecía por haber fallado ese último golpe.

“¡Bravo, bravo!” aplaudía el Guardián mientras los tres piratas entraban en la habitación. “Los tres sobrevivieron, pero solo dos de ustedes cumplieron su cometido,” la voz del Guardián era profunda y solemne ahora, y posando su mirada sobre el capitán de la Zaarita, continuó. “Sabían bien que era indispensable que quien quisiera utilizar el Poder debía derrotar a un adversario en la arena. Lo siento, capitán.” Albatros le devolvió la mirada incómodo, tratando de que no se le notara lo adolorido y agotado que estaba. “Tedes Atoro,” alzó la voz el Guardián, “acércate y pide tu deseo.” El Guardián abrió la caja dorada y una esfera transparente salió flotando de ella. El mago halfling caminó hacia la esfera y se detuvo frente a ella. “Ahora tócala y piensa en lo que quieras pedirle,” terminó de decir el Guardián.

Tedes, el chico, levantó una mano para alcanzar la esfera y al momento de tocarla ésta se volvió de color morado, generando un aura celeste que los rodeó a ambos; entonces el halfling cerró los ojos y dijo en voz alta: “Quiero ser el mago más inteligente del mundo.”

Esfera-FES

La esfera se volvió de un color azul muy oscuro y empezó a absorber el aura que había formado alrededor del halfling, llevándose con ella algo de vitalidad al parecer, pues éste empezaba a volverse más flaco y su piel se arrugaba. A los pocos segundos la esfera volvió a cambiar de color, esta vez a un verde muy claro, y comenzó a devolver a Tedes, el chico, el aura tomada. El mago halfling abrió los ojos nuevamente y retiró la mano de la esfera. Se vio la mano y la notó más arrugada y considerablemente más flaca, como envejecida. Sonrió y caminó en silencio a donde sus compañeros, parándose detrás de ambos. Albatros y Tholo no quitaron la vista del mago halfling ni un segundo y parecían preocupados, pero la tranquilidad de éste los hizo relajarse un poco.

“Tholo Lacs,” volvió a alzar la voz el Guardián, “acércate y pide tu deseo.” El ninja/pirata se volvió para ver al mago halfling, luego intercambió miradas con su capitán y levantando los hombros como excusándose caminó hasta la esfera, aunque se detuvo delante de ella sin tocarla. “Tócala y piensa en lo que quieras pedirle,” repitió el Guardián como la primera vez, pero el ninja/pirata seguía sin moverse. Tholo Lacs había esperado desde hacía mucho la oportunidad de poder pedir lo que quisiera, y ahora que la tenía se había dado cuenta de que no sabía exactamente lo que quería. Le tomó unos instantes pero finalmente pareció decidirse y poniendo una mano sobre la esfera dijo en voz alta: “Deseo poseer un poder fuera de este mundo.” La esfera cambió de color a un marrón verdoso muy oscuro y cubrió con un aura del mismo color a Tholo Lacs, pero rápidamente se volvió transparente otra vez tomando consigo el aura que cubría al ninja/pirata.

“¿Está hecho?” preguntó Tholo Lacs desconfiado, examinando sus manos sin notar cambio alguno.

“Está hecho,” respondió el Guardián abriendo la caja para guardar la esfera; y dirigiéndose a los tres piratas, añadió: “Eso es todo intrépidos viajeros, han sido bendecidos por el Poder, pueden partir ahora.” Y los despidió haciendo una reverencia con la mano.

Ninguno de los tres piratas se movió, como si supieran que algo más estaba a punto de pasar, y vaya si lo estaba. “Creo que el Guardián tiene razón,” habló entonces Tedes Atoro, el chico, con su nuevo aspecto que más lo hacía parecer ‘el viejo’. “Me temo capitán que es hora de seguir mi propio camino.” Albatros volteó a mirarlo sorprendido y sin saber que decir, definitivamente no se esperaba algo así. “Mi nueva y mejorada capacidad de raciocinio me ha hecho comprender rápidamente que no tengo nada más que hacer con ustedes. No lo tomen personalmente, fue divertido mientras duró, pero mi intelecto debe ser puesto al servicio de cosas más grandes que andar pirateando por ahí.”

“Pero…” fue lo único que atinó a decir Tholo Lacs.

“Ahora, si me disculpan,” continuó Tedes Atoro “o incluso si no lo hacen: fue una experiencia ciertamente interesante Alquimio, gracias por llevarme con ustedes; y Tholo, suerte, la vas a necesitar. ¡Buen viento y aguas calmas!, que pintoresco de verdad.” Y el mago halfling se dio vuelta y se alejó de los aún boquiabiertos piratas, que lo siguieron con la mirada hasta que se perdió en las ruinas de la ciudad.

“Interesante,” comentó el Guardián, quien tras guardar la esfera en la caja de oro había vuelto a su trono.

“¿Interesante?” lo interpeló Albatros por fin reaccionando, muy molesto y aún sin poder creerlo. “¿Interesante?… Crucé todo el continente para encontrar la Fuente de la Eterna Sabiduría, y no solo no he podido utilizarla sino que ahora pierdo a uno de mis más valiosos tripulantes. ¿Es eso lo que te parece interesante?”

“Pues no realmente, lo que me parece interesante es…”

“Te diré lo que sería de verdad interesante,” lo interrumpió Alquimio Batros dando unos pasos adelante. “Lo interesante sería comprobar si de verdad podremos echarnos a ti y a tus nueve monigotes antes de tomar la Fuente de la Eterna Sabiduría y largarnos de aquí.” Y tras decir esto el capitán de la Zaarita desenvainó su rapier y su varistola, con el anillo del Northseeker brillando en su mano derecha.

“¿Echarnos?” preguntó Tholo Lacs preocupado mirando alrededor, “¿así en plural?” Los nueve guardias apuntaron sus lanzas al frente y avanzaron hasta deternerse a un par de pasos de los dos piratas. El ninja/pirata suspiró resignado y desenvainó sus dagas. Alquimio Batros mientras tanto no retiraba su mirada ni su varistola del Guardián, quien a su vez lo observaba detenidamente, como tratando de descifrar si de verdad seguiría adelante con todo eso.

El ambiente se estaba poniendo muy tenso, estaba claro que ninguno quería ser el primero en atacar. Los guardias mantenían sus posiciones esperando solo la orden de sus superior, Albatros movía su rapier golpeando las puntas de las lanzas mientras Tholo Lacs se permanecía inmóvil, aún decidiendo quienes recibirían los dos primeros dagazos. La situación se estaba volviendo insostenible, cuando el Guardián rompió el silencio. “Eres muy valiente al tratar de tomar por la fuerza este Poder, Alquimio Batros, y muy estúpido al pensar que lograrás salir vivo de este templo.”

El capitán de la Zaarita imprimió una sonrisa de seguridad en su rostro, “Pues te sorprendería saber la cantidad de veces que esa combinación me ha funcionado.”

Los ojos del Guardián abandonaron un segundo los de Albatros para posarse sobre el brillante anillo que llevaba en la mano derecha, luego volvieron a dirigirse a los del capitán de la Zaarita. Por algún motivo ya no estaba tan seguro de que el pirata estuviera bluffeando, y no podía darse el lujo de pagar por ver; su deber era resguardar la seguridad de la Fuente de la Eterna Sabiduría, no aplastar humanos insolentes.“De acuerdo, te ofrezco un trato, pirata,” dijo en tono despectivo. “No puedo permitirte usar el Poder, pero puedo hacer que valga la pena tu viaje hasta aquí. Dijiste que buscabas la forma de recuperar tu sabiduría, pues puedo llevarte ante alguien capaz de hacerlo posible.”

“Te escucho,” dijo Alquimio Batros sin bajar la guardia.

“Pero antes debes jurar jamás venir en búsqueda de este Poder otra vez, jamás siquiera pensar en usarlo. No importa cuán desesperada sea la situación, no importa cuánto creas que es lo único que puede salvarte, este Poder está vetado para ti.” Albatros miró al Guardián un instante, luego asintió con la cabeza y guardó sus armas. Los guardias lo imitaron; Tholo Lacs, no.

“Ha sido una sabia decisión, capitán Batros,” y abriendo la boca de manera poco natural, el Guardián escupió una nube de humo que cubrió completamente al capitán de la Zaarita, desapareciéndolo del Templo.

Barra Bandera Albatros

Alquimio Batros abrió los ojos y echó un vistazo alrededor. Altas columnas de piedra se levantaban desde el piso hasta alcanzar un arqueado y bastante lejano techo; enormes ventanas iluminaban un gran ambiente repleto de altares y lo que parecían ser símbolos sagrados; y un hombre vestido con túnicas ceremoniales lo observaba con curiosidad. “¿Dónde estoy?” preguntó el capitán de la Zaarita al comprobar que no se encontraba en el templo de la Fuente de la Eterna Sabiduría.

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“Estás en Sharn, en la Catedral de la Flama de Plata,” contestó en tono pausado el hombre, quien se había acercado al desorientado pirata. “Mi nombre es Loross ir’Dyvan, alto clérigo de la Flama de Plata, y nunca había visto a nadie aparecer así de la nada en medio de la Gran Catedral.”

“Fue el Guardián de la Fuente…” empezó a decir Albatros pero su interlocutor lo detuvo con una señal de su mano.

“No me interesa quién, y por ahora tampoco el cómo,” decía el clérigo mientras caminaba alrededor de su interlocutor, examinándolo minuciosamente. “Pero el por qué, por otro lado, sí que se me hace intrigante.”

“Viajé hasta los Shadow Marches para recuperar…”

“Tsus, tsus,” lo volvió a interrumpir Loross ir’Dyvan, sacudiendo su mano como para despejar todas aquellas palabras. “Aquí, ahora, por qué estás aquí ahora.”

“Mi sabiduría,” respondió Albatros, “la perdí no sé cómo en una gelatina rosada gigante.”

“Ciertamente la perdiste, hijo,” respondió en tono risueño el clérigo, pero entonces notó algo que se le había escapado en su primera inspección, algo que lo estremeció, un anillo brillaba en la mano derecha del capitán de la Zaarita. Loross ir’Dyvan adoptó un tono mucho más áspero. “Qué es eso que llevas en la mano.” Albatros volteó ambas palmas hacia arriba y luego hacia abajo, mirándolas sin entender. “El anillo que llevas en tu mano derecha, ¿dónde lo conseguiste?”

Albatros levantó su mano hasta casi la altura de su cara y observó el anillo detenidamente. “Lo encontré en uno de mis viajes, en el Frostfell.”

“Eres consciente que ese anillo esconde un poder muy oscuro y peligroso, ¿verdad?”

Albatros frunció el ceño extrañado y volvió a mirar su anillo. “Pues la verdad yo no he notado nada muy oscuro ni peligroso,” dijo alzando los hombros y dejándolos caer nuevamente.

“Ya debes estar bajo su control entonces,” respondió el clérigo con voz fatalista, “me temo que es demasiado tarde, estás condenado. Se trata de un anillo de poder inimaginable, capaz de corromper a todo aquel que ose ponérselo.”

“¿Este anillo? ¿En serio?,” dijo Albatros mirando una vez más la joya sin terminar de creérselo. “Porque si es un problema me lo quito y listo,” pero no hizo ningún ademán por cumplir su ofrecimiento.

“No es tan sencillo,” expuso Loross ir’Dyvan resignado, “aunque quisieras, el anillo jamás dejará que te lo quites. Él controla tu mente, eres suyo ahora.” Albatros pareció deternerse a pensar en esa idea un instante, y llevándose la mano izquierda al dedo que llevaba el anillo, tiro de él. “¡Noooooo, cuidado!” gritó el clérigo cerrando lo sojos y cubriéndose el rostro con los brazos, pero nada hizo pum. Cuando Loross ir’Dyvan se descubrió Albatros lo miraba con los ojos bien abiertos y el anillo en la palma de su mano. “Pero cómo, es imposible.” Albatros sacudió la cabeza lentamente dejando muy en claro que no entendía lo que estaba pasando. “De acuerdo, tal vez no imposible, pero si altamente improbable.”

“Si lo quiere es suyo,” dijo Albatros extendiéndo la mano con el anillo hacia el clérigo, entonces se le ocurrió algo y agregó, “a cambio, claro está, de restaurar la sabiduría que cierta gelatina me quitó.”

“Extraño,” dijo el alto clérigo con una gran sonrisa en el rostro, “has hecho un gran favor a la Flama de Plata al traer aquí este artefacto del mal para ser destruido,” y con la punta de los dedos tomó el anillo y lo depositó en un pequeño cofre sobre un altar. “Respecto a tu pedido de Restauración, descuida que puedo lidiar con eso fácilmente, aunque me parece que ese no es el único de tus problemas. Puedo devolverte la sabiduría perdida, pero la experiencia de haber viajado a Xoriat no podré borrarla jamás.”

“¿Xoriat?” preguntó Albatros, el nombre le sonaba familiar.

“El plano de la locura, el reino de los Daelkyr. No tengo idea de como llegaste hasta ahí, dos veces incluso, pero viajes como esos dejan marcas y las tuyas son bastante claras.”

Albatros empezó a examinarse el cuerpo, tocarse la cabeza y olerse bajo el brazo. “¿Marcas?”

“Descuida, no son perceptibles para todos. Como decía, has hecho un gran favor a la Iglesia de la Flama de Plata y por lo mismo, además de la Restauración, serás bendecido. Has salvado incontables vidas al traer ese anillo aquí, lo justo es entonces que la Flama salve la tuya. Si me permites…” el clérigo se acercó al capitán de la Zaarita y poniendo ambas manos sobre su cabeza empezó a orar. Albatros sintió que una ola de cansancio lo invadía, hasta que el sueño lo venció y cayó rendido en el piso.

Barra Bandera Albatros

Alquimio Batros despertó en su camarote de la Zaarita, miró alrededor y sonrió. Después de dormir por casi tres semanas tras la bendición de la Flama le costaba diferenciar cuando estaba despierto y cuando soñando, pero ahora estaba seguro. En cubierta se escuchaba el alboroto acostumbrado y tanta normalidad no solía ser parte de los sueños del capitán pirata.

Albatros se puso de pie y se terminó de vestir. Sus botas de siempre, su sobretodo de aún más tiempo que eso, su sombrero y sus anillos. Miró la marca en el dedo medio de su mano derecha, recordó que ya no tenía el anillo del Aundariano Errante y lo invadió una sensación de vacío. ‘No es para tanto’, se trató de convencer a si mismo. Pronto estaría listo el nuevo anillo de Intermitencia que había encargado a Achtun Datsun… ¡y la cabeza de dragón!, lo había olvidado por completo. El gnomo artificer también les había prometido darles el nombre de un profesor de la Universidad de Wynarn capaz ayudarlos a instalar una cabeza de dragón en la Zaarita, anhelo de Albatros desde que vio al Amuikaf Rojo. Ciertamente no era para tanto.

El barullo de cubierta se había convertido en canto y cuchareo de Segundo con el resto en silencio, probablemente planeando una nueva manera de hacer callar al bardo. La tripulación estaba aburrida de seguir anclada en Sharn y cada vez que veían a su capitán solicitaban órdenes, rumbos o noticias del próximo destino; pero Albatros no estaba de humor para eso. Era la primera vez en semanas que el capitán de la Zaarita se sentía bien, que podía dormir tranquilo, que no pasaba los días nervioso o paranoico; y eso era algo que celebrar. Y aquel era el lugar perfecto, la Ciudad de las Torres se eregía imponente afuera de su ventana. ‘Ya habrá tiempo para órdenes, rumbos y próximos destinos,’ pensó, y aún con la sonrisa en el rostro se puso su rapier y daga al cinto y abrió la ventana.

“Ya habrá tiempo,” repitió en voz alta. ¡SPLASH!

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FIN DEL VOLUMEN 3

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VOLUMEN 3.5:

“El Destino Forjado”

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Alquimio Batros abrió los ojos y notó que el techo no le resultaba familiar, como tampoco le resultaban familiares los tres sujetos que se encontraban echados a su alrededor, aún inconscientes. Le costó trabajo ponerse de pie, estaba mareado. La habitación en la que se encontraba era una especie de cúpula metálica, sin ningún mueble ni adorno, pero con un gran agujero en la pared. El capitán de la Zaarita avanzó tambaleándose hasta el agujero y se apoyó en uno de sus bordes para no caer. Necesitó sobarse los ojos un par de veces antes de dar crédito a lo que veía. Ante él, enormes estructuras ovales se levantaban en medio de un desierto, dando forma a un paisaje que del que jamás había escuchado siquiera hablar. No recordaba como había llegado hasta ahí, pero algo le decía que estaba más lejos de casa que nunca.

Riedran monolith

Sunday, July 11, 2010

La Albatriada (LADCA No. 7, Vol 3)

“¿Cómo es que terminamos aquí?” preguntó en voz alta Tedes Atoro, el chico, sin dirigirse a nadie en especial.

“Tú solo ajústate los morlacos y trata de que no te maten,” respondió Tholo Lacs mientras contaba las dagas en su cinturón y revisaba que estuvieran afiladas. Alquimio Batros miraba a la Arena decidido, muy concentrado, cómo si supiera que lo que pasaría a continuación marcaría su vida para siempre.

Barra Bandera Albatros

Y ahí estaban, todos inmóviles es sus puestos, mirando a su capitán. Alquimio Batros tenía una sonrisa en el rostro y la mirada perdida en el horizonte.

“¿La fuente de qué?” rompió el silencio Tedes Atoro, el chico, al ver que nadie más se atrevía a hacerlo.

Albatros sacudió la cabeza como para volver en sí y respondió. “La Fuente de la Eterna Sabiduría, mi estimado hechicero.” Entonces se acercó al mago halfling, se puso en cuclillas para estar a su altura y apoyando una mano en su hombro, continuó. “Es natural que no sepas a lo que me refiero, pues no eres una persona de mar.”

“Yo tampoco se a que se refiere, capitán,” aprovechó para decir Segundo.

Albatros se puso entonces de pie y miró al resto de su tripulación, que lo observaba con cara de que realmente había perdido la cordura. “¿Es que nadie ha escuchado acaso de la Fuente de la Eterna Sabiduría?” Los tripulantes de la Zaarita se miraron unos a otros negando con la cabeza, luego volvieron a dirigir sus ojos a su capitán.

“¿Usted ha escuchado de ella acaso?” Preguntó Tholo Lacs, que empezaba a oler problemas.

“¡Pues claro que sí! No sabría decir cuándo ni dónde, pero vaya que he escuchado de la Fuente de la Eterna Sabiduría. Es una fuente que, bueno, te otorga eterna sabiduría.”

“Entonces sabe dónde está,” dijo Tedes, el chico, tratando de no hacerlo sonar como una pregunta.

“Claro, está en… que queda más o menos por…” Albatros se detuvo a pensar un instante. “Ahora que lo mencionas…”

“¿Está seguro que existe esa fuente, capitán?” inquirió el ninja/pirata con cara muy preocupada.

“Estoy seguro de que existe,” dijo Albatros con toda la seguridad que pudo imprimirle a algo de lo que no estaba totalmente seguro, “es solo que no puedo recordar dónde está. Tal vez ese pedazo de conocimiento se fue también cuando perdí parte de mi sabiduría.”

“Clérigo gordo en realidad dijo que…”, trató de intervenir Tedes, pero fue en vano.

“Porque ciertamente tiene que existir,” continuó Albatros, con el resto de su tripulación mirándolo aún intrigados. “Es decir, la Fuente de la Eterna Sabiduría... tiene todo el sentido del mundo, ¿verdad?”

Barra Bandera Albatros

El combate había dado inicio y los adversarios parecían estarse midiendo, pues ninguno había lanzado el primer golpe aún. Los tres piratas de la Zaarita contra tres gladiadores armados hasta los dientes. Fue Tedes quien tomó la iniciativa, lanzando una gran bola de fuego que rompió la formación de los gladiadores. Entonces comenzó el pandemonio. El polvo empezó a levantarse y el combate se volvió caótico, estocadas y acuchilladas iban y venían, el ruido de los metales al golpearse casi no dejaba escuchar nada más, salvo una que otra explosión de los hechizos del mago halfling. Entonces se oyó el primer grito agónico, alguien había caído.

Barra Bandera Albatros

Estaba muy bien medido, pensaba Albatros mientras veía correr a Tedes Atoro, el chico, con la fruta de fuego en sus manos. El tramo que le habían asignado al mago halfling era el más corto, pero también era él quien menos posibilidades tenía de mantener el ritmo. Debían llevar esa fruta de fuego al plato del oráculo para activarlo y preguntarle dónde se encontraba la Fuente de la Eterna Sabiduría, pero la fruta solo permanecía encendida unos minutos una vez arrancada del árbol (y era la última que quedaba del brote de aquel año, tendrían que esperar varios meses para tener una nueva oportunidad si fallaban). El oráculo, para colmo de males, se encontraba a una distancia considerable, y ninguno de ellos estaba acostumbrado a correr largas distancias. Siendo gente de mar sus habilidades eran claramente otras y cada uno caería rendido antes de acercarse siquiera a la gran estatua de piedra. Era por eso que se habían repartido en tres diferentes partes del tramo: Tedes tomaría la fruta y correría hasta Tholo, que le haría la posta hasta donde se encontraba Albatros, quien llevaría la fruta hasta el plato y activaría el oráculo. La pregunta era si realmente el oráculo sabría dónde podían encontrar la Fuente de la Eterna Sabiduría. El dato se los había dado un viejo marinero que solía frecuentar La Calera, la taberna de Celio Krutz en Port Verge. ‘Si hay alguien que sabe cómo encontrar la Fuente de la Eterna Sabiduría, ese es el oráculo de la isla Traglorn’, les había dicho el marinero en cuestión mientras apuraba su último trago de salasta y se quedaba dormido de lo ebrio que estaba. Y había sido él también quien les había confiado como hacerlo funcionar. Tantas cosas dependían de lo que habían aprendido de un completo extraño. Ya el enterarse de la existencia de un oráculo en la isla Traglorn era todo un descubrimiento para Albatros. No es que el pirata conociera a la perfección todas las islas de los Principados, pero nunca antes había escuchado hablar de aquel oráculo, o de algún otro para los efectos del caso. ‘Supongo que esto demuestra que siempre hay algo nuevo bajo las doce lunas’, pensó cuando vio acercarse a Tholo, ya con la lengua afuera y haciendo un gran esfuerzo para cumplir con su parte. Albatros se concentró entonces en su tarea, tenía que lograr llevar la fruta hasta el oráculo, o nunca encontraría la Fuente de la Eterna Sabiduría. El ninja/pirata llegó hasta su capitán, le entregó la fruta de fuego y calló rendido. Albatros empezó a correr como si lo persiguiera un demonio; el oráculo se veía cada vez más cerca, pero aún faltaba un buen trecho. Entonces ocurrió lo que tenía que pasar, un calambre atacó la pierna derecha del capitán de la Zaarita y casi lo hace caer. Siguió avanzando pero ya no podía correr. Veía como la fruta empezaba a apagarse y el oráculo aún estaba considerablemente lejos. Empezó a saltar en una pierna pero sabía que jamás lo conseguiría así. Miró entonces atrás y vio a lo lejos a sus dos tripulantes caminando hacia él, agotados. Solo tenía una opción, pensó. Se detuvo, echó un vistazo a la fruta que llevaba en su mano, levantó la mirada hacia el oráculo, respiró profundamente y la lanzó. El fruto de fuego giró en al aire, extinguiéndose; era un tiro dificilísimo. Albatros calló de rodillas mirando al oráculo mientras la fruta consumía sus últimas llamas, justo antes de caer en el plato de piedra, haciéndose puré.

Albatros, Tholo Lacs y Tedes Atoro, el chico, llegaron a la gran estatua de piedra un par de minutos después, bastante cansados. En el plato se veía la fruta deshecha por el golpe, aún botando humo. Los tres se miraron desanimados, tanto esfuerzo para nada.

Entonces los ojos de la estatua se encendieron y se escuchó una voz que parecía venir de otro mundo. “¡Quién osa despertar al oráculo de Traglorn!”

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“Oh Oráculo que todo lo sabe,” dijo Albatros un poco nervioso. “Tenemos una pregunta para usted.”

“¡Háganla rápido y déjenme en paz!”, rugió el oráculo de Traglorn, helando la sangre de los piratas. Entonces agregó amenazadoramente. “Recuerden que solo tienen una pregunta, así que formúlenla bien.”

Alquimio Batros respiró lentamente para clamarse, tragó saliva y preguntó de la forma más clara que pudo. “Oh gran Oráculo de conocimientos infinitos, ¿dónde podemos encontrar la Fuente de la Eterna Sabiduría?”

Y con una voz mucho más mundana, el oráculo respondió: “¿La qué?”

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El polvo levantado no dejaba que el combate se desarrollara con normalidad. Albatros aún escuchaba los rayos de Tedes Atoro, el chico, surcando el aire, e incluso había tenido que esquivar un par. El capitán de la Zaarita empezó a retroceder buscando a su adversario, al que había perdido en la polvareda, cuando su espalda chocó contra la de alguien más. Giró inmediatamente y trató de hundir su daga en el cuerpo que acababa de encontrar, pero esta se detuvo contra una daga idéntica. Al levantar la vista advirtió que se trataba de Tholo Lacs, que lo miraba aliviado. Entonces los ojos del ninja/pirata se llenaron de terror, una espada corta le acababa de atravesar la espalda surgiendo nuevamente por su pecho.

Barra Bandera Albatros

La tripulación de la Zaarita celebraba a lo grande, su capitán los había vuelto a salvar de una muerte segura. ‘Ese orco estaba loco’ comentaban algunos. ‘No cayó con nada, ni siquiera con el ataque de nuestra ballesta’, decían otros. “Capitán, capitán, cuente la historia otra vez”, imploró Grillo.

“Está bien muchachos, pero es la última vez. Recuerden que para eso tenemos un Bardo,” dijo Albatros mirando a Segundo y todos rieron. “El oráculo nos acababa de decir que la Fuente de la Eterna Sabiduría se encontraba casi en el fin del mundo, en los confines de Khorvaire, en un lugar a donde solo los más valientes podían aspirar llegar,” comenzó a contar Alquimio Batros.

“De hecho,” interrumpió Tholo Lacs, “lo que el oráculo dijo después de un buen rato de explicarle que lo que buscábamos era algo capaz de devolver la cordura, fue que aquello a lo que nosotros llamábamos Fuente de la Eterna Sabiduría lo encontraríamos en los Shadow Marches.”

“!Shhhhhh!” respondieron al unísono todos, incluso Tedes, que había estado ahí pero le gustaba oír la historia. El ninja/pirata se cruzó de brazos y puso cara de molesto.

“Ejemm…” Albatros se aclaró la garganta y continuó. “El oráculo nos acababa de dar la respuesta cuando unos 15 bárbaros orcos aparecieron de entre los árboles y empezaron a correr por la playa hacia donde nos encontrábamos.” Albatros se puso de pie y comenzó a declamar su historia. “Los orcos tenían todos unos tatuajes muy extraños y probablemente se trataban de una tribu organizada, pues parecían seguir a uno de los suyos que resaltaba por ser más grande, estar más tatuado y tener más cara de loco. Tholo, Tedes y su servidor nos pusimos en guardia y empezamos a atacar a la distancia, para ir reduciéndolos en número; y funcionó muy bien pues ya hasta nosotros llegaron solo unos cinco. Gracias a Tedes por esto debo admitir, y no es la primera vez que sus bolas de fuego nos salvan el pellejo.”

“¡Yeeeeeeeee!” gritó y aplaudió el público cautivo. El mago halfling solo atinó a sonrojarse y levantar una mano como agradeciendo el reconocimiento. Tholo Lacs no lo podía creer. Volvió a negar con la cabeza y se acomodó en su posición de berrinche.

“Pero el combate estaba aún lejos de ser ganado,” continuó con la historia Alquimio Batros, adoptando un tono de preocupación. “Cuatro más de los bárbaros cayeron en combate cuerpo a cuerpo, pero su líder parecía ser invencible. Peleaba con una furia inhumana, nuestros golpes no hacían mella en él, aunque no parábamos de abrirle heridas y bañarlo en su propia sangre. Fue entonces que ordené la retirada, temiendo que se encontrara bajo la influencia de alguna magia muy poderosa que no pudiéramos vencer. Tedes, el chico, nos ganó algo de tiempo deteniendo al bárbaro loco con uno de sus hechizos, mientras poníamos nuestro bote a flote y empezábamos a remar hacia la Zaarita. Pero cuando creíamos que estábamos a salvo el bárbaro se libró del hechizo que lo retenía y se lanzó al mar a nuestra caza. Resultaba increíble ver como nadando iba más rápido que nosotros a remo. Incluso ustedes le dispararon un par de veces con la ballesta del barco sin mayores consecuencias.”

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“Cierto es,” intervino el Zurcado. “Uno de mis virotazos le dio en pleno estómago, pero la bestia no se detenía por nada.”

“Oooooohhhhhh,” volvieron a exclamar todos al unísono.

“Y qué paso entonces,” preguntó muy emocionado Tedes Atoro, el chico.

Tholo Lacs lo miró sorprendido. “Esto es increíble,” dijo sin poder creerlo.

“Y vaya si lo era,” volvió a tomar la palabra Albatros, “nada parecía ser capaz de detener a aquel monstruo. Llegamos a la Zaarita y subimos a cubierta dejando nuestro bote en el agua. Temía por la seguridad del barco pues nos tomaría un rato ponerlo en movimiento, y tiempo era algo de lo que no disponíamos. Ya habíamos adoptado nuestras posiciones para sacar a la Zaarita de ahí cuando el bárbaro nos alcanzó. Lo vimos destruir el bote que aún se encontraba en el agua, con una furia y fuerza tales que todos temimos por nuestras vidas. Estaba seguro que la Zaarita no aguantaría los golpes de aquella bestia, así que hice lo que cualquier capitán hubiera hecho en mi lugar. Me paré sobre la baranda de cubierta, les di la orden de salvar el barco, y me lancé al mar a luchar contra aquel terrible ser.”

“Y entonces lo acuchilló hasta que no quedó nada de él,” dijo muy emocionado Grillo.

“No, no,” terció Danubio, “está clarísimo que el capitán se sumergió con él hasta ahogarlo, aprovechando su mayor experiencia en el mar.”

“Yo desde aquí vi como el capitán lo molía a golpes,” gritaba Cosofrito desde la punta del mástil mayor, aunque en realidad no había visto nada pues se había ocultado en su canasta. Entonces algo llamó la atención del vigía, “¡Capitán, Río de la Daga a la vista!”

“A ver señores, a sus puestos,” se puso de pie Danubio y adoptó voz de mando. “Ya estamos llegando a Sharn.”

“¿Pero y el resto de la historia?” preguntó Grillo desilusionado.

“Tendrá que ser en otro momento,” le respondió Albatros poniendo una mano en el hombro del pirata tipo B. “Tedes, Tholo, ahora desembarcaremos en la ciudad de las torres e iremos en busca de Michael Jackson, se supone que tiene un taller aquí también. Si ya llegamos hasta acá aprovecharemos para armar la Zaarita con cañones y hacernos con algún equipo. Pero no nos demoraremos más que unos días, la Fuente de la Eterna Sabiduría nos espera.”

“Pero capitán,” lo interrumpió Tholo Lacs con tono irónico, “justo estábamos llegando a la mejor parte de la historia.”

Albatros miró a su subordinado y sonrió. “Lo importante es que estamos todos bien, Tholo. No importa realmente como me deshice de ese orco loco.” Y era cierto. Además, quién era Alquimio Batros para romper el corazón de toda su tripulación y confesar que para cuando le cayó encima al bárbaro, a éste se le acababa de terminar el efecto de lo que fuera que lo mantenía vivo después de tanto daño recibido, y que se había hundió solito en el mar.

Barra Bandera Albatros

La nube de polvo empezaba a asentarse y se podía ver mejor. En la arena quedaban cuatro luchadores de pie. Alquimio Batros, Tholo Lacs y Tedes Atoro, el chico, tenían cercado al último de los gladiadores. Todos estaban muy heridos pero ya faltaba poco. Albatros sabía que no había acabado con ningún adversario, este tenía que ser el suyo. Sabía además que solo tenía una oportunidad, el daño de uno de los hechizos del mago halfling se repetiría en unos segundos y seguro acabaría con el último gladiador, pero él mismo no estaba en condiciones de acercarse y luchar cuerpo a cuerpo; un golpe podría ser suficiente también para terminar al capitán de la Zaarita. Sacó entonces una daga de su cinto, le apunto al centro del pecho del gladiador y la lanzó.

Barra Bandera Albatros

“Venimos en busca de la Fuente de la Eterna Sabiduría,” dijo Alquimio Batros antes de presentarse siquiera. Había tenido que cruzar kilómetros de pantanos y bosques en los Shadow Marches, con todos los peligros que aquello acarreaba, antes de llegar a esta ciudad en ruinas y a su único edificio aún en pie, donde se encontraban ahora; la verdad estaba impaciente.

“¿La qué?” respondió sin entender el que parecía ser el líder del clan. Eran 10 y a primera vista aparentaban ser humanos, pero después de verlos un poco mejor estaba claro que algo tenían diferente, algo que los hacía ver un poco místicos. El líder estaba sentado en una especie de trono en el centro de una gran habitación circular. Los muros y el techo estaban todos decorados con pinturas que parecían narrar una historia, pero que el poco o ningún cuidado que habían tenido a lo largo de los años los había casi destruido, haciendo imposible saber de qué se trataba.

“La Fuente de la Eterna Sabiduría,” continuó Albatros, “sabemos que está aquí. Hemos venido desde muy lejos por ella y no nos iremos sin antes usarla.”

“Todos los que llegan hasta aquí vienen de muy lejos, pero muchos aún guardan sus modales y se introducen antes de reclamar cosas. Mi nombre no es importante, pero mi función aquí seguro que lo es para ustedes, yo soy el Guardián.”

“Disculpe a mis compañeros,” dijo el mago halfling dando un paso adelante. “Yo soy Tedes Atoro, el chico, porque el grande era mi padre…”

“Aaahhhhhhh,” exclamó Tholo Lacs por fin comprendiendo.

“Y ellos son Tholo Lacs y el capitán Alquimio Batros.”

“Yo soy el capitán,” dijo Albatros levantando las cejas un par de veces como sacando cachita al Guardián.

El Guardián se puso de pie y se acercó a ellos. Solo entonces notaron que era bastante más alto que el resto, ellos incluidos. Los otros nueve humanoides místicos se mantuvieron en su sitio, pegados a las paredes a lo largo de toda la habitación. “Díganme entonces que es lo que buscan, y veré si son dignos de conseguirlo.”

“Ya se lo dije, la Fuente de la Eterna…”

“Buscamos una cura para nuestro capitán,” lo interrumpió nuevamente Tedes, el chico, quien al parecer se entendía mejor con el Guardián. “Su mente se vio afectada por un artefacto muy extraño y hemos venido hasta acá para poder restaurarla.”

El Guardián miró a los tres aventureros, deteniéndose unos instantes en cada uno, como si les leyera no solo el pensamiento, sino también el alma; entonces dijo. “Está bien, podrán utilizar el poder de lo que llaman la Fuente de la Eterna Sabiduría, si prueban ser merecedores de ello.”

CONTINUARÁ…